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EL POLLO DE LA NEVERA.

Miguel Ángel Sánchez Valderrama
miguelasv@terra.es
http:// neurosistotal.blogspot.com
14 de junio de 2001.

España.

 

Había comido en el apartamento de una mujer soltera. No es mayor, no llega a los treinta años. El apartamento está en la parte céntrica de la ciudad. Comimos en la cocina, en un pequeño espacio reservado para una mesa rectangular. Comimos espaguetis con unas especias que daba buen sabor, bromeaba con la comida italiana por que me acordaba de un anuncio de espaguetis protagonizada por una famosa actriz italiana. Imitaba con un gesto en la mano a uno que salía en ese anuncio que daba a entender que era buena comida, un buen provecho. Me fijé que en la nevera no muy grande había un pollo entero sobre un plato blanco, un pollo entero, desplumado, y lo vi cuando saqué una lata de cerveza que ella me indicó, hacía calor, y entonces me apetecía beber una cerveza, ella me preguntó si quería cerveza, yo le dije que sí, entonces ella me dijo que fuera a la nevera y cogiera el que deseara, pensaba que era ella la que iba a coger una cerveza para mí, pero no, tuve que levantarme e ir a la nevera y abrir la puerta, “Elija la que quieras”, claro, me di cuenta que había varias marcas de cervezas. Hice una pregunta que por su gesto creí que era una pregunta infantil, pero me picaba la curiosidad, ¿Por qué tienes varias marcas?, ella en principio mantuvo un rostro de interrogación y luego volvió al rostro habitual y me contestó, “¿sabes?, por que cuando vienen amigos sé que a uno le gusta la marca Aguila, otro Cruzcampo, otro de marca alemana de importación, otro San Miguel, y entonces compro varias marcas, qué más da, así compruebo cuál es tu cerveza favorita, elija la que quieras”. Elegí, me daba igual, la marca San Miguel. Ella fijó en mi elección. Y se puso un rato a pensar. Me parecía ridículo. Entonces es cuando vi un pollo entero. Volví a la mesa y destapé la lata de cerveza, ella me acercó un vaso, gracias por todo, dije, por todo, por la invitación, por el espagueti, por la cerveza, por su amabilidad, por todo. Entonces lancé la pregunta... ¿Te comerás el pollo tú solita? Ella se rió durante un rato, bastante rato, le hizo gracias mi pregunta. “No, el pollo es de un amigo, mañana celebramos un cumpleaños, y entonces mi amigo hará de cocinero y mientras tanto compró con antelación el pollo en el mercado de la plaza” El mercado de la plaza, sí, debajo del mercado hay un parking público, donde tengo el coche aparcado, y cuando aparqué el coche decidí pasear por esos largos corredores del mercado, donde muchas gentes compran, y vi bastantes pollos, colgados, con imágenes para mí patéticas, como para sacar fotos. Le dije que me impresionó el pollo de la nevera, no sé si es cuestión de algo reprimido en mi interior, ciertos recuerdos, no sé, que conste que me gusta comer de vez en cuando, muy de vez en cuando pollo asado, pero que llevo una semana fatal, que me da lastima de los pollos. Se lo dije, a ella le parecía una obsesión mía. Me puse a hablarle sobre los pollos. Ella puso mirada y rostro interrogativa, cambia de rostro, no he visto una mujer que mantenga cambios de rostros tan bruscos y llamativos. Siempre mantiene un rostro normal, la de siempre, pero cuando algo no va bien, cuando algo le interroga, cuando no entiende como por ejemplo mis comentarios sobre los pollos, que le parece absurdo, pero que a mi me animaba, pues mantiene un rostro exageradamente interrogativo, manteniendo una mirada muy fija sobre mi, como diciendo que estoy totalmente “guillado”. Es una mujer muy racionalista, que lee cosas racionales, y cuando hay algo irracional entonces sus pensamientos busca algo lógico o inmediatamente desecha lo irracional. Pienso que no me llevaría bien con ella, sino en momentos puntuales. Le dije mientras comía espaguetis y bebía cerveza que ayer leí en la contraportada de un periódico local el por qué capaban a los pollos, ella asentía como dando a entender que comprendía la lógica de la castración de los pollos, “no solamente a los pollos, también a otros animales para consumo”, ya, sí, pero el problema es que nunca entendí bien el motivo hasta la lectura de esa noticia, bueno, sabía a la ligera por que alguien me lo contó pero quizá no recordaba del todo, ¿Sabes por qué capan a los pollos?, “sí, claro, para dar buen sabor”. Cierto, era eso, pero capar al pollo es para dar una mayor calidad al “producto”, no echan ese mal olor, un pollo capado da un buen sabor, y entonces, le dije, en la noticia dice que hay cursillos para enseñar a capar pollos. Ella se aburría un poco, pero aún dejaba cierto atisbo a mis palabras, algo en el fondo le interesaba que la acompañara en su casi habitual almuerzo solitaria y contando mis “necedades”, “ideas absurdas”, “cuentos para no dormir”, como ella califica. Entonces salté a otra cosa pero sin salir lo del pollo, le dije que estaba muy obsesionado esta semana con lo del pollo, que me inspiran lástima, por que los pollos, las gallinas, y en general casi todas las aves de consumo, por no nombrar a otras especies animal, son sometidas a torturas industriales, son clasificadas, aglutinadas, se parecen a los campos de concentración nazis, solamente les faltan gasearlas, las pobres gallinas, los pollos, todas juntas, en series industriales, dan pena verlas, de verdad, sus caras denotan tristezas, así las veía, las llevan de un lugar a otras a través de máquinas en movimientos, cuando están como enjauladas no pueden moverse, solamente mueven las cabezas para comer, beber y comer. Luego las sacrifican. Y las cuelgan en perchas. Son controladas higiénicamente, químicamente, están esos científicos, químicos, con esas miradas vidriosas, así vi el otro día en una gran nave industrial. Las gallinas son “fábricas” de huevos. Bueno, dejemos todo eso. “Eso, dejemos eso...”, esperaba que terminara... y volvió a su rostro habitual. Pero de vez en cuando contemplaba la nevera, imaginando el destino final del pollo.

Pero puso otra vez, a la velocidad de la luz, al rostro interrogativo, me parece un poco que afeaba su cara, no es que sea muy bonita, pero cuando se pone interrogativa se parece a una cateta de cine que vi en un cine de verano. Cuando le dije que esta semana me topé con el gallo en una película que vi. Es una película basada en un libro de Gabriel García Márquez, se titula... “Ah, sí, la vi en el cine con un amigo, se llama El coronel no tiene quien le escriba” Sí, esa, con el gallero, no solamente el pobre gallo que casi se moría de hambre o no sé si de asco, pero el gallero me parecía algo patético, me sorprendió lo del gallero leyendo en la novela que me prestó mi hermana ante de ver la película, entonces lo del gallo no se me quitaba la cabeza, no sé si Gabriel García Márquez estaba muy obsesionado con lo del gallero, el gallo, pero es una constante en su obra, de verdad, y a partir de ahí me acordaba de mi infancia, la visita de un gallero, esas cosas están prohibidas, las gentes que acuden a un gallero y apuestan por un gallo y quien gana pues gana el doble de lo apostado y si pierde no se lleva nada. Me acuerdo de eso, estaba con mi primo, y me dejé llevar, y como algo mágico, como la visita de un circo, o de un zoo ambulante, pues me topé con un gallero, en un patio de una de las casas de aquel pueblo de mi infancia, mi primo me dijo que no se lo contara a nadie, -ella estaba muy interesada en ese recuerdo infantil que le contaba mientras comía ridículamente espaguetis, casi manchaba su boca de tomate- no supe de qué estaba hablando, me dijo que era algo prohibido, se trata de una pelea de gallos, ya, y son ilegales, sí, cuando estuve en ese patio vi el gallero, era similar a la película, una pista redonda y vallada, y alrededor una especie de escalinata de madera para el público, había bastante público, casi el centenar, y gritaban, y apostaban, mi primo apostó también, por un gallo o por el otro, no supe distinguir, hasta darme cuenta de cierta coloración, uno un poquitín más oscuro que el otro, sí, ahora distingo. ¡Y daban unos picotazos a veces casi mortales! Sangraban, se asfixiaban, casi morían de cansancio y dolor, y las gentes gritaban, y los gallos seguían picoteando, de vez en cuando unos picotazos fuertes no se sabe de qué fuerzas provienen en comparación a sus estados graves de tanto dolor, yo las imaginaba muy doloroso, me daban lástima, pasaban las horas y entonces un gallo que casi se caía no sé si por desmayo sacó cierta fuerza y dio un picotazo definitivo que se cargó al otro gallo que en principio era más fiero y que las gentes apostaban más, pero el por principio débil curiosamente es el que ganó, y un determinado sector del público que apostó por el vencedor saltó de júbilo y fueron hablando entre sí a por el tipo de las apuestas, el que vocifera, que recogía el dinero de las apuestas, para recibir las apuestas ganadas, el dinero ganado. En televisión vi con motivo de un reportaje sobre la obra de García Márquez, en un país sudamericano, como uno de los propietarios de gallos daba aire a un gallo casi desfalleciente por la boca, como respiración boca a boca.

Ella se levantó de la mesa..., y se paró en seco junto a la nevera: “¿Sabes?, mañana no habrá pollo, lo tiraré al cubo”.

Me quedé sorprendido. Dije que no era para tanto. Que a mi me gusta comer pollo, que en vez de tirarlo pues para eso me lo llevo. En fin, me regaló el pollo y creo que no me volvió a llamarme más por teléfono para invitarme a comer.

 

 



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