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ALMÁCIGO 4
EN TIEMPO DE GUERRA III

Pablo Mora
http://www.poesia.org.ve
http://www.poiesologia.com
moraleja@telcel.net.ve
San Cristobal, Venezuela

 

Una leve sospecha nos consume:

al borde de esta nueva primavera

van los hombres derecho hacia la guerra,

dispuestos a acabar con la alborada.

 

Amigos y enemigos se confunden

con los mismos presagios de la muerte;

no bastan los sollozos de las flores

para calmar las furias de los vientos.

 

Definitivamente se pelea.

La sangre de los hombres se derrama.

Cada vez son más altas las hogueras.

 

La pavura del hombre se agiganta.

Al verse codo a codo en la trinchera

ni dueño de su sombra ya se siente.

 

Hablamos de la muerte, compañero,

la misma que nos tiene sin cuidado,

la que ha perdido el precio entre nosotros,

la muerte, la infalible compañera.

 

Pensamos en los campos de batalla,

en ellos se nos funde la esperanza.

Pensamos en mejores madrugadas

para el pan amasado con la aurora.

 

Pisoteada está la primavera.

Son pocas las mañanas que nos quedan.

No está quedando tiempo para el sueño.

 

Cuidemos entretanto a nuestros hijos

mientras trenzan sus sueños lentamente.

Sigamos con la vida que nos resta.

 

Es tiempo de velar por la esperanza,

por los nuevos caminos de la aurora.

Es tiempo de acercarnos a la madre

a pedirle el aliento de la vida.

 

Es tiempo de mirar a las estrellas,

de andar con el hermano que nos queda

a la huerta perdida entre la aldea

para ver qué semillas recoger.

 

Es tiempo de arrumbar los macundales,

de encontrarse de nuevo con la vida

para invocar la aurora del vidente.

 

Es tiempo del mejor amanecer,

de esperar, bien armados de paciencia,

acampar en espléndidas ciudades.

 

 

No estoy seguro de lo que es la muerte,

sólo presiento a veces su figura

llena de una larguísima tristeza

por tantos pasos para dar con uno.

 

Ella revolotea en mi conciencia

como monstruo perdido de la noche

y solamente encuentra entre mis pasos

los pasos de otra sombra que agoniza

 

Bajo un telar de sombras va mi vida

al compás de los salmos de la noche,

muy cerca de lo sueños de los hombres.

 

Bajo una sola sombra va mi sueño

a espaldas de la lumbre de la vida

y cerca de la sombra de la muerte.

 

 

Mis huesos compungidos se espeluznan

en esta noche triste, pasajera;

se encrespan, se encabritan, se abochornan,

a pocos pasos de la muerte atroz.

 

Dejemos que se siente la tristeza

a contemplar los pasos del destino.

Las estrellas despiertan a los hombres

cuando la noche en sus pupilas duerme.

 

Desde la infancia te conozco, muerte,

tratando de cargar con mi osamenta,

muy cerca de la espuma de mis sueños.

 

Ahora que te siento tan vecina

se tropiezan mis huesos con tu frente

para ocultar tu sombra con mi vida.

 

 

Detente, loca muerte, vil, artera.

Detente allí en la acera por ahora.

Detén, tú, muerte, la llamada ahora

que voy camino de la vida entera.

 

Detén, tú, muerte, la brutal carrera

con que cargas a todos en la hora

en que la vida estalla y nos aflora

la crepitante fuga de la espera.

 

Detente, muerte, por favor, detente.

Te lo suplico al filo de la muerte.

No te vengas así tan de repente.

 

Estoy muy lejos de ganar la suerte.

Me falta tiempo, tiempo simplemente

para ponerle trampas a la muerte.

 

 

No hay pozo más profundo que la noche

ni hay grito más terrible que el de guerra;

no hay llanto como el llanto de la lluvia

ni furor más rebelde que el del hambre.

 

A la noche las sombras la acompañan

mientras el sueño al hombre lo persigue.

La lluvia casi siempre viaja a solas;

eternamente acompañada, el hambre.

 

Con lluvia y hambre a cuestas viaja el hombre,

el mismo que se vuelve a las estrellas

cuando pierde en sí mismo la esperanza.

 

Mas si la sombra de la fe se pierde

al hombre se le acaba todo sueño.

¡Nada hay más triste que vivir a medias!

 

 

Estas piedras conocen mi destino,

mi origen, mi mañana, mi jornada:

supieron de mi infancia desplegada

a la orilla de un río en el camino.

 

Estas piedras, amigo peregrino,

te hablarán de esa larga llamarada

con que el hombre encendiera su morada,

acorralado a gritos por su sino.

 

Estas piedras presagian foscas huellas,

presagian el incendio de los mares

y el incendio también de las estrellas.

 

Serán muy pronto huéspedes solares

cuando bajo del sol se queden ellas

como ofrenda en desérticos altares.

 

 

Pudiera ser la guerra Pudiera ser la paz

La paz la guerra la guerra la paz

 

La paz devorará por fin la guerra

Se conciliará el hombre con su infancia

Se cubrirán de flores los desiertos

Y un gran amor inundará la tierra

 

 



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