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CARTA ABIERTA A LA INTIMIDAD.

Yván Silén
IvanElsa@aol.com
http://www.alterarte.com/ivansilen
Nueva York, Estados Unidos de América

 

“La libertad es buena”
José De Diego

 

Como un auto de lujo que se estrella en los espejos, así es mi amor por ti. Y desde el exilio que soy, levanto mi voz por ti como un prisionero de la soledad y del olvido para dirigirme a mis amigos y a mis enemigos, a los poetas, a los escritores, a los filósofos, a los que fingen fallidamente luchar por la independencia, para decirles, desde los fragmentos de la imagen de la lluvia que los carros pisan, que solo no puedo, que censurado no puedo. Que es imposible esconder el escándalo que somos (el crimen que somos, el temor que somos, la inseguridad) en la belleza alucinante de Puerto Rico. Es imposible morirnos en este escándalo, como me muero, en el error de “vivir bien”, de ser tristemente “famosos”, aburguesados, mientras Puerto Rico se devela infinitamente en ese olvido latinoamericano que nos circunda y se convierte en esa tumba que seremos cada uno de nosotros. La belleza de Puerto Rico es una tumba inútil, fugaz, como si fuéramos esos turistas asesinos de un país que se nos ha arrebatado en el olvido y en la complacencia de todos ustedes. Un país que emerge extraño en la costumbre de verlo cotidianamente diferente. Un país otro, un país además, con otras calles, otros cielos, otros flamboyanes, otros coquíes, otras lápidas. Un país que nos juzga desde esa historia mal escrita, corrupta, sembrada de traiciones y traidores. Porque en Puerto Rico, en su belleza de traficantes de la muerte y de la luna, ser traidor es un elogio. Ser traidor es ser famoso. Pero en Puerto Rico (esa isla sin mar, sembrada de escorpiones) no hay inocentes. Todos somos culpables de lo que está sucediendo (todos somos culpables de los mercaderes del Templo), de lo que ha sucedido siempre en Ithaca, ahora que los pretendientes han sodomizado y sodomizan el cuerpo de Penélope, mientras los anexionistas y los postmodernos llenan los cálices de ron y de whisky. Pero la depresión, como plaga de Egipto, baja de los barcos invasores en la desesperación de esos marinos que trafican el sida democráticamente. Esa ciudadanía yanqui del mercado negro no nos salvará, no nos ha salvado, de la angustia política que somos. Porque donde quiera que haya un puertorriqueño hay y habrá, aunque él o ella no lo sepa (aunque sea apolítico, independentista, postmoderno, agnóstico, ateo, anexionista--suicida--), un hombre angustiado.

Todos nosotros, todos ustedes son, en el fondo del bienestar colonial (el bienestar del Seól), un hombre angustiado, callado, silencioso, sumiso en su marihuana y en su cerveza frente a la muerte cotidiana que trafican los marinos folklóricamente. Ante el espanto, lector, y mientras me paseo como un fantasma por las fiestas democráticas del exilio, sólo puedo preguntarte: ¿cuánto vale tu felicidad de momia mexicana? ¿Cuánto vale (¡oh, postpoeta, postfilósofo, postciudadano, postcanalla--posthombre--!) tu “progreso” democrático? ¿Cuánto vale la patria de las calcomanías en do los intelectuales se enriquecen de mierda y en do los intelectuales se vampirizan en las imágenes de los espejos escatológicos? ¡Oh, tú que callas, tú que sudas rosas (en tus manos beatas de los santos clavados), dime: ¿dónde están los héroes en los días oscuros de los “picnics”?! ¿Dónde están los Quijotes contra los caballeros falsos de las Blancas Lunas? ¿Dónde está la Santa Teresa de tu corazón orgasmando a Dios contra los barcos? Debo estar soñando la pesadilla que somos en este Día de la Hispanidad. Y yo, aunque despierto, yo, en medio de la pesadilla del “sueño americano”, sueño como puertoriqueño, sueño como latinoamericano, sueño enfermo en la nostalgia de la patria que los héroes todavía, aún los que están de vacaciones en las playas, en Coney Island, en Río de Janeiro, en Mar del Plata, en Disney World, en Alturas de Chavón, aún los que giran azurmente en los carruseles de la nada, aún esos son posibles. Y yo espero, yo aguardo, que los intelectuales despertarán lázaramente de sus nichos de oro; que los poetas se levantarán de sus lechos de Cenicientas masturbadas de esa fama ficticia de la demokracia para decirme al oído del alma que han visto a Dios sangrando de los ojo; que han visto al Hada de la patria sangrando de la vulva (espiritualmente).

Pero yo espero más, yo sueño, yo angustio oír, ver, alucinar, marchar, a ese pueblo que no me conoce todavía (que no te conoce todavía) que edificará contra las bayonetas y contra los tanques de la demokracia esos héroes de la Desobediencia Civil, esos gandhistas, o esos héroes de la guerra que erradicarán, deshollinarán los rincones de la muerte cotidiana que somos (cada uno de nosotros). Y yo sueño, sin copiar a nadie, ser el obrero que soy. Yo sueño ser el desempleado que soy, el perseguido, el Príncipe, el héroe de la nada que somos delante de los barcos extranjeros. Pero hay que ser más en el imposible de la historia. Hay que soñar más libertá en el sueño de la nada que somos. Hay que libertar más en el plagio metafísico de la libertá que el capitalismo nos roba.

¿Hasta cuándo, entonces, ¡por Dios!, seremos mercenarios? ¿Hasta cuándo Dios nos vomitará apocalípticamente de su boca? ¿Hasta cuándo seremos el desprecio latinoamericano y el racismo yanqui? ¡Oh, Puerto Rico, ponte de pie, camina! ¡Oh, Armagedón de Dios, eyacula, tú, para la prueba de los justos! No te mueras todavía. No te suicides en la maldad, ni en la negligencia de los felices! No te mortifiques con mi mortificación en las guerras falsas y en las guerras ajenas (en la Primera Guerra Mundial, en la Segunda Guerra, en Corea, en Vietnam, en el Mediano Oriente). ¡Sé, tú; poémate, tú; píntate y escríbete, tú; ármate y piénsate, tú! Porque si no te armas, morirás; si no matas a la muerte (simbólicamente en los barcos enemigos), morirás. Y te lo digo así, enamorado de ti, angustiado por ti. Porque solo no puedo serte, censurado no puedo serte, Puerto Rico, y no sé dónde están tus inocentes. No sé dónde está tu oligarquía, tus “demókratas” pitiyanquis, tus falsos liberales acomplejados ante la demokracia del Hades. Porque yo, Puerto Rico, latinoamericanizado, todavía no te he visto. Yo sólo oigo el fusilamiento de tu verdad, de lo no dicho, de lo no acontecido, de lo tergiversado, del crimen oficial (de los jueces, los representantes, los periodistas, los curas, los maestros, los que votan, los que dicen sí, los lacayos, los obedientes, los dóciles, los cretinos) en los periódicos, en la radio, en la televisión de la mañana y en el trasfondo oscuro del insomnio. Yo sólo veo tu deuda ante los idiotas, tu calvario ante el Fondo Monetario Internacional de la muerte.

Pero yo no veo bien. Yo soy miope de Dios. Estoy enfermo, astigmatisado del alma que nos consume y que sólo posee telescopio para ver tu tragedia, tu asteroide, tu fin, tu hipoteca. Yo llamo a tus poetas, , a tus escritores, a tus guerrilleros, a tus locos, a tus soñadores (¡oh, Cid!; ¡oh, Zapata!; ¡oh, Albizu!; ¡oh, Jesús!). Estamos delante de la guerra. Siempre hemos estado delante de la guerra para ver el corazón de Dios encendido entre las rosas. No me hosties, Señor, y permíteme tocar ascuamente el corazón de mis amigos que no me quieren mucho. Que no soportan mi soberbia de hombre libre, mi pasión de hombre enamorado. Esos amigos, hijos tuyos, que tienen problemas filosóficos, poéticos y políticos. Esos amigos que me odian de amor (y esos enemigos que me odian de amor), no han podido verme como Tú me ves sangrando, angustiado, de tu cruz enamorado. Corre, Señor, en tu patineta y úngeme más, emborráchame más en tu Comunión, puertorriqueñízame, aunque me quede solo, como el Espantapájaro de la cruz frente al absurdo. Y toca, Tú, el corazón de mis amigos, porque solo no puedo; toca, Tú, el corazón de mis enemigos el día que me maten (o el día que los maten). Ten piedad de los hombres donde quiera que existan. Ten piedad de los que se entregan cínicamente a los yanquis-fariseos. Apiádate de mi olvido y de mi angustia. Hoy que escribo rabiosamente con tu Nombre, por tu Nombre furiosamente y desde tu Nombre eternamente. Hoy que aúllo, porque estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz entraré a él y cenaré con él, en este 14 de octubre, en este Día de la Hispanidad, do la muerte está cantando tus canciones. Gracias, Señor, por este escándalo de ser puertorriqueño. Gracias por esta tristeza y por esta angustia que me mata, mientras escribo graciosamente tu Nombre en los cuchillos.

 

 



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