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UN DÍA MENOS.

Mickel
mickel35artista@wanadoo.es
http://usuarios.tripod.es/versoxxi/index.htm
Vitoria, España.

 

Se acerca la hora del trabajo cotidiano, momento cumbre de una jornada sumida en el sopor tibio, sin huella. Me preparo a un sucinto aseo personal, típico de solteros sin esperanzas de cambiar de condición. Acoplo mi cuerpo a la ropa, lo oculto de posibles agresiones. Un espejo, ¿dónde hay un espejo?. Sí, aquí, bien, muy bien. Acepto lo que veo. El reloj cumpliendo su deber me avisa del posible retraso.

- Ya voy. ¡Cállate! – Vocifero a lo inerte.

Unos segundos cara a cara con mis reflexiones para proseguir con el ritual casi místico. Con la mano en el picaporte paseo mi intranquilidad por el escenario: No hay novedades, como de costumbre, pero por si acaso. Con la llave dentro de su cueva escucho el chillido impenitente del teléfono. Me lanzo a la carrera esperando oír una voz salvadora que me saque de esta ruleta rusa.

- ¿Sí, quién es?

- “...”

- ¿Quién es, por favor?

- ¿Clínica del buen corazón?

- No; esto es un domicilio particular.

- Perdone. He debido cometer un error al marcar. Pero usted verá, tengo un hijo en mal estado en ese centro clínico... ¡Oh disculpe!, no quisiera molestarle con mis problemas. Además a estas horas de la noche, ¡por dios, qué pensará usted de mí!.

Volví a consultar el reloj. Colgué sin más dilación. Cerré la puerta y desaparecí escaleras abajo. A pesar de las minuciosas previsiones, siempre tenía que salir a la carrera.

Mi tarea transcurre en la temporal zona nocturna. Empiezo mi trabajo cuando el Sol termina el suyo. No, no soy la Luna, aunque seamos dos seres semejantes, como también lo son los personajes con quienes me topo al enfilar las diferentes calles. Son ambientes que oprimen la respiración, decorados con tuberías que corren impacientes por las fachadas anegadas de lágrimas de óxido, como diminutos mensajes del chaparrón nocturno. Antes, sin embargo, las hechuras fantasmagóricas eran más auténticas. Encontrabas a los eternos borrachos midiendo la acera en toda su amplitud, a los serenos de aire noble haciendo sonar su música de llaverín, a los vigilantes con complejo de murciélago. También enamorados que salían a soñar un sueño (imagen que la luz del día se encargaba de borrar sin piedad). Alternabas, en el sentido puritano, con las prostitutas, con las reinonas de la noche. Nos lanzábamos ojeadas lastimosas al tiempo que en nuestro seno rogábamos a las hadas; yo por ellas, y ellas por mí. Rogaba por que sus fortunas dieran un vuelco, cosa que por supuesto nunca ocurría.

Hoy, por desgracia, las calles están plagadas de recalcitrantes intelectuales que se buscan entre sí para compadecerse de lo mucho que sufren y de lo poco que se quejan. Comentan que en la oscuridad está el misterio, los secretos y la fuente de inspiración: ¡Tonterías! Es el moderno vicio que han descubierto estos mamones. Nos roban el espacio natural a los que precisamos de la oscuridad para sobrevivir. De cualquier manera no son la peor plaga. Los de verdad malignos son aquellos que transforman la noche en espacio libertino; son los grandes violadores de algo tan serio.

Me aproximo a la empresa. Siento la soledad a la altura del pecho. Llego tarde, aunque no tanto como desearía. Piso con cuidado las baldosas del pasillo que llevan a las oficinas. Me dirijo al final invariable. ¿Por qué? ¿Qué me impide materializar los deseos y huir de este mundo no inventado por mí? No encuentro salida, ni la simple opción de ser un vagabundo. No me detengo por miedo a cambiar a peor.

En uno de los despachos veo cómo la luz encendida se escurre hacia su propia libertad por debajo de la puerta.

- ¡Buenas noches!

- ¿Qué hay de nuevo? – Responde el compañero de turno sin izar la vista de un desgastado libro oculto entre sus grasientos dedos.

- Ese es el problema. Que no sucede nada.

- Hoy vienes profundo...

No replico a la observación, que nos empujaría a conversar sobre temas para los que ni él ni yo estamos preparados, verdades demasiado límpidas para tipos que vivimos acurrucados en la niebla acumulando cansancio sobre las espaldas. Nos aguardan ocho horas de vigilia, de espera, de cansina espera. Al otro extremo del pasillo, el golpeteo constante de una ventana nos va a escoltar. Ninguno osa ir a cerrarla, pues sería privarnos de una fidelidad. Mi compañero continúa inmerso en el libro. Quizá no esté leyendo, pero eso es lo de menos; lo importante es la postura humillada, mantener la cachola encorvada.

Caigo rendido en uno de los sillones. He acometido batallas agotadoras, y sólo espero que la noche se desluzca en su ciclo fatal. El oscuro se remueve con gran sigilo. Miro con respeto al lector de letras, me miro a mí mismo, y ninguno de los dos originamos ruido. Permanecemos inmóviles, no nos rebelamos. ¿Estaremos ya muertos? A nuestro alrededor una multitud de cadáveres.

- ¿Qué hora tienes? – pregunto.

- Apenas han transcurrido cinco minutos desde que llegaste.

- ¡Maldito reloj!

 

 



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