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DIÁLOGO: ¡CUIDADO!

Ramona Yanes
http://www.islabahia.com/perso/ramona
ramonayanes@islabahia.com
Junio de 2000

España.

 

_Señora, está usted sentada en mi asiento. Yo lo reservé.

_!Oiga, caballero!, yo no lo sabía.

_Señora, me ha sorprendido su presencia; los asientos son para las reservas. Así, que ahueque el ala.

_!No será verdad lo que dice! Soy una dama y a las damas hay que cederles los asientos. Tiene usted que ser amable.

_Sí, pero el tren no es mío, no me puedo permitir que se quede tan ancha.

_No tenga cuidado, ya le dejo un hueco.

_!Ni hablar! !No querrá que me ponga encima de la maleta!

_Nada de eso; aquí a mi lado.

_No, ahí no me siento. Las señoras actuales son muy voluminosas y la verdad es que no estaría a gusto. Lo siento.

_Caballero, usted me ha mirado mal, yo no soy gruesa.

_Yo, no he dicho eso, he pronunciado la palabra voluminosa, que es diferente; gruesa son las paredes.

_!Vaya! Sí que entiende usted. Yo creí al verle que era un paleto.

_Pues ya lo ve usted: las apariencias engañan, soy Palentino.

_Ya decía yo que algo tenía de P. Caballero, le dejo el asiento libre.

_Señora, ¿usted cree que me voy a sentar ahí? Ahora ni que lo diga el billete. Ha de saber que no es bueno sentarse en zona caliente.

_!Jesús! !No querrá decir que estoy caliente!

_Usted, no sé, pero el asiento echa humo. Mire, mire, !no creerá que soy bombero! Nunca he sido aficionado al fuego y menos a humos como ese. Y siéntese, señora. Me pongo nervioso al ver las ballenas de pie.

_¿Ballena yo?

_No se incomode; algo es algo.

_Señor, usted debe de viajar poco en tren. He observado que no lleva maletas. No es muy normal subirse al tren sin equipaje.

_Yo suelo facturar el equipaje; llevar bultos es complicado.

_Y, ¿dónde las facturó?

_¿También esas? No debí meterme en este compartimiento; sólo me está acarreando problemas. Y le advierto: no me gusta que me investiguen personas desconocidas. Señora, no creo sea usted otra cosa.

_Disculpe, caballero. No he debido ser indiscreta, pero así se hace menos pesado el viaje; ya sabe: charlando.

_Pues ahórrese las molestias. La charla no va conmigo. Soy hombre parco en palabras. Y le diré una cosa: no suelo enamorarme.

_Y, ¿quién le ha dicho que se enamore? No seré yo. Soy casada desde hace treinta años.

_Y, su marido, ¿qué está? ¿De juerga?

_No, seguro que está tranquilo sin pensar en nada: ya sabe.

_Pues no sé. Dígamelo usted.

_A lo que iba: está muerto, descansando de las tribulaciones de la vida.

_Sí, eso es otra cosa, porque morirse sin ninguna motivación, tiene que ser triste. Y, ¿cuando ocurrió el óbito?

_¿Qué óbito ni qué narices?

_Señora, no quiero ser impertinente, pero así se llama el trance.

_Sepa usted, caballero, que soy de pueblo.

_Yo no, pero tengo algo de cultura. Ya sabe, para defenderme, si no, ¿cómo iba un servidor a saber tanto?

_Pues a mí no me maree; estoy deprimida. No sabe usted lo que es estar viuda.

_No, señora, no me he casado por lo mismo: para no ser viuda.

_Querrá decir viudo. Usted es un hombre, las viudas somos las mujeres.

_Señora, nunca se sabe por lo que te pueden tomar. Hay quien no pronuncia bien la o por ser demasiado redonda. Usted, ¿a dónde se dirige? Veo que lleva varias maletas y, en una señora que va sola, no es muy normal.

_Es que me cambio de residencia y es natural que las pertenencias las lleve conmigo.

_¿Ha podido subirlas al tren usted sola?

_Sí, como ve soy muy corpulenta y fuerzas no me faltan. Además, lo que contienen no pesa casi nada. Pruebe, pruebe. Verá que es cierto lo que le digo.

_No, siento decirle, que yo no toco nada que no sea mío. Me da reparo, soy así de formal.

_Pues no lo tenga; al fin y al cabo ya tenemos confianza. Llevamos hablando casi media hora.

_Ni que llevemos tres días. Cada cual en su sitio. Y eso, señora, que se ha equivocado de número. Lo ha mirado al revés: en vez de nueve vio seis..

_Sí, últimamente me equivoco mucho con los números. Me pienso que el dos es el doscientos y viceversa. Es defecto de visión. ¡Lástima! Con lo bien que veía ante... Mire, caballero, yo era como un Lince. Cuando mi marido me pretendió, lo vi antes de llegar. Ahora, no veo ni que se ha muerto

_Pues a mí, señora, me pasa al revés: los veo después.

_¿Es corto de vista?

_No, soy corto de estatura y, si hay algo de por medio, ya me dirá usted.

_Y, ¿a dónde se dirige, señor?

_No me dirijo a ningún sitio. Yo me subo al tren y ya parará.

_Y, ¿cuando para?

_Pues paro; no me gusta contradecir lo más mínimo. No podría hacerle frente a esta mole. Hay que saber hasta dónde se puede llegar. Es fundamental.

_Sí, señor. Quizás lleve usted razón y adopte su actitud. Es bueno cambiar de vez en cuando. Otro día que me traslade facturaré las maletas. Veo que me quitan protagonismo; está usted pendiente de ellas.

_Señora, tengo que dirigir la vista a algo agradable.

_¿Quiere decir que yo soy desagradable?

_No lo sé, tendré que pensarlo. Gracias por recordármelo, soy muy despistado. Ya se puede bajar del tren. Hemos llegado al final.

_¿Y usted?

_Yo esperaré que se ponga en marcha.

 

 

 



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