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¡PADRE, MORIRÁS AYER!...
(EL DÍA DE LOS PADRES DE 2002)

Yván Silén
IvanElsa@aol.com
http://www.alterarte.com/ivansilen
Nueva York, Estados Unidos de América
15 de junio de 2002

 

Padre, morirás ayer o
morirás mañana.
Voy allá desconocido de ti,
vistiendo tu gabán en las sorpresas.
¿Qué aguardas, di,
si tu bicicleta se ha llenado de moho?
Y las muchachas se masturban
por ti en los otoños.
¿Qué ven, qué codician,
qué trafican de tu corazón
enamorado?

¡No las llames!

Es el viento del mar, padre,
que se pudre sobre tu pelo vacío
y tu voz vacía se pudre
como madera que arde junto a las playas.
Y tu ataúd astillado d'erizos
y los murciélagos de tu nombre,
y días falsos de tu amor,
incontenibles de silencios y
esos fotos remotas y falsas
tuberculosas de sombras
donde no sabes quién eres,
y no sabes quién soy.

Ahora estás junto al que pasa amanecido
en los espejos alquilados,
en los circos vacíos
a los que nunca fuimos
a aplaudir con tu risa
y con mi extraño.
Fuiste, padre,
eternamente equivocado como yo,
como un día de lluvia,
en tus consejos.
Fuiste, tú, o yo, o la tristeza, clavada
a tu mástil como una lengua,
como una luna,
como una madre de musgo
que vendió su olvido
(piel, su sombrero, su copa)
en los mercados
de los templos asaltados.

Era demasiado oscuro
el que fuera poeta incierto
para esa historia desatada de Dios
do tu hijo cantaba.
Eran demasiados lunes,
demasiadas mañanas
para que fumara marihuana
delante de los ángeles encendidos.
Y que leyera inmundo,
porno, ateo, malnacido,
como si fuera otro,
desconocido,
pelilargo,
esquizo
el hijo tuyo,
con su frac fuera de tiempo,
con su risa fuera de tiempo,
con su muerte fuera de tiempo.

Demasiado corazón
en mi sombrero de copa
enamorado,
y demasiadas visiones en mi voz
pernoctando
un hijo que no podía ser padre
y un padre que no podía copiarte,
(¡Oh, caricatura del amor,
de los días rotos!
¡Oh, comunión de los que mueren!).
¿Qué será de mis hijos?
Tu nombre se derrumbará
entre los versos,
porque los sueños
me abrumaban.
¿Qué había entre tú y yo
que tuviera sentido?
Quizás el mar,
quizás tú,
quizás yo mismo ajeno,
como un niño en medio de los muertos.
Era demasiado que riera
en los insomnios,
y era demasiado que jugara ajedrez
en medio de las fiebres.
El asma era oscura
como un sapo,
o como una noche infinita
en las presencias,
o en las mujeres desaparecidas,
idas,
irreales,
que me miraban
y deliraban
con los ojos llenos de canicas...

Pasó el tiempo,
y pasó tu hora y
no supe cómo eras, y
tampoco supe cómo te llamabas.
Sólo sé que eras el padre distante,
como un sueño
entre la voz de mamá
y la voz mía aterrada de siluetas.
La voz mía del miedo,
remota en la falda
de Mamá Miedo, o
a las puertas de los manicomios
de la casa tuya,
en mi pijama de niño astuto,
a un punto de Dios,
ardiendo en la ternura
de los labios de las niñas
que trasteaban
mi poco corazón a la deriva.

Recitando iba a Bécquer
entre las golondrinas y el cielo,
entre las arañas y las tapias.
Y tú, como un padre
del Antiguo Testamento,
pensabas qu'era maricón
con mi pelo rizo de Odiseo
delante de los espejos
aterrados de Ithaca.
Pero yo ya era yo,
aunque no lo supiera,
y tú no eras tú
aunque ya lo sabíamos.
Tú estabas aún delante
de tu taza de café,
como una Esfinge de hilo y de lata,
como una Esfinge de moho,
me mirabas y
me mirabas
detrás de tu lupa,
(me golpeabas
para que no robara libros
--no deseara la carne de Dios--)
a ver qué era.
Cuestionabas:
qué extraña cosa
podría producir
verso tras verso
en los sonidos de las madres,
cuando tú hablas escasamente
de los trabajos falsos,
y yo hablaba de Dios,
de Albizu Campos,
de la patria,
de la madre enamorada por la muerte.

Ella partió un verano,
como todos los veranos,
antes de que yo pudiera abrir los ojos.
Antes que despertara loco
antes...
antes...
antes...
ella tomó el ataúd
y navegó contra tu espejo.

Ahora estábamos tú y yo
sin mirarnos,
sin oírnos,
sin tocarnos,
sin gustarnos,
sin olernos,
sin soñarnos...
infinitamente tontos,
como ese Idiota
que Dios había arrojado
a una bañera sucia y vacía
en donde yo cantaba
como un Homero multiplicado
contra las murallas
de Troya.
(Había una vez un barquito...)
Las murallas de la muerte,
las murallas del Morro,
del Palacio de Santa Catalina
donde escribí mi nombre
secretamente
debajo de tus nombres inventados.

¿Quiénes éramos, padre?
¿Quiénes eran mis hermanos?
(¿Quién Elí, quién Juan,
quién Jorge, quién Paco?)
¿Quién era la vida y la ausencia,
y aquella madre remota,
suicidada
sobre los lirios y los jueyes,
sobre los monjes
y los días zen
del niño iluminado.

Luego la Otra,
como un barco
entre el espejo y la casa nueva...

Yo era rico como una niña
que se desnuda para ser tocada...

¿Por qué no hablamos entonces?
¿Por qué no preguntaste
mi nombre a ver si lo sabía?
Sólo quedaban tus números,
las sombras, las pisadas
sobre el mosquiteros,
y los conceptos
sobre la muerte
o sobre las redes de lunas
que el niño pescaba en las letrinas.
Sólo había silencios
sobre mi plato de avena.

¡Sólo quedaba la muerte!...

Ha pasado el tiempo y ha sido inútil.
Nadie vino a clavar mi diploma
en las puertas de tu templo.
Y yo enloquecía feliz, frenético, asustado.
Corría desnudo,
vestido, abandonado
por las calles de los sueños reales,
corría y aúllaba,
como Cristo,
por las calles irreales de mi carne.
Y me ensayaba,
me prestaba,
me miraba
a ver si yo era yo,
a ver si tú,
cualquiera,
como un invento
podías despertarte una mañana
con mis ojos.

Todo fue demasiado abrupto,
como si me hubiera disparado
una pistola entre los ojos.
Todo fue demasiado pronto
para entender el mundo
(tu dolor y el mío)
que Dios me había regalado.

Hoy no sé,
es demasiado tarde lo que ha pasado.
Hoy no recuerdo,
ya no adivino,
los días amontonados son falsos,
y las noches sucias son ciertas
y tú remoto, remando,
oscuro,
sueñas sin mí
debajo de los árboles...

Fue demasiado tiempo roto
la muerte de la madre...

La noche fue demasiada luz
y se batió triste, indiferente,
en las lloviznas de los puertos
do tú, padre,
con tu reló inmenso de las noches vacías
dabas la hora de pasar amontonado.
Dabas tu sombra regia
entre tu voz y la mía,
como una madre loca
eras el padre cuerdo
que sembrara como un árbol
el nombre de mamá
en las arenas.

Morirás, padre, ayer,
o morirás mañana
sin saberlo,
¡tanto tiempo repartido!
Porque nunca supe tu nombre
y nunca te dije mi nombre.
¡Tanto tiempo, padre, este poema!
Como si la madre
estuviera navegando
entre tu olvido y mi olvido.

¡Estoy en el exilio, padre,
porque estamos traficando tu corazón
en la penumbra de las madres!

 

 



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