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CAINISMO.

Mickel
mickel35artista@wanadoo.es
http://usuarios.tripod.es/versoxxi/index.htm
Vitoria, España.

 

Largo, estrecho y despistado; ha perdido hasta su sombra. Mira el suelo traspasando las lentes de sus ojos de cristal. De pequeño le cayó un sueño sobre el karma, desde entonces padece trastornos de megalómano. Su estado de ánimo sube y baja sin atenerse a regla fija. Oye sin considerar a su acompañante, ante quien se proclamó profeta de ese día de suerte que se empeña en ser esquivo.

Montones de nieve se acumulan bajo los bancos mientras su contorno se proyecta corto y grueso sobre el mural del paseo. Suele comer a panzadas ansiosas – por si acaso llegan los tiempos de escasez – comenta. Son las siete de la mañana de un diciembre navideño (insólito, ¿no?). Ayer fue su fecha de la fortuna, mas retorna a casa derrotado, pusilánime, con el cuello torcido, musitando incoherencias.

Regresó de la capital a su lugar de origen por mor de imponderables económicos. Viajó en un tren que se detuvo en la mayoría de los núcleos vivientes. Doce horas de vías, de paisajes que actualizaban aromas perdidos. Pitillo tras pitillo urdiendo una serie de dudas en forma de humo. Había trabajado de comercial con complejos artículos para una empresa de nombre irrepetible. Lo echaron; no vendía. Una vez en la estación pestilente marcó un número de teléfono anotado en su mugrienta agenda.

Corría por placer, no por prisa. Apretaba el acelerador de su turismo con violencia, un semáforo en ámbar y un abuelo osado frenaron su acometida. En el asiento aterciopelado se sentía dueño de su destino. Allí había tomado las decisiones más importantes, si es que alguna merecía ese epíteto. Cuando obtuvo el paso libre, el coche rehusó a seguir por culpa de una volátil avería de la caja de cambios. Con la ayuda malhumorada de otros automovilistas lo aparcó, dio un interminable paseo hasta casa. Vivía en la zona burguesa de la ciudad, huecos con vistas al exterior, con papá y mamá. Al cruzar el umbral de casa sonó el teléfono.

- Sí; ¿quién?.

- Hola, soy yo.

- ¡Dígame! – inquirió con reproche ante la vacía identificación.

- Soy yo, Lumeño. Estoy en la estación de tren, recién llegado de Madrid. He perdido el trabajo y las ganas de aventura, por lo que vuelvo al terruño.

Pronto establecieron las coordenadas de la protocolaria cita en un bar céntrico y predispuesto a la conversación. El primero en acudir fue Calisto. Acomodó su abultado figurón en una silla junto al ventanal. A los diez minutos hizo acto de presencia el viajero, que a pesar de hallarse a menor distancia del local, se demoró por culpa de sus vacilaciones. Se sonrieron con nervioso movimiento de labios, intercambiaron palabras de salutación inacabadas, se dieron la mano, y un gesto rápido se abrazaron. La tertulia fue simplemente engorrosa, despachándola con promesas de inmediatos contactos.

Pasa Lumeño la yema de los dedos por la mesa escritorio, por el mueble donde se acumulan los cómics, libros y demás recuerdos. La habitación es estrecha. La cama abatible le sujeta en la caída. Como es habitual nadie le aguarda en casa. Su hermana estudia en la escuela nocturna, la madre trabaja en el turno de noche. El padre… murió; es al menos lo que recoge el parte oficial de la leyenda familiar. Se desviste tumbado. Ahíto de emociones precisa un lenitivo por los cambios mal asimilados, por los grises propósitos, y por un viaje sin regreso. Ciega la luz desde un interruptor en la cabecera de la cama. Se arropa con mimo. Posa la mano sobre su miembro, y sin darse cuenta se masturba como embrión de un apacible holgar.

Calisto acaba de cenar sin medida, da las buenas noches y se dirige a su habitación. Es hijo único. A las cuatro de la mañana un timbre suena en sus oídos: Es la hora del insomnio. Atiende a la oscuridad del techo con intención de comunicar con fantasmas o criaturas de ultratumba. Lo que capta es el concierto nocturno que la calle ofrece gracias a los cánticos de una mujer desesperadamente borracha. Escucha con nitidez los ronquidos de su padre que duerme en la habitación colindante, así como los quejidos oníricos del pastor alemán que está encerrado en la cocina. “¡Con qué soñarán los perros!”. Pero lo que más atrae su atenta vigilia procede del piso de arriba: Jadeos acompañados de música de muelles oxidados, al principio dilatados, después leves y metódicos. Se imagina la escena de las dos morsas que tiene por vecinos. “Supongo que se alternarán de posición para soportar el peso”. Enciende la lamparita y mata la noche ojeando fotografías del pasado.

Suena el teléfono. Lumeño lo descuelga con desgana. En una de las cadenas de televisión privada echaban una rancia película de vaqueros: Tonadilla de fondo tópica, recalcitrante, y el héroe cabalgando en solitario por la estepa cara al sol. Es Calisto – quién si no podía ser -. Sus padres han salido hacia el pueblo para disfrutar del fin de semana. Le propone, algo melancólico, compartir la tarde.

- De acuerdo. En una hora estoy ahí.

- Te esperamos.

- ¿Esperamos? – indagó Lumeño aquel plural inesperado.

- ¿No te he hablado de Nina?

No, no lo había hecho. Lo consideraba un olvido imperdonable entre amigos de toda la vida.

- Pues sí, salgo con Nina desde hace un año – la sonrió.

Nina, recostada en el sofá le devolvió la sonrisa junto con un beso voluptuoso que traspasó el aire empapado.

Al rato, Lumeño entró en el salón. La fémina estaba ausente retocando su estrafalaria vestimenta, el maquillaje, y la respiración derrochada. Observó el carmín en las pavas de los pitillos. La mujer sorprendió con su pose más agradable. La tarde abordó un cauce aburrido: conversaciones anodinas, preguntas obligadas, películas de vídeo, mucho whisky, y el tabaco sobrándose de los ceniceros. Los dos tórtolos se arrullaban esporádicamente incitando de reojo a su invitado.

- He de irme a casa, amor. Mañana quisiera madrugar para resolver unos asuntos- anunció Nina con exclamación en su postrero sorbo, coincidente con el fin de la película futurista.

- Yo también me voy – secundó Lumeño.

No hubo más que hablar. En tanto que Nina besaba con pasión contenida a Calisto, él aguardó con la bolsa de basura dispuesto a acompañarla a la calle.

A la noche siguiente Lumeño recaudó el dinero que aún sobrevivía de la soldada del mes anterior. Le satisfizo la cantidad. Con este lujo en los bolsillos invitó a su amigo a cenar en algún restaurante.

- Ponte elegante. Hoy tenemos que pasarlo en grande.

Calisto en principio se sintió ridículo al verse con traje y corbata, pero concluyó por burlarse de la ocurrente excentricidad. Cenaron hombro con hombro en una hamburguesería de burdo estilo americano. Remangadas las camisas de seda masticaban a dos carrillos hamburguesas grasientas y patatas fritas rebosantes de mostaza. Ensuciaron la mesa con arco iris de bote, y salpicaron los alrededores con trozos de lechuga y migas de pan. Se carcajearon como hacía años, desde que la vida los separó. Pidieron cafés y puros para mojar en el Brandy.

- Bueno – tanteó Calisto en estado de total relajación -. ¿Qué es lo que celebramos?

- Que anoche me follé a Nina.

Calisto y sus cuernos tragaron saliva con disimulo; no estaba dispuesto a dar señales de afectación. Probablemente se trataba de una broma. Lumeño se regodeó en los detalles empeñado en limpiar cualquier rastro de esperanza de la mente de su amigo.

- ¡Pero si las mujeres sólo te sirven para una cosa! – sentenció Lumeño haciendo gala de un machismo troglodita. El cornudo no quiso polemizar, se sostuvo la barriga, se ajustó la corbata y propuso ir a tomar una copa.

- ¿Una? – gritó Lumeño -. Hoy, tú y yo nos vamos a pillar una grandiosa melopea.

Se largaron del vulgar establecimiento. La calle estaba hueca, los escaparates del restaurante y de la marisquería (ambos escoltaban al burguer) iluminaban las groseras pisadas. Calisto, con un rictus forzado y ridículo agradeció a su amigo el hipotético favor.

- Si Nina es una chica de moral tan distraída, me alegro de lo ocurrido. Es señal de que no me convenía, no era de fiar. Además prefiero que hayas sido tú quien me disipe la bruma.

Lumeño, pasmado por la frialdad, la entereza y la inteligente o hipócrita manera de reaccionar del amigo, le echó el brazo por el hombro y caminaron ya algo ebrios. No sabía si mofarse de él o admirarlo. Calisto en vez de caer humillado consiguió recuperarse y brindar el efecto oportuno del vencedor. Cornudo, pero digno.

Se tenían nada más que el uno al otro; sin gusto, sin opción, irremediablemente. Se convirtieron en dos tipologías dependientes de la nostalgia gris. Se exigían sin éxito la alegría, ver el cielo con tonalidad radiante en medio de la tormenta. La realidad sutil, suave, incorpórea, les hundió en depresión inacabable. Lumeño era capaz de estarse en cama durante jornadas enteras. Escondía el fracaso, se zambullía en el inconsciente y dormitaba. Los intervalos los tapaba con humo rubio. Calisto reaccionaba por contrarios. Dormía un promedio de tres horas diarias, el resto del tiempo lo ocupaba en actividades livianas: confesables y de las otras. Bebía hasta la extenuación buscando en los sótanos del cerebro un motivo para continuar en pie. Estuvieron aislados durante semanas con sus asfixiantes procedimientos para mitigar la vida. Energías opuestas se encargaban de unirles con la patología de quienes se desprecian pero se necesitan. Sobrevivían de limosnas hogareñas, y con particular sabiduría comprendieron la inminente urgencia de ganar dinero. Ambos, educados en las vías tradicionales, recurrieron a la socorrida fórmula del empleo. Pero como pertenecientes a generación de vida fácil, pensaron en cómo ganar pasta en un trabajo que no mereciera casi ese apelativo. El truco estaba en apuntar alto, traspasar las fronteras de la visión simplista. Incoaron planes en el diseño de una productora de vídeos publicitarios, y empujados por un entusiasmo de empresa proyectaron estudios de campo, elaboraron presupuestos, ponderaron las ventajas e inconvenientes, y visitaron diversas lonjas en busca de un alquiler asequible. Paseaban envueltos en trajes de finas rayas por las calles en plena ebullición. Dos siluetas, dos caracteres, dos amigos, y dos carpetas bajo el brazo suponían dirigirse a un desenlace común de extraña denominación. Calisto aportaba a este negocio su habilidad – supuesta no más – financiera y de gestión. Lumeño, sus conocimientos – igualmente dudosos – en el terreno artístico y creativo. Absorbidos por el plan fueron aislándose en la sutil inconsciencia de sus parajes habituales. Abandonaron por obligación del estado ejecutivo las amistades de antaño. Mudaron sus modos de recreo, el alterne en los bares de siempre por nuevos horizontes sin nombre. Aislados el uno para el otro: ¿Por amistad? Sabios de carencias, caminantes de precipicios, mentes parasitarias que se ligan y se evaporan con cualquier ráfaga de polución.

Atribulados por la materialidad empresarial caen consumidos en los butacones de la fría salita de casa de Lumeño. Su madre maniobra afanosamente con los cacharros de la cocina; así es como ella muestra el nerviosismo por un hijo de veintiocho años aún no establecido. Evoca su propia adolescencia, cómo con dieciséis primaveras salió del pueblo para servir en la ciudad. Después encontró una colocación en la fábrica de papel, de eso hace más de tres décadas. Ahora escucha los resoplidos del hijo y del amiguete hacia el que siente profunda inquina. Le culpa en silencio de involucrar a su inmaculado descendiente en un modo de vida incierta.

Se vieron desconcertados, por inocencia o idiotez, con la escasez de capital para continuar sus gestiones. “Algo tan nimio nos impide dar el gran salto” – pensaban veleidosos y esclavos de la fantasía real. Coincidieron en una absurda solución: Bajar al moro y subir cargados de material de “venta fácil”. “Un negocio viable y muy socorrido”.

Regresaron del viaje-negocio más tarde de lo previsto, y sus comentarios al respecto fueron escuetos. Lo que sí puedo aseverar es que no hicieron negocio, que debieron dormir incómodos alguna noche en un ratonil habitáculo de aduanas, y que de la promotora de vídeos publicitarios nunca más se supo. Trajeron consigo un atajo de abalorios. Entre ellos dos cuchillos en forma y color idénticos. Los compraron, según posteriores alusiones, en un puesto callejero de Marrakech. En las empuñaduras había inscritas unas palabras árabes de críptico significado con un símbolo de dos serpientes entrelazadas. A partir de este episodio se despeñaron en relaciones enfermizas. Adquirían la ropa en los mismos almacenes. Conversaban sin escucharse. Leían los mismos libros, generalmente de espías. Pérfidas lenguas afirmaban haberles visto metiéndose mano por los rincones de una piojosa discoteca de barrio. Por lo que yo sé, he de negar dicho rumor. Jugaban largas partidas de ajedrez que de forma inapelable ganaba Lumeño. Calisto empujaba el tablero, se levantaba de la mesa, y consumido por la ira ingería media botella de whisky en dos tragos. Seguían los avatares de la guerra ( la que fuese, pues siempre había alguna por el mundo) en un mapa colocado en la pared del cuarto de Lumeño. Cuando uno hacía un viaje, el otro sólo tenía un tema de conversación: “¿Qué hará? ¿Habrá llegado? A pesar de los pesares es un tipo estupendo”. Se telefoneaban, y si la separación era prolongada, se escribían prolijas cartas. No obstante, en el reencuentro mostrábanse flemáticos, desapacibles, e incluso huraños.

El invierno yace en tierra blanca, esponjosa.

- He hecho un descubrimiento – grita un eufórico Lumeño.

Acaban de cenar un par de huevos fritos con mucho aceite recalentado. La sesión de cine erótico está a punto de dar comienzo. Calisto apoya los pies sobre el cristal de la mesa comedor y pulsa el mando a distancia.

- ¿No has oído? – reitera Lumeño. Esta mañana he hecho un descubrimiento sobre tu futuro.

Calisto pareció interesarse en el asunto. “¿Ah sí? ¿Cuál?”. Y el estilizado camarada apura el lance para hacerse el interesante, como si su biografía estuviera basada en guiones del celuloide. Enciende un cigarrillo rubio y se acomoda.

- Una teoría oriental esgrime que los hombres gozamos en cada existencia con un día de mayúscula suerte. He averiguado el mío, pero he de aguardar hasta dentro de seis años.

- ¿Y el mío? – interroga Calisto por obligación.

- A eso voy, lo he calculado y es el domingo de la semana que viene.

- Ya…

- Créetelo, es como te lo cuento. Consiste en realizar una serie de complicadas operaciones que te explican en el libro, con las cifras de tu nacimiento, fecha, y hora.

- ¿Hora? ¿Y cómo sabes a qué hora nací yo?

- Le consulté a tu madre.

- ¡Te has dado prisa!

Lo convenció con razonamientos paranormales y fatalistas. Era la ilusión del ignorante o del desesperado. Apuraron los plazos, los progenitores amenazaron con lógicos ultimátums, y las amistades desaparecieron por los ingratos resquicios de la huida. Sólo yo les atendí de vez en cuando, pero mis posibilidades eran escasas y bastante tenía con no ser arrastrado por sus innatos desmanes.

Dedicaron la semana a trapichear. Vendieron sus cazadoras, zapatos, las joyas de sus amantísimas madres, sisaron todo el dinero que les fue posible. Lumeño llegó a vender dos canarios que alegraban el ambiente de la cocina. Calisto vendió el ordenador de su padre. Se deshicieron de gran parte de los enseres propios y ajenos inventándose una incalculable retahíla de excusas que les ascendería a la cumbre, conquistada sin esfuerzo a causa del milagro. Se volcaron en las más bajas villanías confiados en el seguro acierto. Invirtieron cientos de miles en lotería, quinielas y hasta un boleto para una cesta de navidad. Todos los sorteos se celebraban el domingo. Esperaron con relativa serenidad la decisión del azar – arcano menor – y la minuciosidad de los cálculos orientales. La noche los encontró atentos a un aparato de radio. Los premios se distribuyeron con parsimonia, y ninguno fue a parar a sus regazos. Manos cubiertas de líneas chivando con mutismo futuros que no adquieren forma.

Sus sombras por un instante se superponen. Una larga y estrecha. Otra corta y gruesa. Son las siete de la mañana de un navideño Diciembre. Lunes. Se aproximan a la calle que ha de separarles, pero en ese segundo Calisto le invita a un cafelito en su casa. ¡El pobre Calisto! que durante el resto del camino mantiene la boca cerrada. Sopla un viento helador. Sujeta con energía la funda de su cuchillo moro que respira a sangre. Teme que se le salga del bolsillo del pantalón, teme ser delatado por los nervios. Lumeño charla por no callar, intenta hacer chistes y guasearse de la situación esperpéntica. Bromea acerca de la esquiva suerte con dolorido gracejo. Pretende quitar dramatismo al asunto. Su corazón, empero, soporta punzadas. Los periódicos se acumulan en las puertas de librerías y quioscos. Los transportistas distribuyen la caliente mercancía a las tiendas de alimentación. El soportal los engulle en su garganta emisora de fétidos estertores. El ascensor los aguarda con su barriga vacía, ambos insisten en hacer alardes de amabilidad permitiendo que el compañero entre delante. Al fin se cierra la puerta tras ellos, y Calisto pulsa el botón del quinto. Supongo que nunca se sabrá exactamente por qué ocurrió, o si era inevitable. Lo cierto es que ejecutaron su plan, urdido en el fracaso, al unísono. Se clavaron mutuamente los cuchillos en el estómago. Sus ojos desorbitados quedaron a una pulgada, frente a frente, abiertos por el dolor y la extrañeza. Odiaron en silencio. Un gesto de sorna fue el antojo que la muerte les deparaba. Con un breve hálito de vida dieron el definitivo empujón a sus empuñaduras gemelas. El ascensor se detuvo en el quinto piso, pero nadie abrió la puerta.

 

 



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