PORTADA  

 

 
      
  Othlo
Othlo / Letras / Relatos
/ Relatos de Miguel Ángel Sánchez Valderrama
 
 

 

Opina en el foro.

Contacta y opina con otros colaboradores de Othlo en la lista de correo.
Suscríbete al boletín de novedades de Othlo.
Colabora en Othlo.
 

 

UNA LLUVIA FINA

Miguel Ángel Sánchez Valderrama
miguelasv@terra.es
http:// neurosistotal.blogspot.com
Algún día de abril de 2002

España.

 

Una lluvia fina, que impregna, el tiempo es gris, los pitidos de la radio que anuncia la hora del medio día, las doce de la mañana. Todos tienen algo que decir, articulan palabras, sonidos, necesidad de comunicación. En el portal de un edificio, cuando me topé con el aire de la calle, con el bullicio callejero, calles céntricas donde hay muchas tiendas, neurosis de compras, se venden de todo, desde frutas hasta zapatos, desde radiocasetes hasta antenas parabólicas, hay distintas tiendas de distintos tamaños y distintas ofertas. Al salir del portal: escucho un frenazo de un automóvil, la calzada mojada, el coche resbaló escasos metros, el conductor da un volantazo y monta el coche sobre la acera. Se apea el conductor: hombre pulcro, bien trajeado, joven, pelo engominado, parecía un ejecutivo, el coche es de tamaño mediano, utilitario, es un Audi, de color negro. Entró en una tienda de lencería y gritó contra una mujer.

La mujer parece una modelo de pasarela, o de revistas del corazón, iba vestida provocativamente sexual, lloró por que el hombre le gritaba.

-¡No quiero seguir viéndote, hemos terminado!

Ella estaba comprando, en cuestión de minutos la tienda y la calle se llenaba de curiosos.

Una imagen tan espectacularidad, el frenazo y volantazo del automóvil, como si fuera de cine, como si se rodaran una película de acción en ese momento. El conductor del Audi estaba nervioso, sentía necesidad de gritar contra aquella mujer “¿Por qué me abandonaste? ¡Eres una puta, una cualquiera!” Ella lloraba desconsoladamente.

A escasos metros de la lencería hay un ciberbar. Los jóvenes no prestaban atención lo que ocurría alrededor, están pendientes de las pantallas del ordenador, escribiendo email o visitando páginas webs que les interesaran. Ajenos al ruido mundanal.

Sentía cierta punzada en el cerebro, cierto vértigo de pensamientos, me senté en uno de los ordenadores disponibles, abrí mi correo electrónico para echar un vistazo, tenía correos acumulados. Una chica de pelo rojo, que estaba a mi derecha, me pidió un cigarro, no la miré, saqué un paquete de tabaco de mi cazadora vaquera, le di uno y miré a ella, me pidió fuego, y me hacía comentarios... “¡Menuda escena se han montado en la lencería!”

Había tensión, nerviosismo, los ojos parecían salir de las caras, el hombre y la mujer previamente habían mantenido una relación de amistad y luego de noviazgo, estuvieron conviviendo juntos durante años, la historia no es tan sencilla, la chica del pelo rojo me invitó a tomar una cerveza. Pregunté sobre el color de su pelo, ella tiene el pelo tintado, para cambiar de aire, está de moda, vio a una en televisión que tiene el pelo tintado de rojo y le gustó y al día siguiente se tintó el pelo, fue a una peluquería del barrio. Me imaginé a ella como el anuncio de una oferta de internet de tarifa sin límite, tarifa plana 24 horas, en el anuncio aparece una chica con un pantalón vaquero, que se levanta de la silla y aparece en la parte trasera del pantalón como humo, de tan caliente, de estar tantas horas sentada delante del ordenador, navegando sin cesar.

¿Cómo sabía ella la historia íntima de esos dos desconocidos para mí, que montaron un escándalo en la lencería? “Eran mis vecinos”, dijo ella. “Y les conocía”. Se conocieron previamente a través del internet, era un amor sin cuerpo, un amor virtual, un amor por las palabras, se conocieron previamente a través del chat y luego se escribían por correo electrónico.

“Ella se llama María y el amante Andrés”. María es funcionaria del Ayuntamiento, como auxiliar administrativo. Pasaban las horas como casi muerta de aburrimiento, haciendo trabajos mecánicos y a veces intercambiaban palabras con otros compañeros, con cierto hastío, un modo de hacer pasar el tiempo, alguna historia que cuente el otro, sea lo que sea. Nada del entorno le estimula demasiado, todo está visto, ve mucha televisión y recibe una buena dosis de estimulaciones, navega por internet y recibe buena dosis de estimulaciones, lo que ocurre en la calle y en el trabajo carece de interés, es como el consumidor de una droga potente, cualquier droga carece de interés o de estimulo comparado con la droga potente y dura.

Andrés es un emprendedor empresario, tiene éxito en los negocios y en las mujeres, todo le va bien, la vida al cien, la vida deprisa, no hay tiempo para descansar, no hay tiempo para dilaciones. Andrés vive en la gran ciudad, dejó atrás su infancia y adolescencia en el pueblo natal, su familia del pueblo natal, de un plumazo, como un olvido total, para emprender otra clase de vida, la que siempre anhelaba, otros aires, estudió Ciencias Económicas y a partir de ahí no se movió de la gran ciudad. Su padre era campesino, la niñez de Andrés estaba rodeada de ovejas, de plantaciones de hortalizas y frutas, veía mulos, las casas cada dos por tres restauradas, son apenas doscientos habitantes censados en el ayuntamiento del pueblo, una plaza en el centro del pueblo y alrededor como círculos concéntricos casas, viejas casas. Ana, la del pelo rojo, me contaba que tuvo interés por conocer algo sobre el pueblo de Andrés, veía fotos en internet, son casas casi derruidas, de grandes piedras. No entendía mucho de arquitectura, pero me explicaba detalle por detalle el pueblo aquel.

En la televisión del bar, un anuncio, dos señoras mayores, anuncian una marca de refresco: “¡Qué pena, el refresco como el hombre, se usa y se tira!” No estaba muy seguro si la frase era así, la frase era otra, pero yo lo interpreté así, esas dos señoras ancianas hacían reír a las gentes. Cómo aguantaría el hombre o la mujer el estatuto de no ser un objeto desechable, en tiempos de consumo rápido,   de satisfacción inmediata. Como los supermercados, me explicó Ana, diseñados para que las gentes compren fácil e inmediato, cuidando la presentación, todo a la mano y de inmediato con el carrillo a la caja. Series de cajeras y cajeros vestidos pulcramente, con un sellito que vi el otro día a la altura del pecho, donde aparece el nombre de la empresa ¿de trabajo temporal?  Tiempos propicios para el uso y desecho, ¡y con fecha de caducidad!

El sonido del televisor anuncia otro anuncio ¡Para un afeitado suave, Philiph! Piel fina, recién afeitada del macho seductor. Giré la vista hacia la pantalla del televisor. Se acaba el anuncio y ponen telenoticias. Israel ataca con dureza posiciones palestinas. 

Andrés toma varias tazas de café por las mañanas, le pone al cien, coge su Audi y va a varios negocios, con todo el ímpetu, es una fuerza arrolladora. Los objetivos se cumplen dentro del plazo acordado, marcado. No para de encender cigarrillos rubios, Marlboro. Generalmente suele comer en buenos restaurantes con potenciales clientes, con socios,

Ana mientras hablaba gesticulaba demasiado, me fijé en sus manos, me hacía recordar ciertas manos de mármol, una escultura quizás, no recordaba cual, mientras ella me hablaba hacía discurrir por mi mente series sucesivas de imágenes para dar con la escultura, ¿dónde habré visto esa mano, una mano de mármol de una escultura? A veces me preguntaba cosas absurdas. Estábamos sentados en una de las mesas libres, había bastante gentes. Me sentía algo incómodo, como cierta fobia, fobia social podría ser, me costaba trabajo articular palabras, hablar, pero ella hablaba sin cesar.

Andrés tenía un padre campesino, su padre era de fuerte carácter, una figura central casi autoritaria en la familia. Una familia: padre, madre y cinco hijos. Andrés es el mayor de los cinco hijos. (...)

 

 

 



OTHLO
Revista electrónica

Asociación HuSe
CIF: G18538876
http://www.othlo.com
othlo@othlo.com
TF: (0044) (0) 7778379805
Manchester
United Kingdom

 
Dentro de
OTHLO:

 
Sobre
OTHLO: