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LA CASA DE MI TÍA.

Miguel Ángel Sánchez Valderrama
miguelasv@terra.es
http:// neurosistotal.blogspot.com
18 de marzo de 2001.

España.

 

Arrastraba mi mano sobre el pasamano de aquella escalera que subía a la planta primera de la casa de mi tía, el pasamano era de madera algo roída, fue una impresión bastante fuerte, una sensación táctil que se me guardó en la memoria para la posteridad, no se me olvida esa sensación, arrastrar mi mano sobre el pasamano de madera, bastante bien pulido, y cada año lo barnizaba para que no se estropeara tanto, para que no se resquebrajara demasiado. Subir un solo tramo de escalera, sin apenas descansillo, hasta la primera planta, siempre recordaba que lo hacía con pasos cansinos, sigilosamente, como un gato expectante, curioso, avisado... Estar en la casa de mi tía, durante aquella temporada de mi infancia, era un recuerdo imborrable, archivos memorísticos, como si visitara un viejo archivo, bastantes papeles sucios, papeles abandonados, escondidos, refugiados al fondo de la estantería, y descubro con sorpresa muchas cosas que no recordaba, por mucho esfuerzo que hiciera por recordar era inútil, es algo fortuito, como cruces de cables imprevistos cuando surgen chorreos de escenas, ideas... La sensualidad, mientras recordaba esto, de determinados movimientos femeninos, los pezones, las piernas, mientras miraba por el ojo de la cerradura, en la ducha, mi tía se duchaba, hacía calor, y observé su desnudo completo, y en el patio se oía piar a los pájaros constantemente, un sonido insistente, y por las noches el sonido de los grillos, acompañaban mis continuas masturbaciones, masturbaciones infantiles, esperar que llegara el orgasmo. En el patio, había bastantes macetas, había una solitaria tortuga, le gustaba comer insectos, era el mensaje de mi primo, aunque la tortuga come de todo, era increíble la imagen de la tortuga, era el animal más tímido que he visto, siempre se escondía la cabeza y las patas hasta simular una roca, es el sistema más seguro de defensa, el grueso caparazón, las tortugas suelen crecer, pero esa tortuga me hizo pensar que las personas unas más que otras solemos tener caparazones, a veces nos comportamos como tortugas, que evitamos el peligro, que nos refugiamos en el miedo... Estaba en la casa de mi tía, pero no era muy familiar, me sentía un tanto extraño, pero progresivamente me iba adaptando a la familia, como uno más, cada vez me regañaba más mi tía como si fuera su hijo, es que me tiraba meses enteros en casa de mi tía, conviviendo con ellos, comiendo con ellos, durmiendo con ellos, y en verano hacía mucho calor en ese pueblo sureño, donde el sol era implacable, estar bajo sol era achicharrarte de calor, era insoportable estar en contacto directo con el sol, sin protección alguna, siempre que salía a la calle evitaba el contacto directo con el sol, me ponía muy moreno, como si estuviera en la playa, pero en mi pueblo no hay playa y es una desgracia que no hubiera playa, la playa está a cientos de quilómetros del pueblo, y no todo el mundo va a la playa, hay quien tiene la desgracia de quedarse en el pueblo y no poder ir a la playa, es cuestión de economía, y bueno, frecuentemente con la manguera de agua del patio me echaba frecuentemente agua, un remojo, el agua bastante templada. La primera imagen que tuve de mi tía en mi recuerdo es la de la ducha, o sea, el vivo interés que tenía por la sexualidad, mi tía tenía un poco más de treinta años, un cuerpo joven, delgada, siempre protestaba por todo, todo lo veía mal, ahora que lo pienso me parecía una mujer histérica, y además hablaba mucho, contaba cualquier historia a cualquier vecino, o sea, no como las Marujas de siempre, sino tenía algo especial, era desconfiada pero sabía contar cosas, siempre tenía algo que contar, y si no pues se la inventa, tenía esa gran habilidad, la de contar cosas. Recibo en mi contestador automático un mensaje: “Hola Felipe, estamos en el año 2001, acabamos de entrar en el nuevo año, y tu sigues en tu habitación pudriéndote, de todas las maneras próspero año nuevo” Es de una antigua amiga, Sandra, cada equis tiempo me llama por teléfono, y cuando no estoy en casa dice tonterías por el contestador automático, en el fondo Sandra no para de preocuparse de mí, tuvimos nuestros rollos emocionales pero se acabó en su momento, pero Sandra insiste siempre, Sandra vivía cerca de la casa de mi tía, nos conocíamos desde pequeños, ella siempre jugaba a la comba, y yo a otra cosa, a pistoleros o a indios, según me iba, o a jugar a la pelota, y ella siempre con muñecas, no siempre, no tenía muchas muñecas, pero tenía mucha imaginación, era mi primera amiga, buena amiga de infancia. El patio de la casa de mi tía, con diversas macetas, el olor a jazmín se mezclaba con la de rosas, se respiraba bien, estaba bastante aromatizado, el patio siempre estaba húmedo, en verano siempre regaban las macetas, y humidificaban el patio, amortiguaba las altas temperaturas veraniegas. Mi ojo derecho pegado al ojo de la cerradura, en silencio total, miraba como se restregaba el cuerpo entero con la esponja, se echaba un gel blanco, observaba su glúteo, sus pezones, su coño peludo, su mirada desafiante, su corto pelo, se agachaba y se levantaba, pasaba la esponja por el ano, para limpiarse bien, y por el coño, y por las axilas. Se podría decir que esto que escribo es pornográfico, no trato de hacer pornografía sino poner las palabras a aquello que vi, hacer pornografía sería otra cosa. La tortuga andaba, y se refugiaba tras las macetas y en las esquinas del patio, siempre buscaba escondite, el sumidero del centro del patio se tragaba bastante agua, recordaba ese remolino, como algo hipnótico, que chupaba el agua en círculo, a veces se atascaba, y mi tía lo desatascaba, con un desatascador o con productos químicos, la lavadora sonaba fuerte, y como si andara, era una lavadora bastante ruidosa y vieja, sonaba infernalmente, un primer contacto con el mundo de las máquinas y sus ruidos, los electrodomésticos. La casa de mi tía.

 

 



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