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CUENTO (O NARRACIÓN BREVE) DE NAVIDAD.

Miguel Ángel Sánchez Valderrama
miguelasv@terra.es
http:// neurosistotal.blogspot.com
10 de diciembre de 2000.

España.

 

Una vez de regreso del colegio, el colegio estaba a varios quilómetros del pueblo (el pueblo está en el extrarradio de Sevilla), para ir al colegio y volver a la ciudad estaba el autobús escolar, que nos recogía en las distintas paradas de la autovía. Era diciembre, en ese día, días previos a la nochebuena, el último día de clase en el mes de diciembre. El colegio estaba engalanado con muchos ornamentos navideños, muchas veces hechos por los integrantes escolares, sobre todo alumnos. Era pequeño, quizás ocho años, no tan pequeño, pero sí niño. Siempre mi madre me llevaba hasta la parada del autobús y por la tarde me esperaba para recogerme en dicha parada pero en el arcén contrario (en la otra calzada de otro sentido de circulación). En los días previos a las fechas navideñas hay como una preparatoria de ánimos para sucumbir en las fechas venideras, festivas, las gentes son felices, son momentos de reunión familiar, de recibir o dar regalos, de comer bien, de jugar, de no ir a clase o al trabajo para los trabajadores. En los días previos siempre me daba algo, no me gustaba eso, siempre me daba cierta punzada de angustia, todo grandilocuente, pesadilla hecha realidad.

Pues bien, en ese último día de clase en el mes de diciembre de aquel año ocurrió algo extraño, o sea, mi madre no me esperaba, y bueno, no importaba, estaba lejos mi hogar familiar, andaría y me conozco el trayecto como la palma de mi mano. Pero era curioso, siempre clavada mi madre allá esperándome, en esa parada de autobús, como muchas madres, y en ese día no estaba mi madre. Esperé varios minutos, y veía que mi madre no llegaba. Pues nada, decidí andar solo el trayecto en dirección al hogar familiar. Tenía que atravesar una urbanización de edificios (que se construyeron para dar cabida a numerosos trabajadores de fábricas cercanas, es un pueblo dormitorio dicen).

Antes de atravesar tal urbanización, y una calle paralela al eje de la autovía, apareció un niño de mi misma edad (como un salteador de caminos, uno podría imaginar, que va por el bosque y bandidos te cortan el paso y te piden o la vida o la bolsa...)

Llevaba la maleta escolar, colgada en la espalda, cierto peso, peso escolar, como Atlas soportando el mundo, deseaba llegar al hogar y desquitarme ese peso y andar suelto. El niño salteador... aparecía y quería algo, valor monetario o material, lo que sea, y empuñaba una pequeña navaja (parecía aprender progresivamente el oficio, en el barrio había pequeños focos de gentes probables a delinquir, o futuros improbables), le dije que no tenía nada, siempre no llevaba dinero, raras veces monedas para comprar chucherías o pasteles en el colegio, pero apenas nada, para eso llevaba mi bocata liado en papel para comer en la hora del primer recreo, como siempre... Bueno, el salteador supo que no tenía nada, entonces... “a ver qué lleva en la maleta”... Le dije que no, solamente libros y libretas y lápices, que no estaría dispuesto a enseñárselo ni dárselo. O sea, víspera de Navidad, como un cuento, un cuento de mal gusto.

Me inventé algo para disuadir al niño “salteador” ya que parecía bastante amenazante, cerca del lugar había un edificio en construcción, vallado con chapa de esa que parece hojalata, y había unos cuantos obreros trabajando, le dije al “salteador” mintiendo que mi tío trabaja allá, en esa obra, el salteador no estaba muy convencido, se daba cuenta de mi treta, seguía amenazando, y como veía difícil escaparme me inventé otra treta, que era entrar en el primer portal de un bloque de viviendas y hacerle creer que alguien familiar o conocido o yo vivo allá. Me escapé casi corriendo del lugar y me refugié en ese portal, y subí hasta un tercer piso por la escalera. Desde el rellano de un tercer piso hay una ventana que se ve la calle, observaba si el salteador se largó o no del lugar. Observaba por esa ventanita que él se escondía y aparecía en escena constantemente, estuve un rato largo para ver si se iba... Durante largos minutos, que se me hacían eternos. Cuando estaba muy seguro que se fue del lugar, salí de ese edificio y caminé en dirección a mi hogar, pensando que había sido una mala pasada, bueno, cuando llegue a mi hogar pues nada...

Cuando llegué a mi hogar, llamar la puerta, y mi madre abre la puerta, comprendí por qué mi madre no fue a recogerme, había familiares (tíos sobre todo) en mi hogar, y como si celebraran la Navidad, en plan mogollón, mi madre no me dio explicaciones ni me daba por explicar lo que me pasó con el niño salteador (había tantas cosas que no contaba a mis padres, como si me lo tragara todo, no tenía necesidad de contar nada a mis padres o familiares, tampoco estarían dispuestos a escucharme o no era mi deseo). La casa totalmente engalanada. Arbolito de Navidad, con sus bolitas. Y luces que se apagan y enciende. Un espíritu navideño, cosas de familias. Pensé que lo que me pasó con el niño salteador era como una mala pesadilla navideña, eso pensé, sí, y no di más vuelta de hoja, me desquité mi maleta escolar, y no sé más, empezaba el contrarreloj para celebrar la Navidad, recuerdo que se celebraba a lo grande, diversos días navideños, como primero la Navidad con la familia reunida, tíos, primos, abuelos, y buena comida, y la televisión delante, y a cantar villancicos. Luego el día de los Santos Inocentes, echar petardos por ahí, y esas cosas, alguien es el inocente, y luego nochevieja, en la plaza del ayuntamiento, el reloj, las campanadas, las gentes se emborrachaban y comían uvas, y se disfrazaban algunos. Y luego las Cabalgatas de los Reyes Magos, venga regalos, en las cabalgatas hay ventajas, cogemos caramelos que echan por ahí, puro cuento, un cuento de Navidad esas fechas navideñas.

El ciclo se repite, conforme avance económicamente el país más derroche, un caos circulatorio.

 

 



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