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DOS CONCEPCIONES SOBRE LA LIBERTAD DEL HOMBRE

Marco Amaury Fierro González
amaury@lujuria.com
Toluca, México

En la historia del pensamiento occidental uno de los conceptos que más ha trascendido es el de la libertad. Ya los griegos se cuestionaban acerca de la imperiosa necesidad de determinar hasta donde estaban justificadas las acciones de los seres humanos. Los escolásticos del Medioevo intentaron determinarlo acercándose por el lado de la religión; tanto racionalistas franceses como empiristas ingleses dieron su opinión al respecto.

El debate se mantuvo en opacidad hasta que se presentaron dos teorías sobre la libertad cuya vigencia se mantuvo hasta la época contemporánea y que han sido objeto de un enorme análisis, objeto de este ensayo. Me refiero pues, a John Stuart Mill y Karl Marx, cuyas ideas se han interpretado de muchos modos y han sido base del liberalismo y el socialismo, respectivamente, las dos grandes corrientes económicas y sociales del Siglo XX.
Algo que hay que aclarar es el hecho de que el inglés y el alemán enfatizaron dentro de sus estudios la cuestión de la libertad social o civil, o sea, el papel que puede jugar la influencia social (conformada por la forma de gobierno, la moral, la religión y las tradiciones y valores) en el desarrollo del individuo.

Por un lado tenemos a Mill, cuyo pensamiento, emanado de la corriente utiliratirista, se encaminaba a la afirmación del individuo sobre los intereses del Estado y sociedad. La palabra yo se vuelve un pilar de su filosofía; el individuo es comparado con el árbol que crece y extiende sus ramas en todas las direcciones y con grandes longitudes. Con Mill, los derechos a actuar según los dictados de la conciencia, a hablar y escribir, a reunirse, a compartir y proclamar la verdad propia, toman nuevos bríos apuntando a un sólo fin muy bien detallado en su ensayo On Liberty: convencernos de que la única justificación por la cual la humanidad habría de entrometerse en la libertad de acción de cualquiera de sus miembros, sería, o es, la propia protección.

Lo anterior significa que en una comunidad civilizada y organizada, previo pacto social, ningún poder, por más legitimidad que tenga, puede ejercer acciones que vayan contra la voluntad del individuo, a excepción de que esta perjudique al resto de los miembros. En esto, costumbres y tradiciones van implícitas, ya que usurpan parte de la verdadera naturaleza humana.

Esta idea va de la mano del más puro iusnaturalismo francés, del cual emanó el concepto de derechos humanos, pero su cercana relación con la economía y la política le dieron una interpretación que fue detonante del concepto marxista de la libertad y, por ende, de las teorías socialistas.

Karl Marx dice que este concepto de libertad es propio de la burguesía hija de la Revolución Industrial, y que, como explica en el Manifiesto del Partido Comunista, radica en la libertad de comprar y vender, es decir, la libertad de dominar y explotar. Se centra en el individuo y el interés personal: el derecho de obtener poder y riqueza a costa de los demás, el derecho de unos de mandar a otros.

¿Porqué esta interpretación? La libertad de Mill no ponía frenos al desarrollo del ser humano y en las esferas de la política y economía se interpretó como el libre derecho a superarse sin límites, la sombra del árbol debía ser mayor, lo cual, según el pensamiento marxista, tendía hacia el desarrollo de relaciones de opresión en las cuales aquellos que se adueñaran de los medios de producción, porque su libertad se los permitía, iban a estar en capacidades de mandar y dominar a los más débiles.

En su obra cumbre, El Capital, Marx afirma que la propiedad privada del trabajador sobre sus medios de producción es la base de la pequeña industria y esta es una condición necesaria para el desarrollo de la producción social y de la libre individualidad del propio trabajador.

Aunque formalmente libre, la propiedad privada fruto del propio trabajo y basada, por así decirlo, en la compenetración del obrero individual e independiente con sus condiciones de trabajo, es devorada por la propiedad privada capitalista, basada en la explotación del trabajo ajeno.

En resumen, las condiciones socioeconómicas que rodeaban al individuo, dadas por las relaciones existentes entre las diversas estructuras al interior de la sociedad, tienen gran influencia sobre la existencia individual.
Con el paso del tiempo estas concepciones de la libertad se volvieron antagónicas debido a las interpretaciones que de ellas derivaron: por un lado, sustentada en Mill, nació una corriente económica llamada libre mercado que pregonaba el derecho de la industria privada a extender sus ramas sin que las instituciones del gobierno y la sociedad se entrometieran; y el socialismo, convencido de que el modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, intelectual y política en general, sin ser la conciencia de los hombres la que determine su ser; por el contrario, su ser social es lo que determina su conciencia, lo cual justificaba pensar en una sociedad igualitaria en la que no hubiera un grupo o clase predominante que restara oportunidades a los otros.

En ocasiones los extremos se tocan, lo que explica que las teorías de Marx y Mill confluyan en darle su importancia a la libertad individual, pero las interpretaciones, ambos fueron economistas, destruyeron el lado humano y filosófico de su trabajo y lo redujeron a simples justificaciones numéricas. Ninguno de los dos estaba equivocado, ambos defendieron con celo desde su trinchera al individuo, a su propiedad, a sus libertades particulares y sus acciones, pero las circunstancias históricas han impedido que la libertad como tal haya llegado al último escalón.

El crecimiento del individuo a la manera de Mill es natural en el instinto humano, por lo cual es perfectamente comprensible, pero siempre y cuando no se perjudique a terceros –idea que queda muy clara en On Liberty, pero que no hace acto de presencia cuando vemos la brecha riqueza-pobreza que se extiende en todo el mundo-.

También es importante la conciencia colectiva que debe tenerse en torno al individuo, pero sin poner límites arbitrarios y evitando caer en oligarquías impositivas –como en algún momento se volvió el comunismo, en todas sus facetas-.

El árbol debe extender sus ramas, pero si está falto de luz y de agua, su majestuosidad se opaca y puede quedar reducida a un simple tronco seco, sin hojas. ¿Marx o Mill? Será la imparcialidad de la historia la que de la última palabra.

 

 



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