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BILLAR.

Miguel Ángel Sánchez Valderrama
miguelasv@terra.es
http:// neurosistotal.blogspot.com
5 de junio de 2001.

España.

 

Era un verano tórrido, apenas habían personas en la ciudad, escabullen del sol como cucarachas de la luz. El billar del barrio apenas había personas, estaba dos hermanas de cajeras, tras una ridícula mesa que cambiaba monedas, tenía varias monedas para introducir en ranuras de esas malditas máquinas recreativas, un modo de encuentro con otros, un modo de evasión, no sé, ese día con el permiso de Elvira, la hermana mayor, cogí una silla y me puse en la puerta de entrada, ver pasar apenas coches y personas. La madre, la llamábamos la Dueña, más que nada es la que regenta junto a sus hijas el billar. Ella viuda, las hijas huérfanas de padre. Las tres con carácter fuerte pero a veces débil, un poco de todo, había de todo en el billar ese, desde desmanes hasta tranquilidad y sosiego. La policía pasaba de vez en cuando con esa rutina de pedir documentaciones a nosotros adolescentes apenas jóvenes. Siempre había gatos encerrados en el billar. Sala recreativa. Pero se llama billar, aunque solamente había un solo billar de carambolas y dos futbolines y decenas de máquinas recreativas.

Raras veces Elvira a pesar de mi media estupidez con el hachís y alcohol a la vez, me miraba ambivalente, con deseo pero también con extrañeza, con compasión, nada puede hacer conmigo. Pero eso no evitaba el querer siempre jugar conmigo al billar. Siempre saltaba diciéndome: ¡venga, a jugar conmigo! Aceptaba con cierta vergüenza, por que se ponía muy mandona, y siempre estaba yo muy taciturno, muy tímido y me preguntaba miles de veces qué desea realmente de mí. No sé. Pero no encontraba manera de entrar en acción, no le gustaba cuando me ponía en acción, por que me ponía más estupidizado aún.

En fin, cogí una silla de anea que tenía por ahí metido que no sirve para nada y la saqué fuera, por aburrimiento, y me puse en la puerta de entrada, y con un vaso de plástico lleno de cerveza pasaba la tarde. Estaba muy indolente. Como casi siempre. Ese verano no había ido como esa marabunta a la playa.

Los inquilinos de viviendas próximas me miraban con desprecio. Una vez caí sin querer sobre el capó de un coche y salió una mujer de una ventana gritando: ¡Maleducado, que llamo a la policía!. Cosa que respondió por parte de un colega, ¡Pero mujer, qué le ha pasado al coche!.

Para liarme un porro de los incontables, eso no lo consiente Elvira ni su hermana Carmen ni la madre Carmela. Nada. O sea, terminaba de beber mi cervecita y luego pues me refugiaba en una calle donde apenas halla nada, que no moleste a nadie y me liaba un porro. Y luego volvía otra vez a sentarme en la misma silla con un vaso de plástico con cerveza llena. Aún, con el solecito estaba más atontado aún.

Pero yo me consideraba algo normal en comparación con otros que si pillaban algo fuerte, borracheras provocadas con drogas, esas mezclas explosivas, o tonterías así. Y supe que cada vez más el billar iba perdiendo prestigio, y que algún día se cerrará por algo fuerte.

Y pasó lo que temí, el billar se cerró por orden judicial después de haber navajazos, escenas sangrientas, algo fuerte. Yo por suerte no estuve ahí ni tampoco en una discoteca que frecuentaba que también cerró por que hubo tiroteo y bastante tráfico de drogas y ambos lugares, sucesos, me enteré por el periódico local.

Y esas mujeres, con sus vidas, la madre, la dueña no sé lo que hará. Las hijas me enteré se han casado. Tendrán hijos. Apenas las veo. Raras veces, cada vez que veo a Carmela me acuerdo de ese deseo de jugar conmigo al billar y que me miraba ambivalentemente, me miraba con deseo y también me miraba con compasión. Por lo que sea veía que no soy alguien realmente con los pies en el suelo, que siempre andaba idiotizado, probablemente sigo idiotizado perdido, un modo de eludir responsabilidades sociales, quizá mi temor a comprometerme con las personas. “¡Cuándo dirás algo sensato!” Nunca.

 

 

 



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