PORTADA  

 

 
      
  Othlo
Othlo / Letras / Relatos
 
 

 

Opina en el foro.

Contacta y opina con otros colaboradores de Othlo en la lista de correo.
Suscríbete al boletín de novedades de Othlo.
Colabora en Othlo.
 

 

C. BARRIOS Y ASOCIADOS. INVESTIGACIÓN PRIVADA.

Loles Smiz
2000

 

Eran las diez de la mañana de un caluroso día de principios de julio. Había tenido otra de mis noches de insomnio y mi confusa mente resistía a duras penas los envites del sol, ya implacable a esas horas, que prometía reventar los termómetros de la ciudad.

Jorge, mi secretario y ayudante, estaba de vacaciones. Me veía en la obligación de levantarme más pronto de lo habitual para abrir el despacho. Mientras subía penosamente el último tramo de escalera pensaba en lo inútil de mi esfuerzo: ¿quién va a venir con este calor? Una gota de sudor recorría mi espalda, y otras muchas gotitas se acumulaban en mi frente. Resoplé buscando aliento y contemplé durante unos segundos la imagen de mi rostro reflejado en el oxidado rótulo junto a la puerta: C. Barrios y Asociados. Investigación Privada.

El negocio va francamente mal, me decía, si esto no mejora, después del verano tendré que pensar en un cambio de aires. De hecho, ya hacía dos meses que no tenía clientes y había tenido incluso que recurrir a mis ahorros especiales para mantenerme.

* * * * *

Media hora más tarde sonó el timbre. Al abrir la puerta aparecieron ante mí tres hombres; uno, más viejo y mejor vestido, era alguien muy conocido; los otros, dos gorilas con chaqueta y corbata, cuidaban su espalda. Al principio no supe poner el nombre adecuado a aquella cara. Entretanto, él me miró, echó un rápido vistazo a la placa de la puerta y volvió a mirarme.

-¿Detective Barrios?

-Yo soy -respondí- adelante, por favor.

Me acompañó hasta el despacho. Los guardaespaldas permanecieron en la sala, vigilando los hombros de su jefe a través del umbral de la puerta. Aquello me permitía tenerlos a la vista. Tomamos asiento. Se interesó por la inicial de la placa; respondí, quizá un poco bruscamente, que prefería que en lo profesional se me conociera como “detective Barrios”, a secas.

-Bien, detective -dijo entonces-, aunque sé que me ha reconocido, soy Eduardo Rivera, dueño del Banco Rivera y del grupo de empresas Rivera. Como también sabrá, hace tres años me divorcié de mi primera esposa, Julita Torres, para casarme con la famosa modelo Claudia Vázquez. Pero antes de decirle cosas que no sabe, he de advertirle que no vengo a usted por sus habilidades investigadoras…, sino por las otras…, por las privadas.

Me estremecí ligeramente al escuchar estas palabras. Hacía más de un año que nadie había usado esa consigna. Oírla así, de repente, sacudió mi mente semidormida, despejó mis sentidos y me alertó. Llevé un dedo a mis labios para pedir silencio a Eduardo Rivera. Me levanté y le dije que, para hablar de ese asunto, sus matones tendrían que esperar en la calle. No puso objeciones. Cuando salieron, cacheé a Rivera y registré sus bolsillos para asegurarme que no llevaba un micrófono, una grabadora o algo por el estilo. Revisé también los sillones donde habían estado los gorilas. Volví frente a mi escritorio.

-¿Qué ha querido decir antes?

- Sabe perfectamente lo que he querido decir -respondió-. Me habló de usted un buen amigo, de plena confianza. A mi pregunta de quién era en España el mejor profesional me aseguró que él mismo había usado sus, digamos, servicios especiales un par de años atrás con plena satisfacción. Él fue quien me dio su dirección y la contraseña.

-Esta bien, prosiga.

-Decía que quizá lo que usted no sepa es que he pertenecido toda mi vida al Opus Dei. Lógicamente, tuve que abandonar “la obra” para acceder al divorcio. Desde entonces, también lógicamente, mis negocios empezaron a ir mal. Mis problemas financieros se agravan día a día, ahora nadie me ayuda y Claudia, mi mujer, huele el fracaso y quiere huir de la quema. Me consta que tiene un amante, aunque no sé quién es; además, me está quitando todo lo que estúpidamente he dejado a su alcance, que es mucho; y estoy seguro de que se va a largar cualquier día con el otro y con un buen montón de dinero.

Lo dejé hablar, lo hacía con serenidad aunque con cierta amargura en el tono. Tenía ante mí un hombre que estaba a punto de desmoronarse, o al menos eso era lo que quería aparentar.

-Mañana me voy dos semanas a Perú con Aznar y otros veinticinco empresarios y financieros. Es mi última oportunidad para salvar la crisis de mis empresas, aunque creo que tampoco me van a dejar hincarle el diente a nada allí. En todo caso, ése es el tiempo de que dispone para hacer su trabajo; yo debo estar fuera cuando suceda. Claudia aprovechará mi ausencia para ir a Marbella, donde se instalará para el resto del verano. Estoy seguro de que su amante estará cerca de ella. Lo que quiero es que vaya usted allí, descubra con quién me engaña y liquide a los dos ¿está claro? ¡A los dos! Si no, no hay trato. El método por el que lo haga no me importa, eso es cosa suya. En este sobre encontrará la dirección de nuestras casas en Madrid y Marbella y un millón de pesetas para los gastos iniciales. Sólo me resta saber el precio.

Mientras decía esto sacó de la americana un sobre azul y lo depositó sobre la mesa. Reflexioné durante unos instantes, tomé un papel en blanco y escribí dos cifras.

-La cifra de arriba es el precio -dije mostrándole el papel-, la de abajo es la clave de una cuenta en la oficina central del Swiss Bank en Ginebra, donde espero el cincuenta por ciento antes de mover un solo dedo. El resto cuando acabe el trabajo. Memorícela. No volveremos a vernos ni a hablar. Usted y yo nunca hemos tenido esta reunión. Buenos días.

Estreché su mano y lo acompañé hasta la puerta. Por fin un golpe de suerte, me dije. Si salía bien, podía dar por acabada mi mala racha y, desde luego, me tomaría unas buenas vacaciones. Abrí el cajón, cogí la Beretta de nueve milímetros; la desmonté, la limpié, la volví a montar, la cargué y la devolví al cajón.

Bajé a la calle y compré, en diferentes quioscos, todas las revistas amarillas del mercado. Fui a casa de Lucas, mi mejor amigo e informador, a pedirle todo lo que me pudiese proporcionar sobre Eduardo Rivera y Claudia Vázquez. Se mostró encantado con la propuesta. Rebuscó entre sus armarios, donde almacena cientos de revistas. Mientras, en el salón, yo ojeaba las que acababa de comprar.

Al rato apareció con un gran montón; muchas de moda, con Claudia Vázquez luciendo palmito y prendas, otras muchas del corazón y hasta el número de Playboy en el que la dulce Claudia había sido, antes de su matrimonio con el magnate, no sólo portada, sino también objeto de un extenso e íntimo reportaje. Desde luego, la actual señora de Rivera no estaba nada mal.

Pasé el resto del día en casa de Lucas revisando el material y anotando datos. Me preguntó con insistencia sobre Eduardo Rivera, parecía fascinado por ese hombre: el pobre, engatusado por esa pelandusca, con lo elegante y atractivo que es. No quise decepcionarlo y no le dije que, al natural, me había parecido más viejo y más feo. Le recordé que no me gustaban los hombres y cambiamos de tema.

Dormité a ratos en el sofá de Lucas y al día siguiente fui temprano al despacho para poner en orden las ideas y trazar un plan de acción.

* * * * *

Anochecía cuando Claudia Vázquez se presentó ante mi puerta. En realidad, más que por su presencia allí, mi gesto de sorpresa se debió a la impresión que me produjo enfrentarme a una mujer como esa. Su elegante vestido negro, sin mangas y muy escotado, se ceñía a su cuerpo mostrando la más salvaje voluptuosidad que jamás había contemplado.

Había admirado cientos de fotografías suyas en las últimas horas, pero su impresionante belleza adquiría, en persona, magnitudes extraordinarias. Sentí el magnetismo que irradiaban su personalidad y su hermosura, capaces de hechizar a cualquier ser humano. El sonido de su voz era dulce, melodioso, aún cuando, acabadas las frases de cortesía, abordó el motivo de su visita.

-Sé que mi marido estuvo ayer aquí -hablaba pausadamente-, y también sé que vino a solicitar sus servicios, pero no los de detective, sino los otros.

Al parecer, todo el mundo sabe a qué me dedico, me dije, decididamente tengo que cambiar de profesión. Puse cara de no entender ni una palabra.

-Verá -continuó- mi agente se acuesta a menudo con uno de los guardaespaldas de mi marido. Está coladísimo por ella y le cuenta todos los movimientos de Eduardo; o sea, que no me venga con cuentos y dígale al meapilas ése que a mí no me va a matar nadie, que lo sé todo. Además, Eduardo está prácticamente arruinado, todo su dinero está a mi nombre; desconozco lo que pretende usted cobrar, pero él, desde luego, no le va a poder pagar su trabajito.

-Señora mía -respondí con cierto tono de suficiencia-, desconozco los problemas que tiene usted con su marido, y le diré además que no son, en absoluto, de mi incumbencia. Si los tiene, le recomiendo que los discuta con él. Yo soy detective y me limito a hacer mi trabajo lo mejor posible. Si me permite, tengo cosas que hacer y no veo que nuestra conversación nos pueda llevar a ninguna parte.

Me levanté y adelanté mi mano derecha indicando la salida. Ella se levantó y me siguió pero, en el momento en que me disponía a despedirla, la suave presión de su mano en mi nalga derecha me produjo un ligero sobresalto.

-¡Hum, qué culito tan apetitoso! -susurró- ¿de verdad no quieres que sigamos conversando?

La miré y me sentí perder en sus brillantes ojos verdes. Con una leve inclinación, me besó con suavidad en el cuello, bajo la oreja izquierda. Recordé fugazmente a Lucía, a pesar de que me dejó hace casi dos años; desde entonces, mis aventuras sexuales habían sido tan esporádicas como solitarias. Me pregunté qué incitaba a Claudia Vázquez a hacer esto, o qué perseguía. Era obvio. Yo sabía que, de otra forma, jamás tendría acceso a una mujer así; que me estaba sucediendo algo que no me habría atrevido a soñar; me vi allí, con aquella lasciva diosa del amor dispuesta a entregarse a mí, y aproveché la situación.

Nos abandonamos a una noche lujuriosa. El placer me sacudía de una forma tan brutal que creí enloquecer. Fue una de esas noches que ya no recordaba, y que renuevan en quien las goza la fe en el sexo y, por qué no, en el amor. Disfruté como nunca del cuerpo de aquella mujer, del más hermoso cuerpo que jamás había poseído. Fueron momentos maravillosos en una noche de inagotables sensaciones. Mi corazón rebosaba felicidad.

A la tenue luz del amanecer contemplé a Claudia, dormida, espléndida en su belleza, y las lágrimas brotaron de mis ojos, y sentí un poco de rabia por lo inalcanzable que en verdad era para mí una mujer como esa. Al rato me tumbé a su lado, nos acurrucamos en un cálido abrazo y dejé que el sueño me venciera.

Cuando desperté, después del mediodía, Claudia se había ido. El resto del día y el siguiente los pasé entre nubladas ensoñaciones, a veces felices por los recuerdos de la noche, a veces agónicas por la certeza de que no se repetirían.

Lucas se presentó la mañana siguiente en el despacho con noticias poco sorprendentes: la elegante Claudia, acompañada de otra mujer –su agente- y los matones de Rivera, había salido de Madrid en un lujoso coche en dirección a Ocaña –sin duda rumbo a Marbella-. Rivera, por su parte, ya estaba en Lima. Me conecté al Swiss Bank y comprobé que, en efecto, había recibido la transferencia. Al parecer, el viejo aún tenía algún dinero que su hábil esposa no había detectado. Era el momento de hacer las maletas.

* * * * *

Me instalé en un hotel discreto y confortable del centro de la ciudad. Por la mañana localicé sin dificultad la lujosa villa de los Rivera. Sería nefasto para mi plan que alguien me descubriera por allí, pero la imagen de Claudia no desaparecía de mi mente y mi voluntad se debatía entre el impulso de verla una vez más o esperar pacientemente indicios de movimiento. Vigilé la casa durante todo el día. Necesitaba averiguar quién era su amante y, a pesar de lo irracional de la idea, inexplicablemente me convencí de que ella misma me lo diría. Sabía que era sólo una excusa para justificar mis deseos de entrar en su casa. No podía acabar con su vida sin intentar antes verla de nuevo, y aspiraba, debo reconocerlo, a disfrutar de ella una última vez.

Negocié durante un rato con una criada a través del videoportero, hasta convencerla de la importancia de mi visita. Sentí flaquear mis piernas mientras avanzaba por el jardín hacia la puerta principal. Cuando se abrió, una joven cabeceaba ante mí con aire circunspecto y me tendía su mano derecha, en la que portaba una pequeña bandeja de plata; mascullaba que la señora había pedido que nadie la molestara. Pedí excusas de nuevo e insistí en la urgencia de mi cometido. Dejé sobre la bandeja, boca abajo, una de mis tarjetas de visita. Seguí a la doncella hasta un cómodo sillón en el centro de un enorme salón exquisitamente decorado.

En ese momento llegaron a nuestros oídos, procedentes del piso de arriba, agudos gritos de mujer. Instantes después se oyeron dos disparos; unos segundos más tarde, un tercero. Luego, silencio.

Intercambié con la sirvienta una rápida mirada de perplejidad y corrimos escaleras arriba. Llegamos al dormitorio principal a la vez que uno de los guardaespaldas. Cuando el matón abrió la puerta quedamos estupefactos ante la escena que se nos mostraba. Sobre la cama, completamente desnudas, Claudia y otra mujer -tan hermosa como ella- yacían muertas; sus cabezas aparecían prácticamente cubiertas de sangre y viscosas manchas rojas salpicaban la pared y las cortinas de seda del dosel. En el suelo, tendido sobre un oscuro charco rojo, el cuerpo sin vida del otro guardaespaldas con el brillante cañón de la pistola atrapado aún entre los dientes. Me acerqué a la cama para ver de cerca una vez más a la linda Claudia, con la que tanto había soñado durante los últimos días.

-¿Quién es la pelirroja? -me atreví a preguntar.

-La señorita Alicia -contestó la criada-, Alicia Pérez, la manager de la señora.

Volví a contemplar los cuerpos sin vida de aquellas mujeres tan excepcionalmente bellas y la tristeza se apoderó de mi corazón. No tenía nada más que hacer allí, pensé, y la policía no tardaría en llegar. Evidentemente, el celoso matón había sorprendido a su amada en brazos de la señora y las había asesinado antes de suicidarse.

Se me escaparon algunas lágrimas mientras salía de la habitación en dirección a la escalera. En el suelo del vestíbulo, junto a la bandeja caída, una pequeña cartulina blanca llamó mi atención. La recogí: Cristina Barrios. Investigadora Privada. La devolví al bolso y, con el alma arrasada por la pena, me dirigí al hotel.

Extrañamente, cuando al día siguiente llegué a Madrid, me sentía aliviada, incluso contenta. Al fin y al cabo, había cobrado por nada... o por mucho.

FIN

 

 



OTHLO
Revista electrónica

Asociación HuSe
CIF: G18538876
http://www.othlo.com
othlo@othlo.com
TF: (0044) (0) 7778379805
Manchester
United Kingdom

 
Dentro de
OTHLO:

 
Sobre
OTHLO: