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ACUARELAS BAJO LA LLUVIA.

Teresa Jiménez
teresajime@ole.com
Ávila, España.

 

Es angustiosa la sensación que tengo desde hace unos días, justo desde que ella, Sofía, me dijo que estaba dispuesta a venir. Cuando su dulce voz susurraba al teléfono -según ella porque este tipo de cosas hay que decirlas dulcemente, pero en realidad porque sus padres siempre andaban rondando por allí-, mi cuerpo sintió un sudor frío que pronto se convirtió en un rápido y ágil escalofrío que recorrió mi espalda desde la base del cuello hasta donde, según dicen, ésta pierde su casto nombre. Sofía notó cómo reaccioné y me dijo que estaba segura de sus sentimientos y de que el hecho de no habernos visto nunca cara a cara no debería de ser ningún tipo de impedimento si realmente sentíamos lo que tantas y tantas veces nos habíamos confesado por medio, sobre todo, de cartas. Sí, nos telefoneábamos casi a diario y también diariamente nos dejábamos e-mails y mensajes en los móviles, pero las cartas, esas cartas tan expresivas y a la vez inhibidas, eran los cimientos de esta relación salida de la nada.

Ahora, justo un par de horas antes de que su tren llegue, estoy en casa, sobre la cama, pensando si todo esto no será más que un error. Es la primera vez que siento algo tan fuerte por alguien y que haya surgido así, de esta manera, en la distancia, en el desconocimiento, en lo “prohibido” incluso, me hace dudar de todo. ¿Por qué cuando parece que llega el amor de tu vida has de dudar tanto? ¿Y por qué es todo tan complicado? La distancia es un auténtico obstáculo pero eso no es lo auténticamente importante y aunque hay ese refrán de “ojos que no ven, corazón que no siente”, prefiero recordar el bolero “dicen que la distancia es el olvido, pero yo no concibo estar sin ti...”; de cualquier manera, en estos momentos dudo de todo: de mis desnudas cartas en las que todo lo contaba, dudo de si lo nuestro funcionará, dudo de si esto no será tan maravilloso y excitante por el mero hecho de ser “prohibido”... ¡Dios mío! Dudo de todo. Pienso que el pánico tampoco es salida, pero estoy a punto de llegar al límite entre la cordura y la locura temporal. Quizá esto no sea más que un juego en el que nos hemos estado tirando faroles toda la partida, pero ahora es cuando hay que poner las cartas boca arriba y se descubran todas las farsas. ¿Qué pensará Sofía de mí? ¿O qué pensaré yo de ella? ¡No! No quiero pensar más, al menos hasta que nos veamos y sepamos si lo nuestro es real o no es más que una acuarela bajo la lluvia: algo que sí, está ahí pero que puede diluirse en el momento que la vea bajar del tren.

Desvío mi mirada del techo. Las sombras que se proyectaban sobre él me dibujaban extrañas figuras que dejaban volar mi imaginación y, por supuesto, todas tenían relación con ella y conmigo. Mis ojos se van instintivamente hacia su foto, puesta en la pared opuesta a mi cama. Cuando me la envió estuve pensando dónde ponerla. Quería tenerla siempre a mi vista, tarea imposible, pero al menos en mi habitación desde donde nos comunicábamos regularmente vía postal, desde donde dormía pensando en ella, desde donde soñaba con nuestro encuentro y la unión de nuestros cuerpos, desde ahí sí podía verla. Después de cuatro años de carteo amistoso y otro par de años en los que nos dimos cuenta de que algo en nuestro interior nos unía más fuertemente, siempre había tenido esa foto en mi habitación; primero como amiga cuando nos hablábamos por teléfono o la escribía. De vez en cuando miraba a su foto y eso me hacía acercarme más a ella, como un “de tú a tú”. Pero desde que aquel día de mayo, cuando las primeras flores del jardín empezaban a florecer y ella me dijo que me quería, cada vez que la miraba, me zambullía dentro de sus ojos azules y podía ver, incluso, sus más íntimos deseos. Y todo por una fotografía.

A partir de esa tarde de mayo en la que me confesó sus sentimientos, estuve más de un mes sin dar señales de vida. Jamás pensé que me fuera a pasar algo así y todo me resultaba confuso y extraño. “¿Cómo puedo ser así?”: es lo único que pensaba. Me sentía culpable. Ésa era la palabra: CULPABLE de algo sobre lo que no tenía el control. Sus cartas se fueron acumulando en mi escritorio sin ser leídas; sus mensajes del móvil eran borrados en cuanto veía su número en el visor; los e-mails, igual...; y siempre que sonaba el teléfono, dejaba saltar el contestador. No tenía fuerzas para enfrentarme a esta situación y reflexioné. Reflexioné durante un largo mes y no llegué a descubrir otra cosa que los sentimientos que había tratado de ocultar o, simplemente, no querer ver durante este periodo de tiempo. Realmente sentía lo que jamás antes había sentido por nadie. Sí, la situación era bien diferente, pero, ¿por qué no? El sentimiento de culpabilidad se disipó a la velocidad del rayo y sentí una necesidad vital de hablar con ella. No podía maltratarla de esa manera cuando yo también la amaba. Levanté el auricular y marqué. Cada número que marcaba hacía triplicar los latidos de mi corazón. Cuando saltó el contestador de su casa todos mis ánimos, mis ansias de oír su voz cayeron al suelo bruscamente, tan fuerte que realmente me dolió físicamente. No escuchaba la aséptica voz de su contestador, simplemente la oía y el pitido me devolvió a la realidad. La mente se me bloqueó. Tenía tanto que decirla que no sabía por dónde empezar. Entonces me di cuenta de que eso sí era amor y sin pensármelo dos veces me limité a decir, cual si fuera lo último que dijera en mi vida, con un nudo en la garganta casi asfixiante y con mis ojos encharcados de agua salada: “Te quiero, Sofía”. Fue cuando, por primera vez, recordé una canción titulada Like watercolours in the rain (“Como acuarelas en la lluvia”). Ese simple nombre describía por completo mi estado anímico, pero cuando iba a colgar se produjo el milagro, “mi” milagro. Sofía, atropelladamente, casi gritó que no colgara, que escuchara. Mi corazón se volvió loco de nuevo y en un momento llegué a pensar que ella lo estaría escuchando a través del auricular. Todo el mundo podría escucharlo. Cuando aclaramos las cosas, decidimos que éramos dos adultos; que porque no fuera una relación “normal” para el resto de los que nos rodeaban, no tenía por qué dejar de ser un auténtico amor. ¿Qué había de malo en ello? ¿Acaso íbamos a hacer daño a alguien? Sí, cierto era que algunas personas se dolerían e incluso nos rechazarían, pero Sofía y yo éramos quienes contábamos; nadie más, pesara a quien pesara.

Vuelvo a la realidad envuelta en otro mar de dudas. Miro mi reloj y veo que entre divagaciones ha llegado la hora de prepararme para llegar con tiempo a la estación. Abro el grifo del agua caliente de la ducha. Estamos en pleno agosto, con un calor de justicia o, mejor dicho, de injusticia porque ese calor no es nada justo, pero necesito agua caliente para relajarme lo máximo posible. Cuando el agua de la ducha empieza a recorrer mi cabeza y se va deslizando por cada recoveco de mi cuerpo, me siento más tranquila e incluso, por momentos, me olvido de todo. Lo único que quiero en este instante es estar así, bajo el agua, nada más, pero la angustia vuelve a apoderarse de mí y termino la ducha repentinamente. Todavía con el agua cayendo al suelo, me presento en la habitación y abro el armario. Hasta ese momento no había pensado qué ponerme pero, pese a que mi mente está a punto de bloquearse por completo, como un flash, noto otro sudor frío y me viene a la cabeza un comentario de Sofía al ver una foto mía: “Te sientan muy bien esos vaqueros”. Sin reparar en el extremado calor, cojo los vaqueros oscuros y en unos segundos me los enfundo. El sudor frío que acababa de tener se torna en un sudor pegajoso al ajustarme el último botón de los vaqueros. Al contrario de lo que pensaba, aún me seguían quedando bien, aunque hacía ya bastante tiempo que no me los ponía porque casi ni podía respirar. Ahora estoy en la misma situación, casi sin poder respirar, pero por circunstancias completamente diferentes; es más, los vaqueros incluso me quedan holgados de cintura. Supe enseguida que todo era debido a los nervios.

Aún quedan tres largos cuartos de hora para que llegue su tren, pero no puedo estar más en casa. Las paredes se me caen encima y no ceso de recordar todas sus palabras suaves, cálidas, que en mi mente se vuelven confusas y absurdas. Al entrar en el coche, una bofetada de aire caliente me atrapa. ¡Maldita sea! Esta mañana, con los nervios, me olvidé de ponerlo a la sombra y ahora no hay quien esté aquí dentro. Meto una cinta en el casete y la pongo a todo volumen; al mismo tiempo conecto el aire acondicionado y acciono los conductos para que todo el aire me dé en la cara. Suena el ritmo calentón de lo último del verano, la nueva sensación, mezclado con canciones de toda la vida y entre ellas me sorprendo al escuchar la canción Like watercolours in the rain. Hasta ahora no había reparado en las canciones que grabé hacía unas semanas para cuando tuviera que desplazarme en coche pudiendo escuchar música que me gustara e hiciera así más llevadero el hecho de conducir, cosa que realmente odio. Con el coche aún parado y el aire frío soplando contra mi cara, escucho atentamente la letra. No sé cuánto tiempo hace que conozco esa canción, las veces que la habré cantando y, sin embargo, hasta ahora nunca había reparado en el verdadero significado de la misma. Vuelvo a mirar al reloj. Falta tan solo media hora para que Sofía baje de ese tren que tantos nervios me había hecho pasar hasta ese momento, pero que, curiosamente ahora, se estaban desvaneciendo entre el frío aire y la música, como auténticas acuarelas bajo la lluvia. Acabada “mi” canción, arranco el motor y me dirijo a la estación. A esas horas de la tarde, nadie, excepto los turistas, están por las calles de Madrid. No sé cómo pueden aguantar el terrible calor que derrite hasta el asfalto.

A la altura de un semáforo, me detengo. Está en rojo y, sorpresivamente, sigo encontrándome bien. Cada vez mejor. Miro a mi alrededor y veo que no hay nadie; ni siquiera turista osado por allí. Meto primera y miro al semáforo esperando que cambie a verde de un momento a otro. Quizá por mi meticulosidad había aprendido, sin percatarme de ello, el tiempo que están en rojo todos los semáforos entre mi casa y la estación, trayecto que hacía diariamente para, luego en tren, desplazarme a mi lugar de estudios. Muchas veces llegaba tarde a las clases, pero era incapaz de conducir por Madrid un día laboral en hora punta. Sabía que el semáforo estaba a punto de cambiar y me concentré, cual piloto de carreras, en el círculo inferior que se iluminaría de un momento a otro. Como de la nada, una pareja de ancianos empezó a cruzar. No podría asegurar de dónde habían salido, pero ahí estaban. Canosos, arrugados y con sus bastones, se apoyaban el uno en el otro para pasar. Los miré atentamente. Sus manos iban entrelazadas como las de unos jóvenes quinceañeros; como si toda su vida hubieran caminado así, mano con mano que de tan unidas parecía una sola. De repente un coche empezó a pitar detrás de mí insistentemente. El semáforo se había abierto y el único coche que transitaba por el centro de Madrid, además del mío, estaba azuzándome para que arrancara lo antes posible. “Quizá esa persona también va a la estación a ver a su media naranja”, pensé, así que, sin hacer ningún aspaviento ni decir ninguna palabra soez -como acostumbraba a hacerlo en ese tipo de situaciones-, arranco.

Diez minutos para su tren. No trae ningún retraso, así que pronto, muy pronto, estaría allí. Pese a todos mis miedos anteriores, ahora estoy en la certeza de que todo va a salir bien. Súbitamente me vuelve a la cabeza la canción que había escuchado en el coche y la canturreo mientras algunas personas me miran de reojo. Una mujer me escudriña directamente, de arriba a abajo, y en el semblante se la puede leer que yo no debía estar bien, que una persona que habla o canta sola no es de fiar o no está en sus cabales, y tenía razón. Estoy fatal. Fatal por una mezcla de felicidad, de amor, de ansias por estar con Sofía que me invaden y me hacen casi desvariar, así que me acerco a esa mujer -cosa que nunca antes hubiera hecho- y le digo que la única locura es mi amor. Ella rehuye mi mirada, se tensa y agarra su bolso más fuertemente aún de lo que ya lo estaba haciendo. Río.

La voz de la megafonía fue lo único que me inquietó, pero más que por la cercanía de mi amor, por el sobresalto que produjo en todos los que allí estábamos, que no éramos muchos. Ya estoy en el andén desde hace un tiempo y lo único que deseo es que el tiempo vuele hasta que su tren haya llegado.

Por fin se abren las puertas. El tren de cinco vagones está parado en la vía y la gente empieza a salir de él. No veo a Sofía por ningún lado y otro sudor frío vuelve a mí; pero de igual manera que vino, se fue y entonces un calor extremo entra por mi nariz hasta los pulmones. El aire calentón, mezclado con el olor a gasóleo del tren, casi me hace caer allí mismo, pero entonces una mano toca mi espalda y otro escalofrío hace que me recupere. Sé que es ella. Cierro los ojos y me giro. Cuando los vuelvo a abrir, unos penetrantes ojos azules me miran y una vacilante sonrisa se transforma en un “hola” titubeante. Entonces me abrazo a ella y nos damos cuenta de que estamos ahí porque el destino se había empeñado en unirnos antes o después. Me separo de su cuerpo agarrándola firmemente de los brazos y, mirándola a los ojos, le digo lo mucho que la amo. Entonces ella me vuelve a abrazar. Al notar el palpitar de su pecho contra el mío, vuelvo a recordar que Like watercolours in the rain es una simple canción; nada que ver con la dulce realidad. Entonces, entre hipidos de alegría, Sofía, mi amada Sofía, pronuncia un tenue pero sincero: “Yo también te amo, Ana”.

 

 



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