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LA CIENCIA FICCIÓN DE JORDI SIERRA I FABRA (BREVE APROXIMACIÓN).

Anabel Sáiz Ripoll
Doctora en filología y profesora de secundaria en IES Jaume I de Salou
anabel@tinet.org
http://www.islabahia.com/perso/anabel
Tarragona , España.

I. Generalidades.

Jordi Sierra i Fabra (Barcelona, 1947) es un escritor que lleva más de 25 años escribiendo y que se mueve con igual soltura por los distintos géneros y temas. Se trata de un escritor que no necesita presentación ya que es lo suficientemente reconocido en el ámbito de la literatura juvenil e infantil en España y lo bastante galardonado para que no cause ningún asombro que le dediquemos un espacio hoy aquí, menor, sin duda, del que merece.

Entre mis múltiples intereses literarios, personales y profesionales, la ciencia-ficción ocupa un lugar importante. Para empezar a situarnos hay que aludir a la trilogía “El ciclo de las Tierras” que es, acaso, su obra más conocida, aunque no la única. Comenta Jordi Sierra i Fabra que él no pretendía, cuando empezó a plantearse la primera novela del ciclo, hacer ciencia-ficción, si no que quería tratar un tema del futuro: la relación hombre-máquina. Sin embargo, hoy ya es un clásico del género que nos ocupa.

II. El ciclo de las tierras.

““El Ciclo de las Tierras” viene a ser una crónica de una sociedad de cemento y hormigón que ha evolucionado mucho en el aspecto externo, pero que sigue vacilando y teniendo miedo, como las indefensas criaturas que la forman al lado de las máquinas, seres que, con el tiempo, se han contagiado de los sentimientos volubles y vulnerables de las personas. Por tanto, el autor parece imponerse una tarea que es trazar un itinerario claro y preciso por el mundo hostil y duro, y buscar la salida, las claves que nos hagan no perder lo que verdaderamente importa: la paz, la igualdad, la justicia social” (1).

La trilogía está formada por “... En un lugar llamado Tierra” (Premio Gran Angular, 1982), “Regreso a un lugar llamado Tierra” y “El testamento de un lugar llamado Tierra”. Las publicó entre 1983 y 1987 y, en absoluto, pese a que ha pasado más de una década, son obras desfasadas, antes al contrario, tienen plena actualidad.

“... En un lugar llamado Tierra” es una novela inquietante, porque nos habla de un mundo ideal, pero extraño: las máquinas dominan al mundo y a los hombres, aunque digan que hay igualdad. El hombre sigue clamando -también en el futuro- frente a las injusticias y el sentimiento, por suerte, sigue siendo más importante que la lógica fría e implacable de la máquina. En Tierra-2 ha sucedido algo extraño: la Doble Delta A-795 ha llegado a su base con el piloto muerto, una máquina llamada Ludoz, y su asistente, un humano llamado Djub Ehr, sumido en el sueño. Todo hace pensar que Djub ha matado a la máquina. Es el científico Hal Yakzuby, al que han denegado dos permisos para investigar las relaciones máquina-hombre, quien se encarga de la defensa porque Flavia, la mujer del acusado, se lo pide. Precisamente se llama Flavia porque a su familia le interesaba la cultura clásica. La historia, pues, se centra en el juicio y en las declaraciones de los testigos. Balhissay L.15, el jefe de la base, tiene las respuestas, pero no quiere darlas. Yakzuby acaba enterándose de todo gracias a su hijo, Gidd, que se encuentra en la base y ha investigado con cautela. Resulta -y ésa es la única verdad- que Ludoz llegó a la Tierra, pero no quiso decir dónde se hallaba. Era una máquina... muy humana. Esa es la paradoja de la novela y el hallazgo de Sierra i Fabra: humanizar a la máquina, cosa aparentemente imposible. Ludoz guardaba entre sus pertenencias una flor de escaramujo de la Tierra que, contra lo que se creía, no había sido destrozada por el Gran Holocausto, si no que había vuelto a empezar, y Ludoz quería proteger; pero proteger ¿de qué?; de ellos mismos, del futuro, de las máquinas, de la falta de sentimientos.

Interesa mucho destacar el papel de Yakzuby, que es el científico viejo -Jordi Sierra i Fabra, dicho sea de paso, siente una especial estima por los personajes ancianos que atesoran, por serlo, una gran experiencia de la vida-. Es un hombre cansado, pero no quiere dar por perdida su causa y logra que declaren inocente a su defendido porque Ludoz.... se suicidó, comportamiento inusual en una máquina, pero previsible en una máquina “demasiado humana” como él. ¿Se puede ser demasiado humano? Sí, si se trata de una máquina, por supuesto, y desarrolla unos comportamientos para los que no ha sido programada.

La vida en la Base es difícil para los humanos. Describe, por ejemplo, un mundo sin lluvia porque el agua puede atacar a las máquinas. En la novela, el delicado equilibrio hombre/máquina está a punto de venirse abajo por el descubrimiento de la Tierra.

Mientras aquí, en la Tierra, en ese objeto de controversia, un matrimonio de campesinos recuerdan a Ludoz y deciden llamar así al hijo que van a tener. Es curiosa la actitud de Ludoz: él se suicidó porque vio demasiado y quería resguardarlo para preservarlo. Jordi Sierra i Fabra lo compara con la mujer de Lot que, al mirar hacia atrás, se convirtió en estatua de sal.

“Regreso a un lugar llamado Tierra” es la segunda parte de la trilogía. En este episodio los hombre, descendientes de Hal Yakzuby, se han rebelado frente a las máquinas y Balhissay, que ahora es 1-15, un dirigente de más de 500 años, tiene que hacer frente a un juicio que lo acusa de haber pactado con Yakzuby hace muchos años y ser el origen de la rebelión que lidera un descendiente suyo.

Balhissay, que es muy humano para ser máquina -lo mismo que Ludoz- emprende un plan “individual” (cuando las máquinas son colectivas, lógicas y antiviolentas) y acaba conociendo al líder de la revolución y a una doctora, que le opera y alarga la vida. Confiesa que se ha encontrado la Tierra y los humanos deciden ir para allá -a su casa- a empezar de nuevo, dejando a las máquinas solas en Tierra-2.

Hay mucho de poesía en los argumentos de Balhissay, que es una máquina que sueña y ríe, que quiere vivir, que entiende a los humanos y los admira por lo imprevisibles que son. Balhissay siente algo parecido a la nostalgia, no quiere morir y es emocionante cuando se siente desfallecer y vuelve, poco a poco, a comenzar. Se trata de una especie de alegoría de la vejez de las máquinas que, en la novela, no nos son antipáticas, no olvidan que fue el hombre quién las creó. En todo caso es el hombre el resentido por no haber sabido dominarlas. ¿Se nos escaparán algún día de las manos? Es la gran pregunta, la escalofriante pregunta, que podemos empezar a hacernos.

“El testamento de un lugar llamado Tierra” es la tercera parte de la trilogía. Tras la guerra en que los hombres abandonaron Tierra-2, las máquinas crearon una sociedad jerarquizada y autoritaria. Cuando se inicia la novela, acaban de admitir la “Ley Fundamental”, en que declaran que el origen del mal está en el hombre. Surge, por lo tanto, la oposición y distintas maneras de pensar. La sombra de Balhissay 1-15 planea aún. El profesor Seteinein 6-2135 es detenido y su colaborador Zi 6-921 le ayuda. Ellos creen que su mundo se está acabando (hay problemas de todo tipo) y creen que la solución es volver a la Tierra. Para lograrlo tiene que conseguir tener acceso a la memoria de Balhissay 1-15, pero en la Tierra... los problemas son peores. Allí es el año 1999 y las máquinas no pueden volver a Tierra-2 porque allí no hay nada, no es nada. El tiempo, pues, es relativo. Al fin, y es una constante de la narrativa de Jordi Sierra i Fabra, surge la esperanza que es, justamente, una virtud humana.

Para acabar, Jordi Sierra i Fabra reflexiona sobre la teoría de Einstein de la relatividad. Importa mucho el eje espacio-temporal y menciona también a Carl Sagan y su concepto de los Agujeros Negros.

En el fondo, toda su trilogía no es otra cosa que un canto a la paz. “El Ciclo de las Tierras” -dice su autor- es la odisea del hombre y la máquina en la génesis del futuro. La historia de lo que puede suceder y de una esperanza.

 

 



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