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MANIFIESTO 2003

Pablo Mora
http://www.poesia.org.ve
http://www.poiesologia.com
moraleja@telcel.net.ve
San Cristobal, Venezuela

 

Desde la penumbra, en aprietos, desesperada, torrencialmente; en pie de asombro, a fuego airado, nada lento; desde pálpitos, temblores y arrebatos; desde una vida altamente peligrosa, desde la nostalgia, la tormenta, de cara al misterio y al milagro, de claro en claro, de turbio en turbio, “horadando agujeros tras el mágico cantar de las chicharras, en busca de la risa arrebatada del hombre, venciendo la congoja con un telar de hilos de luz, aunque el suspiro se cuaje desde las honduras de un pozo.” (Mery Sananes).

Se nos ha dicho: Nunca se pone más oscuro que cuando va a amanecer. Lo cierto es que el hombre corre, va, regresa, viene. El círculo perpetuo de la vida y la muerte. Uno y diverso, de perfil, sobre sus sombras, melodía in crescendo, su locura, su fe, sus osadías lo acosan.

Uno, uno más en el concierto, el hombre cavila, proyecta; enervante se sostiene, avanza, se defiende; desenfunda la paz contra la guerra. Hombro a hombro, codo a codo, enarbola los sueños de los árboles, la lluvia seminal de sus hurganzas, el centro genital de su coraje, el canto forestal de sus costumbres. Camina noche, sueño, vida. Amanece en horizonte, desplegado, tendido en la playa de su antigua pena.

Frente al largo espesor de su quejido, se reconoce, salta, se levanta; se sorprende, vivifica y lanza, enhiesto, sonreído. Relumbra, se decide, se esperanza, se reúne; finca su alborozo, su alegría o fija en el tiempo sus oídos. Arde de furia en la trinchera, eleva sus puños mal herido, quitándole la cara al miedo. Cara a cara, se encuentra, dialoga en alto con las horas. Canta, se desborda, multiplica, de nuevo cuenta. A pecho descubierto, ofrece cuerpo, vida, alma y suerte. Aloja su rabia luminosa en las esquinas. Sostiene la mirada de los árboles. Bendice los salmos de las sombras, los imponentes secretos de la niebla, la silenciosa castidad de los cordones, mientras avienta duro el corazón del sueño.

En furia cordial se descontenta ante la tarde, el fragor, el desespero; asido a su hermana gota jornalera, al pan que se esconde en los aleros. Lluvia tras lluvia, el suburbio se subleva. Llueve la grieta, la pobreza, el adobe llueve. Hambrientas, se arrinconan las miradas, se arropan furentes las tristezas; se persignan a gritos los silencios. De repente, estalla, se desata la lluvia entre los sueños y arrasa, intensa, choza, caserío, vereda, ahorro, sementera.

El hombre siempre, siempre el tiempo. Irrepetible, el instante perpetúa el camino, algo intemporal que el hombre saborea antes de que pase. La eternidad, deseo de que un instante eterno sea: presente sea, futuro sea. Presente como el mar, como el mar que no se arruga, no cambia, no pasa. Como el mar, presente el hombre siempre. Camino de la vida o de la mar. Luz, sombra, sangre, trigo, repulsión, dulzura. Detrás de todo el mar como un caballo desbocado, siempre galopando el mar. El mar irrumpe, bueno para el trabajo y la batalla. El hombre entre la mar, en esta hora de soledad marina, activa aguas puras. Existe, canta, sueña, cree. Desde los manantiales del olivo, locura al cinto, en lucha con su pena, andando, andando, andando, andando, andando.

II


¿Desfilará en el aire tu tragedia? ¿Hacia qué lado tus canciones fueron? ¿Quién canjeó tu nombre por los cheques? ¿Quién hasta cuándo quiere ser tu dueño? ¿Hasta cuándo tu sombra por los puertos? ¿A qué culpar de robo al sol, al tiempo? ¿Encenderás la patria con tus manos? ¿Qué ojo te persigue, acecha o quiere? ¿Eres ojo de Dios a la intemperie? ¿Eres el hombre liberando a Dios? ¿Canción para franquear la sombra eterna? ¿La araña hilando muerte para el pueblo? ¿O el monstruo contagiado de gangrena? ¿La paz, por ti, la paz sobre la tierra? ¿Qué sangre correrá que no te nombre? ¿De dónde viene tu alma acalorada? ¿Tus altas soledades corredoras? ¿La gracia de tu gracia es resistirte? ¿Tu canto es una lumbre evanescente? ¿Vives desde que existe el universo? ¿Está tu paz de parte de la guerra? ¿Del presagio, del miedo, del peligro? ¿Del otro lado de la sombra en sueño? ¿En qué alcancía escondes tus graneros?

¿Conoces tú los hombros de esta América? ¿Huyes acaso del clamor del pueblo? ¿Sabes tú de aquel nombre, aquella gesta? ¿Quién sostendrá tu espalda en las arenas? ¿Qué quedará del puerto sin tu sombra? ¿Quiénes te esconden, dinos, quién te engrilla? ¿Quién te corta las alas, quién tu vuelo? ¿De tu alma sólo quedan unas huellas? ¿Tu vida acaso sea un relámpago? ¿Tus placeres el mundo los ignora? ¿Cuándo serán barridos los bribones? ¿Cuándo los traficantes de la guerra? ¿Cuándo la enhiesta sombra de la escoria? ¿Cuándo el horror, la desazón, el miedo? ¿Cuándo el llanto, el dolor, el atropello? ¿Cuándo los duros goznes saltaremos? ¿Cuándo en tu nombre se alzarán los sueños? ¿En qué sueña la lámpara del pobre? ¿En quién el frente donde ruge el fuego? ¿Por qué parece más rabioso el cielo? ¿Cómo dejarte sola en el peligro? ¿Por qué tu paso vacilante, mudo? ¿Por qué este sueño apenas concebido? ¿Cuándo podremos poseer la tierra? ¿Cuánto dolor tu corazón soporta? ¿En qué trinchera escondes tu bravura? ¿Donde es aniquilado el enemigo? ¿O donde surge la esperanza ciega?

¿A quién confiarle cielo, patria y sueño? ¿A quién confiar la pena en adelante? ¿Qué quedará después del ventisquero? ¿Cómo amarrar el viento a tu cintura? ¿Cómo pasarse la palabra entera? ¿Cómo aprender el arte de morir? ¿Dónde están las auroras de los árboles? ¿Dónde se hallan tus días parisinos? ¿Tus sueños, tempestades, horizontes? ¿Tus enormes caminos en acecho? ¿El pulso de tus bosques soñolientos? ¿El abrasado borde de tu cuerpo? ¿Hacia dónde cogieron tus clarines? ¿Cuánta la soledad de tu alborada? ¿Dónde están tus caminos recorridos? ¿Qué sembrados añoran tu vigilia? ¿Por qué no ha vuelto tu canción al río? ¿Por fin entenderemos el enlace? ¿Quién puede precisar a la luciérnaga? ¿De quién será la suerte de las piedras? ¿Nadie podría ahora arrebatarte? ¿Seguirás tú encarnando el viento nuevo? ¿Cambiarás tú la espada por poema? ¿Volverás a los patios de la escuela? ¿Nos iremos pudriendo de impotencia? ¿Llama de Dios, nos caerás del cielo? ¿Algún día inundarás la tierra?

III

Inocentes quienes crean que para correr se hizo la esperanza. Quienes culpen a las rosas por darle de comer al pobre. Quienes sean incapaces de sostener la luz o enarbolen, cobardes, la derrota. Los que incendien las alas a la Paz o acaben con las huellas del camino. Los que no sepan de ningún secreto o al soldado le escondan sus fusiles. Quienes pierdan su tiempo en ventoleras o apenas si se acuerden de los suyos. Inocentes los Cristos sin sus látigos. Aquel imperio en busca de amapolas o el pueblo cuando entierre sus sudores. El soldado que atente contra el pobre o el pobre que arremeta contra el viento.

Inocentes los que olviden que la poesía de la libertad es el culto nuevo; la libertad, la religión definitiva; los hombres, todos, los nuevos sacerdotes. Quienes no reprochen al alba su tardanza hasta abrazar el asombro de la muerte. Inocentes quienes no atinen con el próximo jalón, inventen rutas nuevas, nuevas eras, el viraje que a diario nos aguarda. Quienes dejen de hurgarse, hundirse, ser, sentirse, serse, entre el alma de la patria en gloria o ascuas, salvando noche, tempestad, neblina, vendaval y cangilón; pena, chaparrón, vida o sobrevida.

Inocentes el aurinegro estiércol de los diablos; el pavoroso tesoro del hambriento —el eterno basural de los zopilotes, los zamuros—; los que juntan casa a casa y añaden heredad hasta ocuparlo todo; el monte sin bramido de ganado; el aullido de la hiena, la salvaje cabra, el chacal o los hurones; los canarios, los gallos, los grillos, los cristianos y los trompos tuertos; cualquier unión patriótica, hideputa, unida, suprema, checa, eslovaca, ecuménica o romana; la ponzoña, la maleza, la cizaña; los Smith y sus deudas indeseadas, inmorales, indexadas; los Truman vagabundos de la guerra; el tísico pañuelo de la guerra; las indómitas fieras de la guerra; la desolladura del barro que seremos; el estridente relincho del rayo de los pájaros; los desvalidos gritos de un pescado muerto; los ojos abiertos de los ciegos.

Inocentes la clara tempestad de los caminos, el tiempo fatigado de infinitos y el silente lagrimón de la vereda —latigazo que a todos atribula, el que a la lucha sin cesar nos lleva—. Aquel que ausente de su ser delire. El que no sepa de ningún lucero. El simple labrador que sueña en ver crecer la flor de sus plantíos. El que, lejos de su infancia, viva. La sombra de la aldea galopando auroras, madrugadas, hacia la luz total de los fogones. El paso de la lluvia en torrencial suspiro mientras la madre su bocado implora; el niño que en harapos llanto apaña; el hombre entretejiendo llagaduras..

IV

Inocentes quienes desconozcan que la última utopía evocaba un porvenir socialista en el cual cada hombre sería un creador, un poeta. O quienes, pretendiendo inventar el futuro, dejen de pedirle al hombre algo más difícil que dar todo lo que tiene: dar todo lo que él es, es decir, el poeta que lleva en sí; redescubrirse, reinventarse.

Inocentes quienes consideren sumamente fácil escoger entre rebelión popular o rebelión legal; entre asaltar el poder —una guerra de movimiento— o la guerra de trinchera. Apoderarse del Estado o tomar trinchera por trinchera, comenzando por dirigir las organizaciones sociales antes de la toma del Poder y, en última instancia, asaltar la Fortaleza o fortalezas del Estado. En fin, quien crea que el asalto sea cuestión de horas o que está a la vuelta de Carmelitas.

Inocentes quienes no se convenzan que la civilización es una injusticia armada. O pongan en duda que el porvenir de todos debe ser obra de todos, inventado y realizado por todos.

V

Soñar en que todo puede ser común dentro de nosotros. En que todos deberíamos trabajar. En que los ocios son enemigos del orden social como lo son igualmente los ladrones y delincuentes. En que lo mío y lo tuyo son los causantes de los crímenes, las injusticias, las desigualdades y maldades que reinan entre los hombres. Soñar concretamente en que una de las principales causas de la miseria pública la configura “el excesivo número de nobles, zánganos, ociosos, que viven del trabajo y del sudor de los demás”.

Convencernos de que las raíces de la utopía están en los propios hombres, provienen de lo más profundo de su ser-en-esperanza; se originan en el alma humana, en la orgánica y subterránea unidad vital, en la estructura fundamental del hombre, de sus pueblos e ideales.

Con muerte o sin muerte de las utopías, la utopía ­—imagen movilizadora, horizonte orientador de la praxis, instancia crítica de la realidad, visión dialéctica abierta— eternamente regirá el destino humano y, así, el destino de los pueblos. Con imaginación, “con qué facilidad sacaríamos de la nada un mundo”. Siempre habrá de haber tiempo para un orden nuevo. “La paz no consiste en la tranquilidad del orden existente, sino de un orden nuevo mediante la acción solidaria de los hombres... La paz pasa a través de la revolución, La revolución integral tiende a realizar una humanidad nueva... No es cuestión de explorar la tierra nueva, sino de crearla... Es la hora de la creación, de la esperanza y del riesgo... La hora de asumir personal y comunitariamente el riesgo de la aventura humana y afrontar con fortaleza la eventualidad del fracaso... Sólo una tierra distinta hará menos increíble el cielo.”

Sólo entonces la esperanza, alzada desde el fondo de la caja de Pandora, podrá subir y esparcirse por todos los cielos en la única paz que garantizan las transformaciones profundas y las conquistas que nos faltan.

VI

En esta noche aciaga que cruzamos, en esta encrucijada de misiles y de cruces, soñemos junto al sueño de la mar. Pulsemos el tamaño del dolor ajeno. Preguntémoselo al mar que el mar lo sabe. En esta noche fría, noche propicia, creadora, amiga, contamos con dos alas: con la noche y con el mar. Mientras la llama roja de la fe flamea, mientras el fuego azul del horizonte espera, invita la bandera a batallar.

Renazca, entonces, la cena que recrea y enamora, lejos de la antigua cena miserable. Tirémonos al mundo. Añadamos, por fin, algo al mundo. Acerquémonos todos a la vida, al parentesco que a las costas de la divina antigüedad nos ata.

Alejémonos de las cosas, pongamos un mar de por medio, para ver las cosas de cerca. El mar lo comienza todo una y otra vez, lo une, lo disocia, lo aleja, lo transforma, lo acrece o lo vence y nos trae asimismo la esperanza, la dicha o la desilusión. El mar nos piensa y nos sostiene. Nos ciñe, nos espera. Antes que el tiempo se acuñara en días, el mar estaba y era.

A preguntar si la palabra sirve, si sirve para algo la alegría, si en el mundo no quieren a los tristes, si creen las espigas en el hombre, si tienen los milagros descendencia, si es cuestión de vivir contra morir.

Es preciso sentir la muerte girando en los talones, sentirla girando en los Guantánamos, sentirla cagando en los hambrones. Es el momento de hacernos solidarios. Una tempestad de fusiles nos acecha, pero aún quedan brazos para izar banderas. Llegó el momento de morir de asombros. La hora de descargar nuestros almácigos. De cargar con los sueños que inventamos. A vivir mientras el alma nos suene. A morir cuando la hora nos llegue que hay ruiseñores que cantan encima de los fusiles, por debajo de la muerte... Porque varios tragos es la vida y un solo trago la muerte.

¡Pidamos todo el corazón del mar para la Paz!

VII

Cuando algún turpial no encuentre hijo o alguna alondra no halle nido. Cuando penda la raíz de algún árbol. Cuando en procesión vaya un manojo de hongos por el bosque. Cuando comience a llenarse de pájaros el sueño. Ante el supremo aplauso de los pájaros. Cuando algún mendigo el pan envidie. Cuando nadie quiera al perro o al gato de la casa. Cuando tengamos que mirar de frente a Dios. Cada vez que la patria a misa llame. Cuando se cubra de niebla la pobreza. Cuando haya que velar la mochila sudorosa. Mientras el dado esté de nuestra parte. Cuando pase el tiempo a ras de piel. Al oír las pisadas de los días. El sonido de la tarde o de la noche. El sonido forestal del mundo. La desbotonadura de la rosa. Al subir al horizonte. Al partir en trozos el silencio.

Cuando queramos encontrarnos con los ojos del primer lucero. O dar —engrifados, por supuesto— con la línea aquella que delate nuestro insomne garabato. Cuando un libro se acuerde de nosotros. Apostemos a la poesía, al amor, a la rosa, a la vigilia. Apostemos a la lluvia, a la sombra y al silencio. Apostemos a la inocencia de la rosa. Al hombre, a la palabra y a la vida. Apostemos al sueño y al regreso. Al juego, al abrazo y a la danza. Al mar, a la ternura y a la risa. Al regreso apostemos sobre todo. A la revancha. A la esperanza desnuda. A la belleza que se expande. Al orgasmo del mundo, al que hace cauce en las vertientes locas. A la noche en que juntamos orgasmo con orgasmo. A la luna que recuerde la miel de nuestra sombra.

No se vive una sola vez. Estamos aquí para vivir en voz alta. ¡Si alguna vez te vieras en la rosa! ¡Si el universo entre la rosa viéramos! ¡Si el universo vieras... tal vez te entenderías! Olvidado del tiempo y de su ropa, viene y va el hombre, insomne y asombrado. Los árboles lo miran —el sol, la sombra— fruto no más del árbol. Lo más del hombre, el asombro. De asombro en asombro, se encuentra con su sombra insomne. Camino de la nueva aurora, halando al mundo. Tendrá tiempo de llegar a ser un hombre. Luego, no habrá más qué hacer. Tal vez a Dios con sus modales o resabios.

Sabe que bajo un paraguas toda brisa cabe; todos los zapatos de la lluvia. El problema radica en la sonrisa. Importante saber en qué parte estamos, dónde fuimos, suspiramos o estuvimos. Y entender muy bien al mar, al hombre, a la palabra y a la vida. Al sol, mejor a la palabra, quererla al alimón, a montones, a secas, a morir. A diestra y siniestra, a brazo partido, a paso largo. A cielo abierto, a cada rato, hasta las cejas. El asunto es acompañar la vida. A sol y sombra, donde sea preciso. Estar donde la vida misma quiso: al lado de la vida de por vida. Oír el amanecer. Oírle. Ir al amanecer. Amanecer, oír, nacer.

VIII

Porque tu luz en las tinieblas resplandece. Porque clara luce tu sombra en la distancia o la noche de tu lumbre. Porque nunca te sentimos tan vecina a nuestro insomnio. Porque a diario nos compruebas que existe algo más acá de las estrellas, donde titilan las entrañas de tus hijos: el más acá poblado de miserias y de sueños. El más acá del horizonte. El más acá de tu entrecejo, de tu ira, desasosiego, tempestad y grito. Porque siguen los imperios velando tu riqueza, defendiendo a dentelladas, a mordiscos, su trono y lozanía, mientras la guerra se decreta; sigue, crece, se desborda y multiplica. Cerca de los golfos, cerca de los mares, cerca del hombre y sus tormentos. Verdadero asalto a mano armada, arrebatando conciencias, minerales, alboradas; mundos y submundos ante la colosal supermandad del odio.

Porque comienzan a escasear los perfumes de oréganos, cardones, tunas, semerucos, damas de medianoche, andiduras, guayanas, falconías, frente a las viejas casas solariegas, el sol, el solaraje, la rabia, la llagadura, el desvelo, la ternura. Porque arrastramos muerte todavía. Porque combatimos con el caballo azul del amor, el blanco de la libertad y el rojo del combate. Porque persiste angustia, soledad, silencio, crispación y pálpito, aguijando, aguijoneando, arañando nuestro tiempo, circundando las voces desgarradas del barranco. Porque morimos de miseria cada tarde ante el viento huracanado de la larga letanía de este dolor definitivamente inhumano. Porque el pecho es un celaje que no puede contenerte.

Porque persiste el desgarramiento, la llamarada, la brasa, la hoguera, la hojarasca, la bazofia cotidiana. Porque hacen falta jinete, cabalgadura, lontananza, sabanas para la canción de la victoria. Porque bebemos nuestra agua a precio de sangre dolarada. Porque casi no alcanza el sudor para la leña. Porque el yugo se encarama en la cerviz y nuestra piel quema como un horno por el ardor del hambre. Porque seguimos con el hambre todavía, descalzos todavía, sedientos todavía. Carcomida la conciencia desde adentro, desde afuera, desde siempre, desde cerca, desde lejos,

Oigamos el clamor, el griterío, al hambre en su galope. Escondámosle los dados a los dioses. Cuidemos de quedarnos de pronto sin presente, sin futuro, sin fe, sin osadía. ¡Juguemos a la patria! Hijos del Mañana, escuchemos la melodía del futuro. Comencemos de nuevo. Acumulemos paz, previendo las luchas que le faltan al torrente. Acumulemos sueños y verdades, lo que importa es la luz de los caminos.

¡Menos fuerza para la guerra! ¡Más valor para la paz! ¡A juego limpio! ¡Doblemos la parada! ¡A jugárselas! ¡Soñemos con la paz! ¡Apostemos a la patria! ¡Juguemos a la patria!

IX

Al alimón con Mario Benedetti

¿Dónde está mi país? ¿junto al río o al borde de la noche? ¿junto al pan o al borde de la sombra? ¿en un pasado del que no hay que hablar o en el mejor de los agüeros? ¿dónde? ¿dónde? ¿en la sabana, en la selva, en los raudales? ¿en la zanja azul del horizonte o en las insomnes cejas de estas teclas? ¿en la desolación de la memoria? ¿en la desgarradura de sus soles? ¿ en los cimientos de la aldea? ¿en los suspiros del viento? ¿en las sogas del hambre? ¿en los ahora libres calabozos o en las celdas de fantasmas asiduos?

¿Dónde está mi país? ¿en las manos abiertas y aprendices o en los muñones del remordimiento? ¿en las solapas del tiempo o en los relojes de leña? ¿en los cubiertos, las sombrillas, las cucharas? ¿simplemente en el sur? ¿en el mar, en sus golfos, sus riberas? ¿en el caño, los aleros, los postigos? ¿en qué pronóstico o escape? ¿en qué repliegue del dolor? ¿en que surco de la trampa? ¿en que pestaña del odio? ¿lo llevo acaso en mí? ¿lo llevas tú de lado? ¿lo lleva el mar de leva? ¿me espera en sueños? ¿en qué sueños?

¿Dónde está mi país? ¿debajo de la nube? ¿encima de los dioses? ¿del lado acá del viento? ¿del lado allá del trueno? ¿sobre cuántos despojos? ¿metido en qué fragores? ¿entre anafres y acechanzas? ¿lindante con qué alivios? ¿distante de la suerte? ¿lejano de su sombra? ¿rostro en qué piedra o ciénega? ¿petroglifo, azucena o fogarada? ¿trompo al aire? ¿dado suelto, cargado o en azogue? ¿crepitando de enigmas? ¿en soledumbres, bocanadas? ¿en miseria, quebrantos o malezas? ¿incontable de amores? ¿asceta en qué triunfo? ¿bandera en qué cima? ¿celaje en qué puerto? ¿pulso de qué candombe? ¿barricada en qué lidia, en qué combate? ¿postergado en qué olvido? ¿sumido en qué llanto? ¿espantado, adolorido? ¿en qué sueño, reto o clarinada?

¿Dónde está mi país? ¿seré sordo a su viejo cuchicheo o ciego ante el tizón de sus crepúsculos? ¿prestaré oídos a sus quejas? ¿pestañas a sus ojos? ¿manos a sus prados? ¿dónde está? ¿o estará? ¿en qué rincón o pedacito de miedo poco ilustre? ¿en qué grito o clarín? ¿acurrucado, agazapado, desvelado? ¿en pie de asombro? ¿dónde? ¿en qué muralla o huerto? ¿en qué palacio, tugurio o enramada? ¿en qué peldaño, arena o portachuelo? ¿en qué campana, conticinio o alboroto? ¿dónde? ¿dónde? ¿dónde? ¿libraré su pan, su calma, su cordura, su rabia o arrebato? ¿no cesaré jamás de preguntarlo? ¿nunca vendrá a mi encuentro? y si viene ¿con quién?

¿Dónde está mi país? ¿en qué destino o alucinación? ¿ en qué delirio, insomnio o madrugada? ¿en qué nido de hornero? ¿o de víbora? ¿o de ángeles? ¿en que alameda, en qué tardanza? ¿en qué crepúsculo, arcoiris o tonada? ¿en qué altivez de faro tenue? ¿en qué lugar del rostro? ¿en qué rastrojo, cerro o emboscada? ¿dónde? ¿en la frontera del teléfono? ¿en la parcela de la suspicacia? ¿socio de la quimera? ¿partido en dos o en tres pedazos? ¿callado, a gritos o a zancadas? ¿dulce de alaridos? ¿extenuado de tránsitos? ¿sumiso, insigne, doblegado?

¿Dónde está mi país? ¿en el cuaderno, en los platos, en las planas? ¿en la casi agobiante tensión de la esperanza? ¿en la alegre pesquisa de los niños? ¿en la sonrisa de sus soles? ¿en las luciérnagas? ¿en el clavel de la amnistía? ¿en las deudas de sus montes? ¿en las huellas del pánico? ¿en los morrales del hambre? ¿está en los que no están? ¿en el montón de la penuria? ¿en los umbrales y fogones? ¿en el enjambre que irrumpió en la calle? ¿en el telón impune? ¿en el zanjón? ¿en las gotas del alambre? ¿dónde? ¿en el pan que amanece pese a todo? ¿en la bondad endémica? ¿en el regreso de los nietos pródigos? ¿en los asuntos rojizos? ¿en las costumbres del gallo? ¿en los luceros del día? ¿Dónde está mi país?

X

Alza, toro, la Patria: levántate, despierta. Despiértate del todo, toro de negra espuma, que respiras la luz y rezumas la sombra, y concentras los mares bajo tu piel cerrada.

Despiértate. Despiértate del todo, que te veo dormido, un pedazo del pecho y otro de la cabeza: que aún no te has despertado como despierta un toro cuando se le acomete con traiciones lobunas.

Levántate. Resopla tu poder, despliega tu esqueleto, enarbola tu frente con las rotundas hachas, con las dos herramientas de asustar a los astros, de amenazar al cielo con astas de tragedia.

Esgrímete. Toro en la polvareda más toro que otras veces, en mi patria más toro, toro, que en otras partes. Más cálido que nunca, más volcánico, toro, que irradias, que iluminas al fuego, yérguete.

Desencadénate. Desencadena el raudo corazón que orienta por nuestras propias plazas, sobre su astral arena. A desollarte vivo vienen lobos y águilas que han envidiado siempre tu hermosura de pueblo.

Yérguete. No te van a castrar: no dejarás que llegue hasta tus atributos de varón abundante, esa mano felina que pretende arrancártelos de cuajo, impunemente: pataléalos, toro.

Víbrate. No te van a absorber la sangre de riqueza, no te arrebatarán los ojos minerales. La piel donde recoge resplandor el lucero no arrancarán del toro torrencial mercurio.

Revuélvete. Es como si quisieran quitar la piel al sol, al torrente la espuma con uña y picotazo. No te van a castrar, poder tan masculino que fecundas la piedra; no te van a castrar.

Truénate. No retrocede el toro: no da un paso hacia atrás si no es para escarbar sangre y furia en la arena, unir todas sus fuerzas, y desde las pezuñas abalanzarse luego con decisión de rayo.

Abalánzate. Gran toro que en el bronce y en la piedra has mamado, y en el granito fiero paciste la fiereza: revuélvete en el alma de todos los que han visto la luz primera en esta geografía ultrajada.

Revuélvete. Partido en dos pedazos, este toro de siglos, este toro que dentro de nosotros habita: partido en dos mitades, con una mataría y con la otra mitad moriría luchando.

Atorbellínate. De la airada cabeza que fortalece el mundo, del cuello como un bloque de titanes en marcha, brotará la victoria como un ancho bramido que hará sangrar al mármol y sonar la arena.

Sálvate. Despierta, toro: esgrime, desencadena, víbrate. Levanta, toro: truena, toro, abalánzate. Atorbellínate, toro: revuélvete. Sálvate, denso toro de emoción y Patria.

Sálvate.

(Miguel Hernández)

XI

Nubes juntas, sueños juntos, barrio humilde, barrio cerca, desnudo, recio, original; tiempo viejo, sueño pronto, incansable, vieja copa, calle empinada, solitaria; siempre más lejos, más cerca, la tierra, la niebla, la tristeza, el asombro, el odio, el enigma; el desencuentro, el desagravio, la tregua; el otro, el pueblo, su fuerza, su razón.

Quedan la vigilia, el amor, la angustia espiralada; el héroe en su paso, la sangre, la huida; el rezo, las preguntas, el miedo, la seña, la orfandad. Quedan alta nube, alto desconsuelo, alto sol; campo, campana, campanario, campesino; grito, bala, presente eterno en lo fractal. Quedan la conciencia, el rito, el brazo, las cantinas, la pena, la salida. Quedan ansias, trizas, lucero, llanto, desvarío; embriaguez, juramento, soledad. Quedan sueño, noche, amanecer; la pobreza, el camino, la consigna, la canción. Queda el firme clamor hacia la fe.

Locura necesaria al horizonte de frente al paso, a la mañana; al engaño, la lumbre, el huracán. Año nuevo, mochila nueva, calle nueva, trepando eternidad. Sonrisa en mano, sin mentira, sin miedo, sin tardanza, al abierto, al rompe, a lo mejor. Multitud, fuego, árbol, clarín y claridad; caminante, marinero, alforja plena, sin cortar la luz, sin dejar la sombra; sin horario, sin retorno, con razón; sin bajar la guardia, sin bajar la alegría; en nombre del pan, del pobre y de la cena santa

Buscaremos el rincón de Dios, la guarida de las sombras, la escarcha del jardín; calendarios, repisas, relojes, enramadas; carpinterías, fogones, horizontes; poemas enraizados, viejas lluvias, clarinadas. Buscaremos madrugadas, insomnios rotos, infantes llantos, tempestades; nidos solos, silencios desbocados, aguas frescas, subversiones; patrullas, trincheras, rabias; luces, truenos, mayos; caprichos, persistencias, claridades. Buscaremos claveles y jazmines, voces, verdades y canciones; proyectos y bandejas, arados y charapos; locuras tempraneras, calles, plazas; semerucos, pancartas, esperanzas; presentes infinitos, aspavientos, macundales; vientos, sueños recios, contras, azabaches, persistencias, bendiciones.

Sabremos de arrebatos; del columpio de la rabia, del camino que lleva al desespero; de las edades del grito y la asechanza; de la vagina, de la pereza, de las prisas; del hambre, del ladrido imperial, de los bribones. Sabremos del instante, del naufragio, de las amargas grietas del roble; de los burdeles del aire, de las esquinas del sueño; de los apellidos del árbol, de las arenas del mal; de los basurales del pobre, de los molinos sin viento, de las entrañas del daño. Sabremos de las distintas caras cristianas; de los entierros sin hombros; de los suburbios sin santos; de los jirones de sueldo; de los retazos del agua; de las gargantas sin voz; de los charcos del dólar; de los gemidos del banco; de la señal del centavo.

Armaremos salones, cajas, calles, plazas; armaremos casonas, sueños, soles, tardes; milagros, camerinos y tarimas; aceras, consignas, faroles y banderas. Armaremos de acero los cantos. Hasta de dos en dos armarnos y amarnos hasta el fin. Echaremos las sombras al viento, a las espaldas los arroyos del tiempo, las barricadas sin paz. Revisaremos listas nóminas, retratos. Contrataremos, solicitaremos, inscribiremos a Dios.

Perdonaremos a la cizaña, a la ortiga, a los zancudos, a los cables, a la luz, a los técnicos, a su trabajo subliminal. Volveremos al sitio, al encuentro, al abrazo, con la frente en el cielo y el arma sin voz. Caminaremos despacio jardines, arrebol, sabana, aldea, alba, barrio, luna, madrugada, ciudad. Juntaremos casa, avío, diapasón, resabios, fincas y razones; víveres, dinero, el aceite, los garbanzos, el carriel. Cuenta rendiremos. Ajustaremos tragos, brindis, trasnochos, alegrías. Tornaremos al cimiento, a los caminos, a las ruanas, al cuatro, al arpa, los tiples, las maracas. Contaremos con el voto de los pájaros, con el aplauso de la tarde, con la confianza del vino, con las señas de la luz. Alistaremos las mesas, las jarras, las cafeteras, los manteles. Iremos a la marcha de los árboles. Al murciélago trizas volveremos. Echaremos el resto, apañaremos el sol. Daremos nuestra vida por un arma en paz.

Contemos con la vida. Cantémosle a la tierra, al bahareque, al oro, al riesgo, al desafío. Salgámosle al paso al superpoder. Inspeccionemos armas, demonios, insignias, santidades; andanzas, amenazas, mensajes, bodegas, secretos y arsenales químicos, biológicos, nucleares. Desenterremos el mal y sus secuaces. Reunamos tantos inspectores como sea posible. Crucemos las fronteras del imperio. Ingresemos en sus antros, en el fondo de sus cajas negras. Desarmemos sus desvergonzadas locuras belicistas, con la fuerza de la paz.

Vigilar mientras todos duermen. Unir lo posible con lo imposible. Mantener abierta la palabra. Sacar la flor de las cenizas. Llevar el infinito a cuestas. Salirle al paso a la mirada. Alentar todas las formas. Alumbrar la maravilla. Encender relámpagos. Asombrar al tiempo. Descubrir el secreto. Sentir las sombras. Fundar los sueños. Salvar al hombre. Amar al viento. Decir verdad.

Seguir puntualmente al sol. Sentarse en el lugar del hambre. Acordarse del viaje hacia la sombra. Dar tiempo al camino a que regrese. Despertar a latigazos el silencio. Mantenerse como un latido. Llevar a peso las palabras. Reinar sobre la muerte. Revivir cada día.

Salvarse juntos. Festejar la vida. Cambiar la vida. Transformar la vida. Asolear la eternidad. Hacer más vivo el vivir. Llegar vivos a la muerte.

Hacer buena la palabra. Hacerla arado, paz, combate, furente, empuñada, inextinguible. Dar con la antigua trocha de la paz. Salvaguardar al hombre que florece, la lumbre lubricante de la piedra, la huella que nos lleve al alumbraje.

XII

Al alimón con Carlos Castro Saavedra

Cuando se pueda andar por las aldeas y los pueblos sin ángel de la guarda. Cuando se pueda ir derecho al alma como quien va a la aurora o a la estrella. Cuando sean más claros los caminos y brillen más las vidas que las armas. Cuando sean más frescas las cascadas y las flores fulminen los fusiles. Cuando los tejedores de sudarios oigan llorar a Dios entre sus almas. Cuando de luz tejamos la mañana antes que la congoja al viejo plato.

Cuando en el trigo nazcan amapolas y nadie diga que la tierra sangra. Cuando con la nostalgia acorralada, cantemos todos marsellesas arias. Cuando la sombra que hacen las banderas sea una sombra honesta y no una charca. Cuando tan cierta sea la esperanza que cuelgue torrencial en nuestras manos. Cuando la libertad entre a las casas con el pan diario, con su hermosa carta. Cuando el cocuyo inflame en clarinada e invada de esplendores nuestros sueños.

Cuando la espada que usa la justicia aunque desnuda se conserve casta. Cuando toque la tarde su guitarra y no se vuelva a hablar de la miseria. Cuando reyes y siervos junto al fuego, fuego sean de amor y de esperanza. Cuando apamate, almendro y naranjal en plena guerra den cobijo al niño. Cuando el vino excesivo se derrame y entre las copas viudas se reparta. Cuando con sol brindemos en Arauca por sabernos seguros en el bongo.

Cuando el pueblo se encuentre y con sus manos teja él mismo sus sueños y su manta. Cuando el pueblo despierte de mañana y le sobren Palomos a sus bridas. Cuando de noche grupos de fusiles no despierten al hijo con su habla. Cuando torne la madre pobre a casa con su risa cargada de legumbres. Cuando al mirar la madre no se sienta dolor en la mirada y en el alma. Cuando por cada madre muerta nazca en la floresta azul un gran lucero.

Cuando en lugar de sangre por el campo corran caballos, flores por el agua. Cuando en lugar de llanto, las quebradas sus sueños con los hombres los compartan. Cuando la paz recobre su paloma y acudan los vecinos a mirarla. Cuando deje la paz de ser fulana y se asemeje nada más que al pan. Cuando el amor sacuda sus cadenas y le nazcan dos alas en la espalda. Cuando aparezca el ángel, camarada del pobre hermano bravo, muerto de hambre.

Sólo en aquella hora, sólo entonces, podrá el hombre decir que tiene patria.

 

 

 



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