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LOS BAILARINES DE KRONVALDA

Comentado por Miguel Ruiz Trigueros
kronvalda@yahoo.es
Málaga, España.

 

Título: Los bailarines de Kronvalda
Autor: Miguel Ruiz Trigueros
2003
Edición limitada, puedes pedir un ejemplar en kronvalda@yahoo.es

 

"He intentado construir una trama que tiene mucho que ver con asuntos un tanto turbios, que desgraciadamente están hoy en día muy en boga. No obstante, en mi opinión una trama debe constituirse en una reflexión sobre la realidad, cosa que he intentado hacer con este personaje, Gabriel del Valle, escindido quizá un poco como todos nosotros, entre varias realidades. Ya se verá si lo he logrado o no."

 

Sinopsis:

Una trama judicial cuya solución ya sólo depende del azar hace entender a un antiguo profesor universitario, venido a menos, que su mundo ha acabado finalmente por derrumbarse. Movido por un elemental instinto de supervivencia y una ambición que no siempre se atreve a reconocer, Gabriel del Valle, como cualquier hombre de nuestra época, irá vistiéndose con los disfraces del medio que le obliga a mimetizarse con una realidad que siente que le es inhóspita. Con ese argumento, Miguel Ruíz Trigueros, elabora un relato cosmopolita e intimista a un tiempo, donde se mezclan en iguales proporciones el bullicio de las calles de Lisboa o San Francisco con la emocióncontenida que producen en sus personajes, imágenes ya casi desprovistas de sentido, los restos deteriodados por el tiempo de los frisos del Parthenon, una composición hechas de flores secas o unos versos todavía recientes de algún poeta oscuro de la Generación Beat.

Fragmento de "Los bailarines de Kronvalda"

¿Qué hacía yo subido en aquel tren con rumbo a Oxford? Era un vagón de primera clase y excepto por el terciopelo color Burdeos de las butacas y la cercanía del maquinista, nadie diría que se diferenciaba mucho de los vagones de cola, donde unos turistas americanos se habían instalado con mochilas repletas de latas de bebidas, ávidos de nuevos objetivos para sus cámaras Polaroid. Algunos de ellos se entretenían en revisar sus guías de viaje, proyectando los itinerarios de la jornada, mientras el tren circulaba por una ruta que me parecía excesivamente prolongada. He de admitir que me gustan esos vagones de las líneas de ferrocarril británicas, me gusta especialmente el detalle de que existan puertas en cada hilera de asientos; no es sólo por la comodidad y la abolición de las aglomeraciones, es que resulta curioso ver decenas de puertas abriéndose y cerrándose, en cada estación con personas que entran y salen, casi sin mirarse ocupando unos, el puesto que otros dejaron. Me gusta observar ese orden casi perfecto que a veces sólo puede producir el azar, y que se parece tanto a la vida misma.
Posiblemente el azar tenía mucho que ver con que yo estuviese allí en aquel tren, aquella mañana nublada de junio, el azar que imprime su huella en nuestras decisiones y se empeña en poner en entredicho nuestras pretensiones de libertad. Hacía sólo un par de horas en el vuelo desde Nueva York, ni siquiera me había pasado por la mente la ciudad de Oxford. Tenía una conexión para Lisboa esa misma noche y mi intención era pasar el día en el British Museum. Evoco con nostalgia aquella visita de hace unos años, y la emoción que me produjeron los restos del Partenón. Guardo en mi memoria la explicación entusiasmada del guía que tuve la fortuna de encontrar, que parecía conocer todos los entresijos de esas piedras borradas por los siglos, los bajorrelieves que una vez contuvieron, las posiciones exactas de cada uno de los trozos de friso, casi irreconocibles dentro de la procesión que una vez exaltaron. Supongo que habrá que alegrarse de que los ingleses hayan sabido conservarlos, sabe Dios el destino que habrían tenido de continuar en manos griegas. Fue en la estación de Paddington donde recibí su llamada. Había decidido tomar el tren rápido que hace la ruta desde el aeropuerto hasta la estación. Me alegro de haberlo tomado, porque estuve a punto de coger la línea del metro en dirección a Victoria. He de confesar que ya no esperaba su llamada, en principio la ignoré, pensando que podía ser el Presidente de la Compañía, consciente de que me encontraba en Londres y dispuesto a darme dos o tres asignaciones para el día. Sin embargo, el teléfono volvió a sonar y pensé que contra toda probabilidad, podía ser ella.
-Estoy en Oxford -me dijo-. ¿Cuánto tiempo crees que te podría tomar llegar aquí?
Miré a mi alrededor, no estaba seguro si era de Paddington, desde donde salían los trenes con dirección a Oxford. De repente me di cuenta que en el andén más cercano al punto donde me encontraba había un tren justo con ese destino.
-Dame una hora -le respondí, agradecido por la cadena de casualidades que me había llevado hasta ese preciso lugar-, y por lo que más quieras, deja tu teléfono abierto.
Odio esas máquinas expendedoras de billetes de las estaciones de países extranjeros que te hacen sentir como un perfecto imbécil. En el mejor de los casos, después de varios intentos fallidos, terminan dándote un billete que nunca estás seguro si es el correcto, o si un inspector malhumorado terminará imponiéndote una multa por haber pagado menos de lo estipulado. Además esta máquina era especialmente irritante porque no funcionaba bien, y el único billete de cinco libras del que disponía se quedó atascado, justo debajo del no menos irritante y ridículo letrero, que rogaba a los usuarios que no dejaran billetes atascados en la máquina. Sólo en Londres podría concebirse un letrero de esa naturaleza. El tren con destino a Oxford salía en cinco minutos, yo estaba a punto de darle una patada a la máquina y al letrero, cuando me di cuenta de que los billetes también podían obtenerse en la taquilla, donde una fila de turistas ruidosos me aseguraban un tiempo de espera no menor de media hora, según mis cálculos más bien optimistas. Fue entonces cuando vi aquel Sij en la taquilla de al lado, debajo de otro cartel que decía “First Class Tickets”. Me dirigí corriendo hacia él, dejando el billete de cinco libras atorado en la maquina. Estuve a punto de darle un beso en el turbante, con mis parabienes incluidos al sistema británico que tan bien sabe diferenciar la primera clase de las restantes.

 

Fragmento de "Los bailarines de Kronvalda"

Una mujer negra y obesa, orina en una alcantarilla de la Calle de la Mariposa, a la entrada de la ciudad viniendo desde el aeropuerto. El tráfico es intenso, caótico, parecido al de cualquier ciudad Latinoamericana. El taxista, un joven bieloruso, recién llegado casi no habla inglés, mucho menos español. Se expresa en ruso con su base y analiza un mapa en los atascos interminables, consultando la ruta más cercana hasta la céntrica Pine Street, en el distrito financiero, donde tengo pensado hospedarme. Me sonríe tratando de aparentar normalidad. Es evidente que se encuentra perdido. Un joven rubio de pelo y barba crecidas pide limosna entre los coches. Lleva el torso desnudo y un walkman sujeto al cinturón. Pide dinero entre los coches y es incapaz de escuchar las negativas de los ocupantes de los vehículos. Tampoco parece importarle.
“The story of man
makes me sick...
El taxista reconoce su extravío. Me lo expresa en un inglés tan caótico como el denso tráfico que nos circunda. Parece a punto de derrumbarse. Creo que acuden lágrimas incipientes a sus ojos. Es muy joven. Seguramente ni siquiera tiene papeles.
-No te preocupes -le digo-. No tengo prisa, pero no me cobres más de lo estrictamente necesario -no sé si me ha entendido. Continúa absorto en su mapa.
The image is an hexagram....
Volvemos otra vez a la misma calle donde orinaba la mujer negra y el joven de la barba larga pedía limosna. La mujer ya se ha levantado de la acera. Vocifera palabras inaudibles que no alcanzo a escuchar. No sé por qué me producen tal angustia. El taxista me mira como disculpándose.
...Inside, outside,
I don’t know why something so conditional
and all talk
Should hurt me so.
A lo lejos se divisa el Puente de las Bahía sobre Embarcadero. Muchos turistas lo confunden, para su decepción, con el Golden Gate, que se encuentra mucho más lejos hacia mar abierto.
-There is where we want to be -me dice el taxista bielorruso con una expresión de satisfacción, como si hubiese encontrado la luz al final de un túnel denso y estrecho. Los gritos de la mujer negra y obesa ya no nos importan.
I am hurt
I am scared
I want to live
I want to die
-No estoy seguro de donde girar -dice el taxista en un inglés casi incomprensible.
-No te preocupes. No tengo ninguna prisa -vuelvo a repetirle. Sigue sin entenderme, obsesionado en su mapa que repasa en los semáforos y en la voz en ruso, que no para de darle instrucciones improbables.
I don’t know
Where to turn
In the Void.
Da la vuelta en Jackson Play Ground y se encuentra de frente con el Mission District. A estas alturas yo he empezado a ayudarle con el mapa detrás de la pantalla de metacrilato que separa el habitáculo del taxi. La calle 20 aledaña, se convierte en Pine Street en el centro. Estamos salvados. Llegamos al hotel, Grovesnor Suite. Es más viejo de lo que esperaba. Saco del maletero del taxi mi equipaje lleno de camisas y ropa interior nueva, recién adquirida en el Tie Rack del aeropuerto de Lisboa. El taxista arranca el coche, creo que me ha cobrado lo justo y se sumerge en calles que no conoce. Un laberinto donde el vacío acecha en cada esquina, un vacío extraño, poblado de turistas con videocámaras capaces de alargar indefinidamente un presente anormal.

 

Biografía del autor:

Miguel Ruíz Trigueros, nace en Málaga en 1961. Su familia se traslada siendo él muy joven a Latinoamérica donde estudia en universidades de San José, Ciudad de México y Estados Unidos. A partir de este momento, pasa gran parte de su vida cruzando el Atlántico de este a oeste. De este lado del mar, participa activamente en la revista "Tierra" de Málaga. Al otro lado efectúa diversos viajes por sudamérica vinculado a varias ONGs. Desde 1997, fija su residencia de manera permanente en España.

 

 



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