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EN LA CANTERÍA.

Miguel Ángel Sánchez Valderrama
miguelasv@terra.es
http:// neurosistotal.blogspot.com
25 de abril de 2001.

España.

 

Había terminado mi trabajo en la cantería, y por las horas de más que eché, horas extras dicen, tuve un día libre. Tenía el cuerpo tan cansado, de trabajar a marcha forzada, las manos las tenían endurecidas, encalladas, piel rugosa, el trabajo en la cantería es duro.

Marcha forzada, trabajos forzados, todo el mundo quiere mármol, la demanda aumenta. Mi mayor deseo es que el mármol desapareciera para siempre, o maldecía a la madre naturaleza por la creación del mármol.

Cerca de la cantería la empresa habilitaron sendos barracones para dar alojamientos a los trabajadores de la cantería. O sea, somos trabajadores trasladados de nuestras ciudades natales o de residencia, en la zona de la cantería no hay nada, no hay vida, es todo mármol y muchas máquinas y dinamitas y camiones... pero no hay árboles ni pueblos a menos de cincuenta quilómetros, nosotros vivimos de la cantería sin tener contacto con nuestros lugares natales o de residencia.

Generalmente no duramos mucho, no soportamos mucho el estar fuera de nuestras cosas, de nuestras vidas cotidianas de nuestros lugares familiares, nos tiramos un tiempo y luego abandonamos el trabajo de la cantería, hay gentes que soportan toda la vida, solamente ven a sus familiares los días festivos y fines de semanas y vacaciones estipuladas..., pero el resto del año no están en contacto con sus familiares sino está en contacto con lo monótono del mármol. Realmente no soportaba mucho esa dura vida, pero decidí echar un par de años y luego irme del lugar.

Los trabajadores del barracón principal son oficinistas, un gran barracón habilitado para administración, pero a la hora de comer y dormir comparten con todos los trabajadores de la cantería.

Yo generalmente duermo en el barracón número once, en la habitación cinco, que comparto habitación con dos oficinistas (fue casualidad compartir con dos oficinistas desde el primer día de trabajo). Los dos oficinistas (jóvenes aprendices) para mí ni fu ni fá, apenas mantenía conversación con ellos, ellos me consideraban bicho raro.

Bien, un día que era libre por lo que dije, que eché más horas extras y a cambio un día libre, entonces, por la mañana no me levanté tan temprano, a las seis de la mañana, sino me quedé durmiendo hasta las doce del medio día, y en realidad me desperté a las diez de la mañana y me quedé tumbado en la cama hasta las doce de la mañana, no tenía ganas de levantarme, tenía el cuerpo casi destrozado de tanto trabajo, estaba muy cansado. Aún no había desayunado, la hora del desayuno era las diez de la mañana, era la hora que se oía en la sirena, todos los trabajadores abandonan sus puestos para desayunar. Yo no quise levantarme de la cama. Era mi día libre. Luego iría a la cantina y me comeré magdalena, me dije. A las diez y cuarto de la mañana entraron mis dos compañeros de habitación, los dos oficinistas esos, que miraron que estaba tan muerto de sueño y cansancio que me ignoraron, como diciendo que estaba demasiado dormido como para darse cuenta de todo, pero realmente uno de ellos algo inquietaba de que probablemente les estaba mirando, o sospechando algo, pero eso es siempre habitual, siempre sospechan de que pienso mal de ellos, como dije, a mi ellos ni fu ni fa, compartimos forzadamente la habitación y punto, ellos dos se hablan con bastante frecuencia, pero conmigo no. En ese momento los dos oficinistas se metieron en una de las camas, se taparon, y se compartieron sus pollas para respectivas masturbaciones, se masturbaban al mismo tiempo, y se miraban respectivamente las pollas, sopesando dimensiones, formas, y disfrutando el visionamiento de la polla del otro, así, parecería todo absurdo, que se masturban es algo habitual, pero por ejemplo siempre prefiero hacerlo en la intimidad. Cuando ambos terminaron eyaculando, se levantaron e hicieron la cama y se fueron de la habitación y me echaron una ojeada por si acaso me hubiera dado cuenta de todo, realmente ellos vieron mis ojos cerrados y mi cabeza apoyada de lado en la almohada, como si estuviera durmiendo como angelito. Realmente los oficinistas me dan asco, y más sus amaneramientos. Al día siguiente me dije que abandonaría el trabajo, la cantería y la habitación. Fui al barracón principal, le pedí la cuenta al Jefe Administrativo. Estaba muy sorprendido, pensaba que iba a durar mucho en la cantería, en fin, me dio la cuenta y me fui. Me fui lejos de la cantería. Estaba harto de todo, del mármol, de las máquinas, de los oficinistas... de todo. Me parecían pesadilla hecho mármol.

 

 

 



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