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EL REGALO

Yván Silén
IvanElsa@aol.com
http://www.alterarte.com/ivansilen
Nueva York, Estados Unidos de América
30 de noviembre de 2002

 

A González Millán,
en memoria


No lo pensé,
tú tampoco lo pensaste
que t'escribiera un poema
como visa de sombra.
La linterna oscura de muerte
mientras argüías
de El Cristo de Velázquez,
ungido, ciego, en el diorama.
Y no sabías, no sabes,
si allá o acá
Caronte empujaba tu escritorio
(brutal el choque
y, tú, en la ventanilla guindando)
sentías el otoño fugaz de los letreros.
Todos los caminos estaban heridos.
La palabra también herida y tú
disputabas que Unamuno ido
(secreto el salmo,
el sudor,
la boca,
tu propio sentimiento ajeno),
en la infrahistoria de la sombra
guiabas oscuro
detrás de Cristo
(volcado el auto)
los clavos en tu mano derecha,
tu lengua rota,
tu voz ajena,
tu mujer sonreída debajo del seno
y, tú, terco
afirmando que Unamuno
(tu pierna rota de sombras
--orinando en la esquinas del templo--)
era buen poeta
en l'agonía...

Pero Visnú pasaba
en los enanos vendiendo peces
y el carro de tu muerte,
sembrado d'espejos,
como un monje jorobado
entre'l incienso y las nymphas
rezaba o gemía
en do llovía la sangre
la tinta rota,
tu palabra oscura se oía,
se movía,
y huía la esperanza de tu hilo
(la tinta sucia de polvo derramada),
entre la vida y Caronte
entre Jano y la muerte
tropezaron y
empujaron tu auto
(el grito era el hosana del ángel),
tu escritorio tropezó
contra los sueños...

Incrédulo, tú,
pensaste que era mi poema
(la noche de las polillas secretas).
Pero nadie oyó,
nadie vino,
nadie acudió
sino las sombras amontonadas
como amantes.
Los muertos no acudieron
a decirme que morías...

¿Cómo se puede
morir en la sorpresa?

¿Cómo se puede morir de saludar?
Morir de sonreír,
morir de miedo, de orinar,
como si fuera yo el que muriera,
o el qu'escupiera
el ojo izquierdo de Unamuno.
Pudimos ser amigos,
pero la araña de Dios,
tu paranoia,
el parabrisa
colgando de las velas,
el espantapájaros de Dios
guindando de los vidrios,
como un negro qu'empuja la luz,
como un médium qu'empuja la muerte,
como un gallego qu'empuja el escritorio,
o algo oscuro que chirria
(como montones de monedas,
como montones de otoños y
cajas de dientes,
y los frenos de tu auto
y tu risa y el viento):

¿Cómo se puede morir
en la sorpresa?

La faltó la voz a la palabra
y los estudiantes no levantaron las cabezas.
El sueño siguió
de rumbo a la vigilia.
Era el frío y la noche y tu zapato
en algún lugar del alma.
Caronte cubrió su rostro
con tu mano y
tu mujer dejó de mirarte hipnotizada
(los cisnes habían sido
degollados a la orilla
de la muerte)
y Góngora y Quevedo
te vieron
soñar
con tu desprecio en tu chaleco.
Tu cuerpo se salió de ti
como una luna.
Era sed de fuego.
Era sed de Dios tu labio.
Era sed de noche la luz de tus pupilas.
Los niños ciegos
te tomaron de la mano.

No lo sé. Tampoco lo dijiste:
¿Cómo se puede
morir de la sorpresa?

 

 



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