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EL APARTAMENTO.

Miguel Ángel Sánchez Valderrama
miguelasv@terra.es
http:// neurosistotal.blogspot.com
26 y 27 de abril de 2001.

España.

 

Recién alquilado el apartamento, en el antiguo barrio judío de la ciudad, a un precio bastante económico, eso sí, un apartamento un tanto abandonado, descuidado, con escasez de muebles y de los que hay son o parecen adquiridos en almonedas o lugares así. La señora propietaria, bastante gorda y me parecía su piel bastante grasienta, como una gran capa de grasa sobre su piel, como las mujeres y hombres grasientos que por las mañanas están frente a una gran sartén con aceite hirviendo para freír churros. En principio la señora propietaria desconfiaba de mí, con mucho gusto cedía mi documento nacional de identidad para dar a entender de que no soy alguien peligroso para la sociedad, que no planeo poner bombas ni asesinar gentes o traficar con drogas o instalar en el apartamento un centro de tratas de blancas ni nada por el estilo, miraba fijamente a los ojos de ella para que confiara en mí, que no soy nadie peligroso, pero ella desconfiaba y al final llegamos a un acuerdo sobre el precio mensual del apartamento y, eso sí, ella seguía desconfiada de mí, pensé para mis adentros que lo más seguro avisara a su marido su sospecha sobre mi persona o diera advertencia a la policía y cosas así. No es que tuviera mala imagen, sino lo que extrañaba era algo de mí, mis rarezas, mi forma de hablar, y algo más probablemente. Resté importancia, solamente quería alquilar el apartamento y punto. Me parecía un buen apartamento en comparación con el precio y esta emplazado en una segunda planta de un edificio muy viejo de gruesos muros y el barrio está casi pegado al centro de la ciudad, el inconveniente es que la calle que da desde las ventanas balcones pasan muchos coches, siempre tráfico concurrido, siempre pitando por que siempre hay atascos y siempre hay de todo, ese es el inconveniente mayor.

Se entra por la puerta grande de entrada, es una puerta muy grande, así son las puertas viejas, y entra por un pequeño recibidor que da a un corto pasillo (el techo del apartamento es demasiado alto) y una vez situado en el pasillo a mi derecha un baño, a la izquierda el dormitorio grande y otra puerta para un dormitorio demasiado pequeño que más bien sirve para trastero, y al fondo del corto pasillo el salón. En el salón en una de las paredes un hueco para la cocina (no es gran cosa pero suficiente).

El primer día que disfruté el apartamento, en la mesa camilla del salón puse la máquina de escribir, generalmente no escribía nada, solamente respondía cartas de una persona que estaba lejos de la ciudad donde me encontraba y que nos carteamos con frecuencia, y como no tengo costumbre escribir a mano (quizás me horroriza ver mi mala caligrafía) pues suelo escribir en una máquina de escribir, una vieja máquina de escribir portátil que es un milagro que aún funcionara y que las teclas estuvieran en su sitio y que al pulsar las teclas den directamente al folio blanco y que la cinta tuviera su función en la máquina de escribir, todo aparentemente funciona bien, algún día como siempre pensaba la máquina de escribir dejará de existir algún día. Ley de vida no solamente de las personas, sino también de los objetos (tarde o temprano).

La mesa camilla cojeaba cada vez que colocaba mis codos o daba al teclado de la máquina de escribir (con sumo cuidado), y eso me evita concentración, además no suelo concentrarme bien en cualquier cosa encima me desconcentra más los objetos del apartamento. Busqué un trozo de madera para colocarlo en una de las patas más cortas de la mesa camilla. Creo que solucioné al instante el problema, pero no suele durar mucho. Trasladé la máquina de escribir al suelo, escribiré tumbado boca abajo. Tengo que contestar por lo menos cuatro cartas, la del amigo que me escribe siempre, la segunda carta es una carta prometida a una amiga, la tercera carta es una carta prometida a mí mismo y la cuarta carta no es una carta sino una especie de currículum (que siempre pospongo y al final no hago currículum de nada). Hacía bastante frío en el apartamento, los viejos radiadores mejor olvidarlos, no funcionan en la vida (me parecía), son simples adornos, además las tuberías son lugares vacíos donde escalan las ratas y otras especies. Me ducho con agua fría, no existe agua caliente, la caldera no funciona (no me funcionaba).

Duermo por las noches en saco de dormir, el colchón se ha roto, sale muelles por todos los lados, y una de las patas de la cama se ha partido de difícil reparación. Entra frío helado por cualquier parte del apartamento, por mucho que cierre herméticamente el apartamento, al final no doy por donde entran esos chorros de fríos. Me costaba mucho los primeros días adaptarme en el apartamento. Buscaba remiendos. Compraba estufas. Compré colchón nuevo. Pedí a un calefactor que me arreglara el calentador de agua, al observar el calentador de agua me dijo que olvidara de eso, que tiene más año que la tarara, según sus palabras, que para eso se compra uno en las grandes superficies a un precio superbarato, en fin, compré un calentador de agua, marca japonesa, que el calefactor me instaló y todo funcionó a la perfección, o sea, perfectamente me podía duchar con agua caliente y fregar los platos también con agua caliente, hay que tener mucha valentía ducharse con agua fría por que no es fría sino que tiende a la congelación... Bueno, esas cosas. Pero un día, mientras dormía en mi nuevo colchón, tenía uno de mis brazos alargado casi tocando el suelo con la mano y noté humedad en el suelo, cosa que inmediatamente me desperté y me di cuenta que se ha anegado el apartamento, tuve que levantarme y cerrar la llave de paso y con una fregona y cubo tuve que recoger agua, limpiar y secar, menos mal que me di cuenta de que se estaba anegando el apartamento por que si no esto sería como piscina o algo parecido. Realmente, mis relaciones con los objetos son difíciles. La nevera dejó de funcionar. Compré una nevera nueva de las pequeñas y baratas, de las que se venden como churros. El agua no salía por los grifos, busqué a un fontanero, el fontanero me dijo que la causa son las fugas de agua, que la causa son los tubos que tienen muchos agujeros y se escapan el agua (que me explicó como a un niño chico al ver mi cara de no entender sus explicaciones, no era así en realidad, lo que no entendía es por que me pasan esas cosas en el apartamento). Que lo suyo sería cambiar todas las tuberías y eso habría que venir cuadrillas de albañiles y levantar mucho polvo y armar una sinfonía de ruidos estridentes y que si yo quisiera me pasaría presupuesto. Le dije que el apartamento no es mío, sino alquilado, que se lo comentaría a la propietaria...

En fin, llamé por teléfono (desde una cabina, ya que el teléfono del apartamento es un simple adorno, no hay línea) a la propietaria del apartamento, le expliqué todo lo que me ha pasado, y que le expliqué lo que me explicó el fontanero, que hay que hacer obra. Me dijo: “Sabes, el apartamento nunca ha tenido problemas, todo ha ido bien, la nevera nunca se ha averiado, siempre se han duchado con agua caliente, los radiadores funcionan a la perfección, los inquilinos nunca han protestado, de nada, y usted me cuenta problemas, ya sabía, se lo dije a mi marido, ese lo estropeará todo, y lo has estropeado todo. ¿Me quieres hacer un favor?: ¡Vallase de mi apartamento!”

Pero señora, le dije, compréndame, ¡No he hecho nada!.

 

 

 



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