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AFORISMOS

Yván de Silenus
IvanElsa@aol.com
Nueva York, Estados Unidos de América

 

33-No hay peor nihilismo que el de los colonizados que se gozan perversa, pública o secretamente en el sadomasoquismo de la nada política. Un pueblo que patrocina el colonialismo, esa vergüenza de su abulia, es un pueblo sin ilusiones. La política no le ha servido de destino. Para impedir que Puerto Rico se pudra habrá que enterrarlo en su propia belleza. El olvido que ya somos es implacable.

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34-Estoy ligado a Dios como a mi cuerpo y no sé si el suicidio, esa muerte extraordinaria, podría separarme de su carne.

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187-No ser lo que se es, como negación política de la libertá, ubica al hombre en el vacío, en el anonimato. Este vacío, el no existir política y demokráticamente, lleva al hombre a ser lo que no es (en el deseo de ser el “otro”). Este es el deseo negativo de la anexión. Ser reconocido por quien te desprecia o te convierte en mercancía, sólo añade sinsentido al sinsentido. En este vacío la libertá del “hombre libre” está rota.

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193-Este es el escándalo de la demokracia: que los censurados censuren, que los marginados marginen. Porque sabiendo lo que es el olvido y el rechazo pretendan realizarlo contra los hombres geniales. Quien censura sospecha que el otro pueda superarlo en lucidez, en delirios y en visiones. Quien censura se convierte en una especie anormal de los policías de la cultura demokrática.

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424-Político debe ser el que dice poéticamente lo original de las cosas; poeta el que dice políticamente la originalidad del ser.

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499-Dios es una pasión que a veces culmina en la blasfemia.

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504-El amor de Dios es nuestra más espantosa metáfora. Es el intento de expresar lo inexpresable. Es nuestro concepto infinito. El hecho en donde Dios nos habla es un misterio. (Este negar el misterio de Dios fue el intento fallido de Hegel.) Pero a pesar de estos hechos, el de Hegel y el de Dios (el de Nietzsche y el de Heidegger), siempre estamos confundidos con ellos. La fe, a pesar de la angustia o por la angustia misma, se convierte en un accidente de nuestro existenciar. Ese espacio en donde la fe se haya delante de su duda. Es no saber qué hacer o cómo realizar lo que Dios "desea" políticamente para nosotros (o lo que nos parece que Dios ha puesto libertariamente para el desafío de la fe). La fe titubea porque sabe que "nuestra" época se caracteriza por el odio a la fe. Este odio adquiere "valor", porque los hombres saben que la fe no da prestigio ni fama, porque la fe no es una mercancía. La Iglesia, entonces, ha buscado desangustiarla. Este ha sido el intento maligno de la Iglesia: convertir a la fe en la nueva mercancía del mercado. La fe como la mercancía abstracta de la teología. Ante ésto, ante este crimen, Dios es siempre lo inesperado, lo insospechado de la tragedia o de la dicha que nos asalta. Dios se encargará de levantar profetas, o poetas, o esquizos, o místicos contra la vulgaridad espiritual de la demokracia o de los gobiernos de turno. Deuteronomio 18: 18-22, dice: "Profetas. . .levantaré de en medio de sus hermanos, como tú; y pondré mis palabras en su boca". Dios es el amor consumado del Ungido. Si esto es así,como yo creo que es (he aquí la fe intelectual), la filosofía tiene que renovarse y apropiarse nuevamente de la religión, de la verdad y de lo ético (para que no sea escupida por Dios--en el olvido mismo de los hombres--). La filosofía tiene que apropiarse de su silencio, de su apatía (de su exilio, de su cobardía y de su "prestigio" académico) y subvertirse a sí misma.
Dios no puede ser objetable (reprobable), ni codificado (convertido en sistema). Dios no puede ser definido, porque se escapa de la definición, de cualquier definición. Dios no es cosa (res--ni de valor ni de negatividad ni de nada--). Dios no puede ser acusado por la libertad ni por la maldad del hombre contra sí mismo, ni por el odio, ni por el racismo del hombre contra los otros hombres en nombre de la "civilización", de la cultura y de la demokracia. Porque en el fondo, como pensaba Buber, lo que sucede es que hemos olvidado "cómo hablar a Dios" y sólo sabemos, precariamente, "hablar de El". Aun así, no importa donde nos paremos, Dios nos desborda. En este aspecto Dios se "parece" a la poesía: la poesía nos desborda de nosotros mismos. El poeta y el místico son lo rebosado y lo rebosante. Pero si el poeta es místico, entonces éste se "convertirá" en Dios (en la realidad de lo circundante, en lo existenciado del límite, en la paradoja de lo no dicho o de lo no expresado).  

 

 

 



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