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SANTIAGO, SIGLO IX.

Carlos Pérez Vaquero
cpvaquero@lexnova.es
Valladolid, España

Se ha escrito mucho sobre el camino de Santiago, pero ¿qué sabemos del siglo IX cuando se iniciaron las peregrinaciones? Esta es la historia, y la leyenda, de lo que sucedió por aquel entonces.

El emirato

De Zaragoza a Lisboa, las principales ciudades del emirato de Córdoba se habían sublevado contra el gobierno de Alhakam I.

Para acabar con las revueltas, el emir organizó una cena de reconciliación en Toledo para cuatrocientos muladíes, descendientes de los cristianos conversos. Cuando terminaron de cenar, el ejército de Alhakam mató a todos los invitados, arrojando sus cuerpos al foso del alcázar. Aquella Jornada del Foso fue solamente el prólogo de lo que más tarde ocurriría en la propia capital.

Los mozárabes, que mantenían su fe cristiana aunque vivían en territorio musulmán, podían conservar sus leyes y costumbres propias mientras pagaran sus impuestos al emir. Con el paso del tiempo, la presión de estos tributos, el descontento de la población y la oposición encabezada por San Eulogio, dieron alas a un movimiento cada vez más desafiante contra el poder del emir que terminó con alzamientos populares en toda Córdoba, especialmente, en el barrio del Arrabal. Entre 805 y 818, las revueltas se repitieron por toda la ciudad, agravadas por el hambre y las protestas de los nobles.

Las represalias posteriores hicieron que muchos cordobeses huyeran a Tánger o, en el peor de los casos, murieran con la cabeza colgando de garfios para escarnio de toda la ciudad.

Con el país así de revuelto, Alhakam no podría iniciar ninguna campaña contra los reinos cristianos del norte. Tenía que solucionar primero sus problemas internos si quería dejar un reino próspero y tranquilo a su hijo Abderramán.

Los reinos cristianos

Aprovechando el desconcierto que reinaba en el Emirato de Córdoba, el reino de Asturias consolidó la frontera del Duero mientras los francos, por el este, atacaban Lérida, Huesca y Tortosa después de haber conquistado Barcelona en 801.

Los cristianos eran plenamente conscientes de la superioridad musulmana en todos los ámbitos; por eso se limitaban a realizar breves escaramuzas para hostigar sus ciudades y amenazar sus cosechas; de ahí que en este periodo de la alta edad media no se pueda hablar todavía de una verdadera “reconquista”.

A principios del siglo IX, los navarros asentados en los alrededores de Pamplona se mantuvieron independientes gracias a un notable juego de alianzas con asturianos, francos o musulmanes, dependiendo de las circunstancias.

Más al este, los condados de Aragón y de la Marca Hispánica vivían bajo el régimen feudalista implantado por el rey Carlomagno, que ambicionaba establecer la frontera meridional de su imperio en el Ebro, pero el fracaso de su expedición a Zaragoza y su derrota en Roncesvalles, le obligaron a conformarse con el Llobregat.

En la cornisa cantábrica, el rey de Asturias Alfonso II el Casto logró dominar a los vascones, extendiendo sus fronteras hasta Navarra y la cuenca del Duero, pero su reinado destacó por un acontecimiento único e irrepetible.

El hallazgo

En el año 816, en un paraje deshabitado entre los ríos Tambre y Ulla, un fraile llamado Pelayo descubrió el sepulcro de mármol con los restos de Santiago el Mayor. Había encontrado la tumba del apóstol que, según la tradición, evangelizó Hispania antes de morir degollado en Jerusalén por orden del Tetrarca de Galilea, Herodes Agripa.

Pronto se extendió la voz del hallazgo y en aquel lugar inhóspito donde se había construido una pequeña capilla, se levantó por orden del rey de Asturias una nueva ciudad a la que llamaron Santiago de Compostela.

Si los musulmanes debían acudir al menos una vez en su vida a La Meca, besar la Piedra Negra y dar siete vueltas a La Kaaba; los cristianos habían encontrado su lugar de peregrinación.

Clavijo

Muerto el rey Casto, Ramiro I afianzó la presencia asturiana en la meseta norte luchando, en el año 844, en la famosa batalla de Clavijo. Un acontecimiento que muchos historiadores no consideran suficientemente probado pero que la tradición ha rodeado con el tiempo de una aureola de misterio y leyenda.

Gracias a la brutalidad demostrada por su padre, Abderramán II terminó heredando un emirato relativamente próspero y tranquilo que le permitió reanudar la lucha contra el reino asturiano.

Cerca de Nájera, el ejército cristiano tuvo que replegarse a un pequeño collado, Clavijo, para evitar que las tropas del emir les asestaran una derrota definitiva.

Aquella noche, el rey de Asturias soñó que el apóstol Santiago lo animaba a seguir luchando aunque sus fuerzas no parecieran suficientes para alcanzar la victoria.

Ramiro I contó su visión a los obispos y nobles de su corte que, entusiasmados, recibieron los sacramentos e iniciaron una nueva batalla invocando al apóstol. Santiago apareció montado en un caballo blanco, ondeando una bandera, de tal modo que, según dicen las crónicas, dieron muerte a “sesenta o setenta mil infieles”.

A raíz de aquella victoria, los asturianos se liberaron de pagar el tributo de las cien doncellas a los cordobeses y la figura del Matamoros se utilizó por los reyes cristianos como estandarte en su lucha contra los infieles.

Ramiro I, en agradecimiento al santo, prometió que desde esa fecha se ofrecerían cada año a la iglesia de Santiago las primeras cosechas y vendimias y una parte del botín que se conquistara en todas las expediciones. Era el Voto de Santiago que ha continuado realizándose, año tras año, hasta la actualidad.

 

 

 



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