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¡EL HOMBRE DEMOKRÁTICO!

Yván Silén
IvanElsa@aol.com
http://www.alterarte.com/ivansilen
Nueva York, Estados Unidos de América

 

Desafortunadamente para el hombre demokrático, nos encontramos ante una nueva esclavitud: la esclavitud de los hombres anónimos. Esta sumisión (la del ciudadano pobre ante los ciudadanos millonarios) no es otra cosa que la neoesclavitud demokrática que el capitalismo trafica hacia el interior de sí mismo y hacia el exterior de los Estados Unidos. Ese movimiento irrumpe en el neo-ilotismo de los hombres que votan por los hombres que han sido escogidos maliciosamente con anterioridad para mantener la explotación económica y la persecución de los hombre ilegales. El hombre demokrático sólo puede "escoger" lo que los hombres ricos han escogido para él. La posibilidad es falsa. No hay alternativa posible, porque la carrera política de los candidatos vale millones de dólares y sólo los ricos pueden costearla. El hombre rico escoge al hombre rico y lo presenta como el único candidato idóneo de la "demokracia" y de la "libertad". Las opciones, una vez más, son falsas. Las opciones son exclusivamente las opciones del poder para
consigo mismo. El poder es sólo demokrático con el poder.

El hombre Nadie está marginado de su propio proyecto de ser. La derecha, republicanamente en el poder, ha organizado un aparato militar tal que hasta la misma demokracia, ahora llamada neoliberalismo, se ha vuelto ultraderechista. Y los demókratas, contaminados por el miedo (al terror), temerosos de que se les llame bushistamente terroristas,
se han tornado reaccionarios en el peor de los sentidos y han arrojado a la basura todos los "derechos humanos" que los caracterizaban en el disimulo de su justicia artificial. Estos hombres ricos han asumido las posturas más deshumanizantes y más enajenantes de las que tengamos memoria: Kerry, como un seudo-Kennedy, apoya la guerra genocida y no se diferencia casi nada de la política de Bush, ese nuevo Johnson del odio y la mentira, que ha convertido a los Estados Unidos en el país más peligroso del mundo. La guerra de Iraq nos recuerda desgraciadamente la guerra de Vietnam. Pero ante este espectáculo de la maldad demokrática, los centristas se parecen cada día más a la derecha neofascista de los republicanos. Y el individualismo, aun ese individuo anarquizante de las discotecas norteamericanas, de la apatía y del nihilismo, se ha convertido en un reflejo inmoral que los arrivistas voluntarios (los cubanos, los salvadoreños, los mexicanos, etc.) de la demokracia imperial copian decadentemente. El neo-esclavo quiere ser fascistamente más yanqui que Bush. ¡LA DEMOKRACIA SE PUDRE CINICA Y NIHILISTAMENTE DELANTE DE NOSOTROS! El hombre demokrático, totalmente desorientado y separado de sí, no sabe qué hacer. Sólo vota zombimente para mantener su estupidez política y la neoesclavitud que lo vigila y lo persigue a nombre de la "seguridad" nacional. Este cuasi-hombre de la demokracia se exilia, emigra y muere mercenariamente para obtener una ciudadanía falsa y racista que lo desprecia profundamente. El hombre demokrático sueña con la ciudadanía de la Morgue. Este "sueño americano" de la muerte, del saqueo del hombre tercermundista, ese cliché de la propaganda de la televisión y de la prensa, no es otra cosa que el acontecer de la desilusión ciudadana con su propio anonimato. Las noticias se ha convertido, entonces, en el anuncio imperial del hombre mercancía y los periodistas en los cómplices de este delinquir. Este hombre demokrático no es, no será el hombre que se sacrifica moralmente por la comunidad (o por la libertad), sino el esclavo-libre que sirve gustosamente al aparato burocrático de la "legalidad" (la legislatura, el senado, los partidos--la "justicia", los jueces, la brutalidad de la polícia--la muerte, el odio racista, el olvido mismo--). Este "aparato" que se vende cínicamente a los "inocentes", a los incautos, este gobierno de los ricos, para los ricos y por los ricos, se edifica sobre la deshumanización del hombre-cosa que vota apabullado y acorralado demokráticamente contra sus propias ilusiones de "progreso". Por esta razón podemos afirmar que ¡el hombre demokrático no existe, es un mito! Es un simple simulacro de su voz, de sus protestas, de sus derechos humanos y del sufragio universal. Este cuasi-hombre de la no existencia demokrática, de la deshumanización, no sabe qué hacer con esa "globalización" que lo aplasta, mientras asesina en el extranjero a otros hombres que se le parecen. ¿Dónde está, pues, la moral de la demokracia legalista? ¡No existe! Porque los representantes han convertido a la demokracia en el mejor de los negocios posibles. La demokracia del pillaje, con el visto bueno de los hombres irreales de la representación, y con el visto bueno de ese montón de ilotas que la celebran fetichistamente, no hace otra cosa que atacar y bombardear a otros pueblos, mientras habla cínicamente de la justicia y de la "libertad" en su propia casa. Estos "representantes" de sus propias riquezas no permiten la diferencia o la crítica, a menos que no sea la diferencia o la crítica de los hombres de su propia clase, de la semejanza: los ricos se contemplan en los pudientes, los demás no existen. Sólo son un pretexto, una excusa, un motivo para adquirir y sostener el poder a través de su docilidad, de su ignorancia y de su confusión. La moral demokrática no existe, no sólo porque la demokracia se ha tornado maquiavélica, sino porque ésta se ha convertido en el obstáculo mismo de la mundialización que trafica.

La demokracia se ha convertido en aquello que ésta le criticó al nazismo de Hitler y al comunismo de Stalin: su violencia, su racismo y el despotismo de los partidos de lo mismo. Por eso tenemos que preguntarnos inmediatamente: ¿dónde está la moral de la gente que vota por los hombres ricos y de los hombres ricos que manipulan estos votos para el saqueo, para el racismo y para el genocidio? ¿Cómo es posible que la demokracia haya podido engañar a tanta gente durante tanto tiempo? Bastaría pensar en el vejamen y la crueldad acontecida contra los soldados iraquíes para tener una idea clara de los actos indignos y de la obscenidad política y militar que se trafica cotidianamente a nombre de la demokracia.

La demokracia, no sólo la demokracia bushista, sino toda la demokracia norteamericana en general (la demokracia traficada e impuesta a Latinoamérica y al Mediano Oriente), no sólo yace nihilizada en el folklore de su propio discurso y de su propia farsa, sino que está descomponiéndose, vulgarizándose e idiotizándose en la práctica nociva de sus intervenciones mundiales (Iraq, Afganistán, Panamá, Nicaragua, El Salvador, Cuba, Puerto Rico, Dominicana, Granada, Corea, Vietnam, etc). El "hombre cosa" de Ortega y Gasset, el hombre anónimo de la demokracia, el hombre nada, el hombre fantasma, no sólo se vende a sí mismo, no sólo se hace objeto de su propia tragedia mercantil (el "yo" como el mejor producto del mercado), sino que se hace mercancía moral para poder sobrevivir en el más espantoso de los "paraísos artificiales". En este "sueño de la ruina americana" no sólo el desempleo aumenta, no sólo aumenta la criminalidad (independientemente de lo que diga el señor alcalde de Nueva York y su prensa amarillista), no sólo aumentan los suicidios, el SIDA, la drogadicción, sino que aumenta el manipuleo político de los medios de comunicación y de esa educación que se descompone vertiginosamente para el bienestar de los hombres ricos. Porque de ese derrumbre de la educación popular irrumpirá la mano de obra barata que ellos necesitan para la explotación.

La demokracia se encuentra, entonces, delante de su propia crisis política: la creación de una mano de obra barata idiotizada, inculta, y enajenada de sí misma facilita la "libertad" de los ricos. Esa "libertad" de ellos no sólo se ha convertido es una estatua de cemento para los turistas contaminados por la propaganda que llega de los Estados Unidos, sino que también se ha convertido en la consigna de la inmoralidad de las tropas de asalto norteamericanas para la dictadura criminal de la demokracia. Sé que esta idea, que estos conceptos son duros, terribles, pero alguien tiene que decirlo y alguien tiene que plantearlo. El "hombre demokrático", lo que nos queda de él, está descubriendo una nueva verdad o una verdad que podría ser más escandalosa que lo planteado arriba: ¡la demokracia no existe! El hombre demokrático es un objeto que se vende inmoralmente al mejor postor. El capitalismo ha convertido al "hombre libre" en la más siniestra de las
mercancías. Bush ha reinaugurado el crimen demokrático legalizado, porque desde Hiroshima y Nagasaki, pasando por Corea y Vietnam, no habíamos presenciado algo igual. El cinismo crece y la mediocridad se expande. El hombre demokrático está políticamente enfermo de muerte. Mientas tanto los millonarios, los que viven bien sobre la miseria de millones de "hombres", siguen pidiendo y organizando donaciones millonarias para continuar con sus políticas de simulacro a nombre del pueblo. Las consignas demokráticas de Lincoln y de los fundadores de la "patria" (la demokracia del pueblo, por el pueblo y para el pueblo) se han derrumbado para siempre. Estamos viviendo espantosamente la nada del hombre anónimo. La hegemonía de la demokracia se ha convertido en la decadencia del hombre demokrático. Nos hallamos políticamente en el principio del fin.

 

 



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