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BAJAR ESCALERAS.

Miguel Ángel Sánchez Valderrama
miguelasv@terra.es
http:// neurosistotal.blogspot.com
19 de diciembre de 2000.

España.

 

Había llegado a la ciudad con el coche viejo, sentía cierta vergüenza llevar un coche anticuado, con bolladuras, y casi la misma edad que el conductor (aproximadamente veinte años). Como no conocía la ciudad, llegó a la parte central de la ciudad, donde hay muchas fuentes y frondosos árboles y muchos parques y bulevares y muchas tiendas que venden de todo. Notaba que era agobiante ir con el coche, tantos bocinazos, semáforos, caos circulatorio, nerviosismos de los policías municipales que tratan de ordenar el caos circulatorio, y muchas horas con paradas intermitentes, los coches avanzan y paran y avanzan a pasos de tortugas. Muchos viandantes. En la parte central de la ciudad se dio cuenta que hay un aparcamiento subterráneo de propiedad municipal. Se baja por una rampa, y hay diversas plantas, la primera y la segunda repleta, ocupadas, en la tercera planta tuvo la suerte de encontrar una plaza libre. Aparcó el coche. Y luego observó el numerito de la plaza, más que nada para no perderse, era tan inmenso y tan laberíntico que mejor memorizar el número o anotarlo en un papelito por si las moscas. Aún había mucho movimiento social, ya que las gentes aprovechaban las fechas previas navideñas para comprar de todo. Subió hasta el exterior, a través de un ascensor con cierre y apertura automático. El exterior es un parque público. Dio un garbeo por ahí, observando escaparates de tiendas, compró determinadas ropas, libros, objetos de regalos, etc., salía de las tiendas con varias bolsas grandes de plásticos. Ocupaba casi la mañana entera.

Con todo el caos circulatorio y gentes histéricamente o compulsivamente comprando cualquier cosa, casi le daba jaqueca. Volvía al Parking Municipal, como a lo lejos leía en un gran cartel, en el centro de una gran plaza pública, con suelo pavimentado de color cemento. Se sentía algo perdido. No recordaba donde estaba el boquete que salió la última vez, recordaba que era como una especie de hormiguero que salían y entraban gentes como hormigas, pero hay varios boquetes, lo más seguro, pensó, era aquel situado en la parte central de la plaza pública, a escasos metros había otros boquetes, llamaba a eso boquetes, como agujeros taladrados con brocas de gran grosor (como imaginaba en un sueño infantil, una gran broca de varios metros de grosor haciendo boquetes en los suelos). Se situó en la parte central de la plaza pública, bajó un tramo de escalera hasta encontrarse con un rellano bastante amplio, donde se encontraba dos ascensores y entradas con persianas echadas para abajo (para acceder a un Supermercado o tiendas comestibles) y un tramo de escalera para bajar más aún como alternativa al ascensor. Como todos somos tan comodones preferimos los ascensores, llamó un ascensor y notaba que no funcionaba, llamó al otro y tampoco funcionaba, y en ese momento no había muchas gentes, nadie, estaba él solo en ese rellano, como veía que los ascensores no funcionaban decidió bajar las escaleras. Recordaba que era la planta menos tres, y miró en el bolsillo para cerciorarse un papelito donde tenía anotado “planta menos tres, plaza 323”. Muchas veces andaba desmemoriado, torpe... Bajaba y bajaba la escalera, y de súbito venían a la cabeza esos recuerdos surrealistas, de gentes que bajan y suben escaleras y no van a ninguna parte, que simbolizan el subconsciente. Cuando llegaba a la planta menos uno veía pintadas en las paredes, pintadas políticas, graffitis, dibujos infantiles, y denotaba un aspecto de abandono, descuidado, sucio. Nadie preocupaban limpiar. Imaginó un viaje simbólico, como un cartel de anuncio “Viaje con el símbolo” que acaba de inventarse. Simbólicamente viajaba a diversas regiones del país, y lo peor, lo sucio, lo escondido, lo no dicho, son mostrados por esas pintadas y suciedades (como heces y vómitos), y cada vez que bajaba más las escaleras se encontraba con lo peor, como si viajáramos al interior de lo reprimido, al interior del inconsciente, de lo no consciente, lo que no podemos admitirlo por nuestra conciencia, por nuestros traumas, nuestras mierdas acumuladas, reprimidas, bajaba por la escalera y se encontraba con la planta menos dos, pensaba que faltaba poco para bajar a la planta menos tres, pero sentía cada vez más dificultad bajar las escaleras, como si algo inadmisible, algo cruel, como si no pudiéramos afrontar, enfrentar, con lo reprimido, sufría una gran inhibición, qué raro es todo esto, pensó, nunca me encontraba así. Hizo un esfuerzo mayor, para tratar de llegar a la planta menos tres, pero sentía cada vez una mayor inhibición, una mayor imposibilidad de proseguir bajando el último tramo que le quedaba para llegar hasta el rellano de la planta menos tres, pero sentía cada vez más náusea, sobre todo por las diversas visiones de vómitos, más y más, en el tramo último observaba el rellano de la planta menos tres con muchos vómitos esparcidos, con un color especialmente repugnante, y las pintadas son más gruesas y claramente con mensajes prohibidos y políticos; los graffitis expresaban lo prohibido, sobre todo sexual, y todo eso remitían a recuerdos infantiles difícilmente asimilable por la conciencia, estaba totalmente inhibido, paralizado, le daba mareo, la única opción para no caerse y lastimarse y remojarse con vómitos era subir rápidamente hasta la plaza pública a una velocidad que nunca tuvo para subir las escaleras, el corazón aceleraba a una velocidad trepidante, con un bombeo incesante, su mente estaba en plena tensión, un revoltijo de sentimientos difíciles de digerir. Cuando llegó al rellano de la parte superior, casi cercano a la salida a la plaza pública, estaba como asfixiado, respiraba rápidamente, como tratando de recobrar el ánimo, y tranquilizarse, y tener conciencia, y observó en ese momento dos mujeres, una mayor y otra joven, que acaban de llegar, claramente parecían madre e hija, muy bien vestidas, con bolsos de compras y maletas de viajes, muy bien pintadas las caras, se notaban que son de clases pudientes... -Oh, los ascensores no funcionan, encima pagamos con dinero de impuesto... –dijo la señora mayor-. -Bajemos las escaleras. –dijo la más joven- La más joven, probable hija, miraba al chico que acaba de subir la escalera, con cara desencajada, los ojos parecían salir de la cara, tratando de recobrar el ánimo, parecía decir algo pero era ininteligible, quería decir algo a ambas, pero no podía articular sonidos, no podía vocalizar palabras, ellas estaban muy contentas y satisfechas de las compras realizadas y con muchas ganas de bajar las escaleras para coger el coche...

 

 



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