El Ché

Miguel Ángel de Boer
sigmundm@uolsinectis.com.ar
Comodoro Rivadavia, Chubut,

República Argentina
30 de abril de 2002
El presente forma parte del libro: "AQUEL VEINTINUEVE" (en preparación).

– ¿Que murió quién? – preguntó sorprendido

– Guevara… El Che Guevara!!!!… – respondió, angustiado, su compañero de pieza, en la vieja pensión de la calle Rioja, a la que se había mudado hacía apenas unas semanas.

– ¿El que estaba con Fidel Castro? – dijo, tratando de disimular su ignorancia.

– Pero claro…¿No me digas que no sabes quien es el Che?

Y no, no sabía quien era el Che. Si bien había escuchado hablar de él, apenas si tenía el dato de que se trataba de un médico cordobés después se enteraría que en realidad había nacido en Rosario ) y que en su afán por la aventura había recorrido Latinoamérica y terminó participando en la guerrilla cubana.

-¡Che!… ¿En serio que no sabes quien es el Che?…

La pregunta quedó sin respuesta. Aunque no vergüenza, la reiteración de la pregunta le produjo cierta incomodidad, porque si bien no era lo que se dice un veterano, ya se consideraba un tipo bastante informado a esa altura de su carrera.

Octubre ya había ahuyentado definitivamente el crudo invierno cordobés y el calor lo decidió a tomar otra ducha. Tenía la jabonera en la mano cuando Radio Universidad interrumpió su programa para anunciar lo que su amigo terminaba de contarle.

– ¿Viste?…Te dije: murió el Comandante Guevara…¡Yanquis hijos de remil puta!…

Fue entonces cuando acusó el impacto en todo su cuerpo – y una tristeza que le resultaba extraña por su intensidad le oprimió el pecho – y tal vez porque intuyó que no se trataba de una muerte más se decidió a averiguar todo lo que pudiera acerca del Che, de ese personaje hasta ahora inexistente, que lo introduciría a una visión del mundo que de a poco modificaría -¡no sabía cuánto! – el curso de su vida.

Con el correr de los días no hizo otra cosa que leer todo lo que tuviera que ver con el Che. Por otro lado, en la facultad, en el comedor universitario, en las revistas, en los diarios, la vida y muerte del Che eran los temas preponderantes de conversación y debate.

Así fue conociendo su historia, su capacidad, su valentía, sus ideas, sus anécdotas. Se devoró los libros de Rojo y de Gambini. Se indignó profundamente – y putió – cuando leyó lo que había escrito Grondona en Primera Plana: …”Guevara representa el miedo de una clase desplazada por el cambio”… sentenció académicamente.

Se enteró quien era el Che a la vez que tenía que asumir con una pena infinita que, ahora sí, ese ser increíble estaba definitivamente muerto.

Y Córdoba, el mundo, dejaron de ser los mismos. Como cuando pasó por el Colegio Deán Funes -“la chacra”- y su corazón se agitó al recordar que allí había estudiado el Che.

La mutación transcurría inexorablemente. En sus hábitos, en su manera de vestir. Y no sólo en él: las botas, la boina, la camisa “Graffa”, el pelo aindiado, fueron uniformando a más de uno de sus compañeros de estudio.

Del mismo modo fue cambiando su espíritu, su conciencia de la realidad; como cuando pudo comprender la humana dimensión de Cristo o cuando se identificó casi hasta el fanatismo con John Lennon; o en su etapa esotérica cuando junto con el Turco, en la academia de química que tenía en Alto Alberdi, entraban en trance estudiando a Gurdjieff.

Una profunda convicción iba arraigándose en su interior y gradualmente se transformaba en la meta de su existencia: ser como el Che, el Comandante, el artista: ser un auténtico Revolucionario.

Su mente y su cuerpo adquirían una nueva dimensión. Sentía, por fin, que podía despedirse de su adolescencia con menos dolor, percibiendo con alegría que ya no se trataba sólo de alcanzar la adultez sino de adquirir la calidad de un hombre distinto, un Hombre Nuevo.

¡Qué bello sonaba!: ¡ Hombre Nuevo!. Un ser nuevo para una nueva sociedad. Con una moral que encarnaría los más altos ideales de la humanidad; donde no habría lugar para el individualismo ni el egoísmo; donde desaparecerían para siempre la explotación del hombre por el hombre, la pobreza y la miseria; donde cada cual viviría de acuerdo a sus necesidades y capacidades; donde la salud y la educación no serían privilegios de algunos y la cultura estaría al servicio de la mayoría; donde la paz y la justicia reinarían soberanamente; donde el hombre liberado de su alienación daría curso a su espontánea creatividad para la dicha de si mismo y de sus semejantes.
Era la gran oportunidad de no seguir siendo uno más, de romper con la pasividad y el quedantismo ante el curso de los acontecimientos, puesto que se podía y se debía protagonizar y transformar a la Historia. Sólo bastaba la decisión de querer hacerlo. Cuba era una prueba de ello. Vietnam estaba en el camino. Y el Che, desde ese longplay escuchado decenas de veces, se lo repetía – con esa voz que lo fascinaba – una y otra vez:

…”porque el pueblo ha dicho basta… y ha echado a andar”… El presente es de lucha, el futuro es nuestro!”…”¡Hasta la victoria siempre…!”….”¡Patria o Muerte, venceremos!”…”

Las condiciones estaban dadas. Y allí donde no la estuvieran, había que crearlas.

Sentía que el mundo se expandía hasta el infinito al descubrir que el destino estaba en sus manos. (¿Qué otra cosa de tamaña magnitud podía anhelar un joven de su edad, en ese momento de su vida?)

“Hacer la Revolución sin perder la ternura jamás”, había dicho el Che. “El deber de todo revolucionario es hacer la Revolución”, explicaba.

“Ser revolucionario: el escalón más alto de la especie humana”, eran las palabras y el pensamiento del Che. Por las cuales había dado su vida, marcando con su conducta el rumbo a seguir.

¡Y qué fuerza cobraba su ejemplo en este mundo de dolor y humillación! En este país donde no había libertad. En donde la política de los políticos era sinónimo de acomodo y corrupción. Donde las dictaduras, las proscripciones y la represión, estaban al servicio de los privilegios de unos pocos: de la oligarquía, de la burguesía y del imperialismo.

¿Acaso quedaba otro camino que destruir el sistema para construir uno nuevo?¿Había otra salida frente a la violencia del sistema que no fuera el de oponerle la violencia revolucionaria?

El Che señalaba la senda. Como antes lo habían hecho Espartaco, Tupac Amaru, Lenin, Mao, Lubumba; o los auténticos patriotas latinoamericanos: San Martín, Artigas, Bolívar, Martí, Zapata, Sandino y tantos otros que dieron su vida por un mundo distinto a lo largo de la historia.

Si. Ya era hora de dejarse de joder y continuar la empresa que otros ya habían intentado: Masseti en Salta, Camilo Torres, los guerrilleros de Taco Ralo, Mariguela en Brasil, los Tupamaros en Uruguay.

Había que conformar una vanguardia que guiara al pueblo a la victoria. Había que convertirse en un combatiente, dispuesto a la entrega y al sacrificio por la causa de la clase obrera y el pueblo, por la causa revolucionaria, para la toma del poder y la instauración de una sociedad sin clases.

Las clases dominantes y sus aliados no dejaban otra opción.

Y así fue.

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